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 La
Barcelona de finales del siglo XIX, la de la Exposición
Universal de 1888, era una ciudad en efervescencia en la que
la arquitectura vivía un momento notable. La arquitectura
se convirtió en aquellos años en un signo de
estatus social de la próspera burguesía de la
época. Tener una casa modernista significaba figurar,
estar al día en los círculos sociales. Para
colmar las expectativas y vanidades de sus clientes, los arquitectos
utilizaron en su obra todo su repertorio de recursos: ornamentos
florales, riqueza escultórica y trabajo del hierro
forjado, formas onduladas, vidrieras policromas, esgrafiados,
detalles cerámicos, etc. A menudo las grandes ciudades
pueden asociarse con edificios y monumentos que se convierten
en sus emblemas universales. Éste, sin embargo, no
es el caso de Barcelona. La personalidad arquitectónica
de esta ciudad se caracteriza más por su paisaje urbano
que por grandes singularidades. Uno de los lugares en los
que este paisaje urbano es más excepcional es el Eixample,
una zona en la que durante los años anteriores y posteriores
a 1900 se produjo un fenómeno arquitectónico
extraordinario: el Modernismo, la particular versión
local del Art Nouveau, corriente de gran explosión
creadora que también dejó su huella en la arquitectura
de otras ciudades europeas como Viena, Munich, Nancy, Bruselas,
Glasgow o Berlín. Un fenómeno, en definitiva,
que podemos descubrir paseando de la mano de esta guía.
Un buen punto para iniciar la Ruta del Modernismo es el ARC
DE TRIOMF (ARCO DE TRIUNFO. Paseo de Lluís Companys,
s/n), construido según el diseño de Josep Vilaseca
en el comienzo del paseo de Lluís Companys, que presidía
la entrada del recinto de la Exposición Universal de
1888.
En este punto comienza la Ruta de un día, concebida
para el caso en que sólo se disponga de un día
para visitar el Modernismo de la ciudad. Aunque no abarca
todas las obras más recomendadas, proporciona una visión
general y completa de esta arquitectura y es una buena manera
de conocer Barcelona. El itinerario de un día está
marcado en el texto de esta guía con el icono .
Antes de seguir bajando hasta el Parque de la Ciutadella,
subiremos por el paseo de Sant Joan hasta la CASA
ESTAPÉ (1) (paseo de Sant Joan, 6), de Bernardí
Martorell i Rius (1907), reconocible por su curiosa cúpula,
obra de Jaume Bernades. También cerca del Arco de
Triunfo, en la corta avenida de Vilanova, se encuentra el
edificio de la HIDROELÈCTRICA
(2) (avenida de Vilanova, 12), construcción modernista
de la antigua Central Catalana de Electricidad, obra de
Pere Falqués i Urpí (1896-1899), que puede
ser visitada algunos días en horas de oficina.
Seguimos por el paseo de Lluís Companys hasta el
PARC DE LA CIUTADELLA
(PARQUE DE LA CIUTADELLA. Paseo de Pujades, s/n, paseo de
Picasso, s/n). En este lugar se puede considerar que tuvo
su primera gran expresión arquitectónica el
movimiento modernista. Como su nombre indica, el espacio
había estado ocupado por una ciudadela militar, construida
a principios del siglo XVIII después de la derrota
de Barcelona en la Guerra de Sucesión. La ciudad
fue duramente castigada tras caer después de un largo
asedio, y la ciudadela (junto con las nuevas murallas y
el castillo de Montjuïc) fue el gran instrumento de
la nueva dinastía borbónica para controlar
militarmente la ciudad durante más de 150 años.
A mediados del siglo XIX, tras años de peticiones
ciudadanas, el Gobierno de Madrid se avino a que las murallas
y la ciudadela fuesen derruidas para permitir el crecimiento
urbanístico de la ciudad. Ello hizo posible el Eixample
y el nuevo Parque de la Ciutadella. Antes de convertirse
en parque, sin embargo, los terrenos fueron sede de la Exposición
Universal de 1888. La Exposición, aunque ciertamente
fue menos importante que otras exposiciones similares, como
la de París o Londres, también pretendía
dar a conocer las maravillas de las nuevas tecnologías
de la incipiente industria capitalista y lograr que Barcelona
fuese conocida en todo el mundo.
Con todo, la construcción de los pabellones y las
infraestructuras se llevó a cabo en muy poco tiempo
y con un alto grado de improvisación. Fue necesario
el concierto de arquitectos consolidados, como Josep Fontserè,
con jóvenes titulados, como Lluís Domènech
i Montaner, que demostró sus impresionantes dotes
de dirección y coordinación -especialmente
en el desaparecido Gran Hotel Internacional, un edificio
que albergaba a quinientos huéspedes, que el equipo
de Domènech construyó en menos de sesenta
días-. La leyenda también ha generado muchos
mitos y rumores sobre el papel que desempeñó
el mismísimo Antoni Gaudí en la construcción
del Parque de la Ciutadella. Hay quien asegura que colaboró
con Josep Fontserè en la realización de la
cascada del parque y quizás también en el
depósito de agua de la calle Wellington. Otros creen
ver la huella de Gaudí en el enrejado de la puerta
principal del parque y en el desaparecido pabellón
de la Compañía Transatlántica. A pesar
de que el parque no es considerado un jardín modernista,
alberga algunas obras destacables de este estilo. Justo
al lado de la entrada principal del parque, en el paseo
de Pujades, se encuentra el edificio destinado a ser el
café restaurante de la Exposición. El edificio
fue construido entre 1887 y 1888 por Lluís Domènech
i Montaner en ladrillo visto, técnica poco habitual
en la época, y constituye uno de los primeros ejemplos
del Modernismo barcelonés. Sus almenas, su friso
de escudos y su sobriedad le confieren cierto aire medieval,
y resalta la ecléctica amalgama de arcos catalanes,
grandes ventanas romanas y arcos de regusto árabe.
El edificio, también conocido popularmente como el
CASTELL DELS TRES
DRAGONS (Castillo de los Tres Dragones), El edificio, también conocido popularmente como el CASTELL DELS TRES DRAGONS (Castillo de los Tres Dragones), acoge instalaciones cerradas al público del Museo de Ciencias Naturales, y fue remodelado recientemente respetando los valores arquitectónicos de su construcción y mobiliario. En sus inmediaciones encontramos dos deliciosos
edificios, el l’HIVERNACLE
(4) (INVERNADERO. Paseo de Picasso, s/n. Parque de la Ciutadella),
una obra de Josep Amargós i Samaranch (1883-1887)
que actualmente acoge todo tipo de actos sociales, y el
UMBRACLE (5)
(UMBRÁCULO. Paseo de Picasso, s/n. Parque de la Ciutadella),
proyectado por Josep Fontserè i Mestres en 1883-1884.
Merece la pena visitarlos, aunque sea brevemente, para contemplar
las espléndidas plantas que albergan.
Malgrat tot, la construcció dels pavellons i les
infraestructures es va fer en molt poc temps i un grau
d’improvisació alt. Es va necessitar el concert
d’arquitectes consolidats, com Josep Fontserè, amb joves titulats
com Lluís Domènech i Montaner, que hi va demostrar els seus
impressionants dots de direcció i coordinació —especialment
en el desaparegut Gran Hotel Internacional, un edifici amb una capacitat per a
500 hostes que l’equip de Domènech va construir en menys de
seixanta dies. La llegenda també ha generat molts mites i rumors sobre
el paper que va tenir Antoni Gaudí en la construcció del Parc de
la Ciutadella. Hi ha qui assegura que va col·laborar amb Josep
Fontserè per fer la cascada i potser també el dipòsit
d’aigües del carrer de Wellington. D’altres veuen la petjada
de Gaudí a l’enreixat de la porta principal del parc i al
desaparegut pavelló de la Companyia Transatlàntica.
Tot i que el parc no és considerat un jardí
modernista, hi trobem algunes obres destacades d’aquest estil. Al costat
d’una porta lateral del parc, al passeig de Pujades, hi ha
l’edifici destinat a ser el cafè restaurant de
l’Exposició. Aquest va ser construït entre 1887 i 1888 per
Lluís Domènech i Montaner en totxo de cara vista, tècnica
poc habitual a l’època, i constitueix un dels primers exemples del
Modernisme barceloní. Els merlets, el fris d’escuts i la sobrietat
li donen un cert aire medieval, i hi ressalten l’eclèctica
amalgama d’arcs catalans, les grans finestres romanes i els arcs de
regust àrab. Conegut popularment com el
CASTELL
DELS TRES DRAGONS, l’edifici acull des de 1920 el
MUSEU DE ZOOLOGIA
(3), que juntament amb el Museu de Geologia conformen el Museu de
Ciències Naturals. Al Castell dels Tres Dragons es troben la
col·lecció i l’exposició permanent de zoologia i la
sala d’exposicions temporals del Museu de Ciències Naturals,
presidida per un magnífic esquelet de balena. L’edifici va ser
restaurat recentment respectant els valors arquitectònics de la
construcció i el mobiliari. Als voltants del museu trobem dos deliciosos
edificis, l’HIVERNACLE
(4) (passeig de Picasso, s/n. Parc de la Ciutadella), una obra de Josep
Amargós i Samaranch (1883-1887) que actualment acull tota mena
d’actes socials, i l’UMBRACLE
(5) (passeig de Picasso, s/n. Parc de la Ciutadella), projectat per Josep
Fontserè i Mestres el 1883-1884. Val la pena entrar una estona en tots
dos per veure les esplèndides plantes que protegeixen.
Castell dels Tres Dragons
Dirección Paseo de Picasso, s/n. Parque de la Ciutadella. Horario El edificio pertenece al Museu de Ciencias Naturales, pero no es visitable.
Información Tel.: 933 196 912. www.bcn.es/museuciencies Observaciones
El Museo de Ciencias Naturales se traslada al Fórum de las Culturas. Precios y descuentos
Descripción
Justo al lado de la entrada principal del parque, en el paseo de Pujades, se encuentra el edificio destinado a ser el café restaurante de la Exposición. El edificio fue construido entre 1887 y 1888 por Lluís Domènech i Montaner en ladrillo visto, técnica poco habitual en la época, y constituye uno de los primeros ejemplos del Modernismo barcelonés. Sus almenas, su friso de escudos y su sobriedad le confieren cierto aire medieval, y resalta la ecléctica amalgama de arcos catalanes, grandes ventanas romanas y arcos de regusto árabe. El edificio, también conocido popularmente como el CASTELL DELS TRES DRAGONS (Castillo de los Tres Dragones), acoge instalaciones cerradas al público del Museo de Ciencias Naturales, y fue remodelado recientemente respetando los valores arquitectónicos de su construcción y mobiliario. |
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Desde el Parque de la Ciutadella podemos
adentrarnos en el casco antiguo de la ciudad por las calles
Fusina o Ribera, que nos llevarán al antiguo MERCAT
DEL BORN (MERCADO DEL BORN. Plaza Comercial, 12), que
hasta la década de los setenta del siglo XX fue el
mercado central de la ciudad. Esta estructura a base de hierro,
madera y vidrio, obra de Josep Fontserè, construida
en 1876, es una excelente muestra de los precedentes arquitectónicos
del Modernismo, especialmente en lo referente a la concepción
de nuevas estructuras que los recientes materiales industriales
hacían posible y a la importancia que se daba al aprovechamiento
de la luz natural. Dentro del recinto se encuentran unas ruinas
descubiertas en 2001, que son parte de los edificios de la
antigua Barcelona que fue demolida a fin de obtener espacio
para ubicar la ciudadela militar en 1715. Estos restos se
pueden visitar según la temporada y forman parte del
Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona (para más
información llamar al tel. 933 190 222).
Justo delante del mercado se abre el paseo
del Born, quizás la única calle de Barcelona
que aún conserva entero el empedrado de adoquines característicos
de la primera mitad del siglo XX en esta ciudad. Durante todo
este tramo de la Ruta, merecerá la pena ir fijándose,
al pasar, en las calles del barrio de la Ribera, algunas de
las cuales se abren bajo bóvedas de estilo medieval,
y también en sus nombres, relacionados en muchos casos
con el gremio de artesanos que se concentraba en esa calle.
En este barrio también se encuentran algunos de los
edificios más antiguos de la ciudad, en su mayoría
muy bien restaurados. El paseo del Born nos conducirá
a la BASÍLICA
DE SANTA MARIA DEL MAR (plaza de Santa Maria, s/n),
del siglo XIV, uno de los templos más significativos
del gótico catalán. Rodeando la construcción
por la calle Santa Maria encontraremos el FOSSAR
DE LES MORERES (plaza del Fossar de les Moreres, s/n),
uno de los principales símbolos del catalanismo, ya
que, según la tradición, aquí están
enterrados los caídos en defensa de Barcelona durante
el asedio de 1714. El monumento instalado por el Ayuntamiento
en el año 2001 recuerda esta defensa heroica de Barcelona
por las milicias ciudadanas catalanas, que resistieron durante
más de un año a la alianza de los ejércitos
español y francés, superiores en número
y recursos.
Al otro lado de la basílica, seguiremos por la calle
Argenteria y cruzaremos la Via Laietana para adentrarnos en
la calle Jaume I, que nos conduce al corazón de la
ciudad, y atravesaremos la plaza de Sant Jaume (centro político
y administrativo de la ciudad desde la época medieval)
para continuar por la calle Ferran. Justo después de
la plaza, podemos torcer a la izquierda por la calle Pas de
l'Ensenyança para visitar la coctelería El Paraigua,
decorada con elementos modernistas originales rescatados de
otros comercios (para más información véase
Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).
Por la calle Ferran llegamos hasta un pub irlandés,
el MOLLY’S FAIR
CITY (6) (Ferran, 7-9), que antiguamente era una tienda
y que conserva gran parte de la decoración modernista
original de finales del siglo XIX tanto en el exterior como
en el interior (para más información véase
Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).
Justo delante de este pub se encuentra la entada a la plaza
Reial, uno de los lugares más frecuentados de la ciudad,
con una oferta nada desdeñable de cervecerías
y locales nocturnos. La plaza, el primer proyecto importante
de renovación urbana de la Barcelona del siglo XIX,
ocupa el solar sobre el que se alzaba el antiguo convento
de los capuchinos de Santa Madrona, derruido a mediados del
siglo XIX. El diseño de este espacio urbano, con sus
característicos laterales porticados, es obra del arquitecto
y urbanista Francesc Daniel Molina, que se inspiró
en el urbanismo francés de la época napoleónica
y la concibió como una plaza residencial formada por
edificios de dos pisos y buhardilla construidos sobre unos
altos soportales. En el centro de la plaza se encuentra la
fuente de las Tres Gràcies y, a ambos lados de ésta,
dos complejos FANALS
(7) (FAROLAS. Plaza Reial, s/n) de seis lámparas que
el joven Antoni Gaudí diseñó en 1878.
Ambas farolas están rematadas con
los atributos del dios Hermes, el patrón divino de
los comerciantes: un caduceo (dos serpientes enroscadas en
una vara) y un casco alado. El caso de la plaza Reial es como
el de muchos otros lugares del núcleo histórico
de Barcelona, que crecieron en solares antaño ocupados
por conventos e iglesias que fueron confiscados por el Estado
y vendidos a propietarios privados. Estas medidas, promulgadas
en 1837 y conocidas como la desamortización de Mendizábal,
permitieron la subasta del ochenta por ciento de los terrenos
que la Iglesia poseía dentro de las murallas de Barcelona.
La desamortización transformó radicalmente el
paisaje urbano de Barcelona, una transformación que
fue rápida, profunda y duradera. Ejemplos no faltan.
El Mercado de la Boqueria,
en la Rambla, ocupa el lugar en que se erigieron sucesivamente
el convento de Santa Maria de Jerusalem (siglo XIV) y el convento
de Sant Josep (siglo XVI). El convento gótico de Santa
Caterina, incendiado en 1835 y derribado dos años
más tarde, prestó su solar y su nombre a un
mercado. Incluso el mismísimo Liceu se asienta en el
lugar donde en otro tiempo hubo un convento de monjes trinitarios
descalzos, al igual que el otro gran centro de la música
de Barcelona, el Palau de la Música Catalana, que fue
construido sobre las ruinas del convento de Sant Francesc
de Paula.
En este punto, podemos desviarnos hasta la calle Escudellers
número 8 para ver el restaurante Grill
Room, un antiguo café con decoración
modernista (para más información véase
Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).
Saliendo de la plaza Reial nos encontramos
la Rambla, la célebre arteria popular de Barcelona.
En la época de máximo esplendor del movimiento
modernista, el suelo edificable en la Barcelona antigua no
abundaba especialmente. Esta circunstancia ha provocado que,
salvo algunas tiendas de aroma modernista, el Modernismo sea
una excepción en esta parte de la ciudad. Aun así,
la zona cuenta con algunas obras maestras, como el
PALAU GÜELL (8) (PALACIO GÜELL), la primera
obra (1885-1889) que Antoni Gaudí -el arquitecto más
peculiar y singular del Modernismo- regalaría a la
ciudad de Barcelona y que ha sido declarado Bien del Patrimonio
Mundial por la UNESCO. Gaudí tenía sólo
34 años cuando recibió el encargo de construir
la residencia privada de la familia Güell. Y curiosamente
no fue en el Eixample, que ya se encontraba en plena expansión,
sino en el Raval, una zona que a finales del siglo XIX ya
estaba muy degradada y en la que abundaban la prostitución
y las salas de alterne. Quizás no parezca muy lógico
que Eusebi Güell, con siete hijos, se fuera a vivir a
esa calle. Pero tuvo un motivo para hacerlo: su padre, Joan
Güell, vivía en la Rambla, y Eusebi compró
el solar del Palau Güell para estar cerca de él.
El aristocrático mecenas de Gaudí dio libertad
presupuestaria al arquitecto para construir un original y
suntuoso palacete que pudiera acoger reuniones políticas
y conciertos de cámara y alojar a los más ilustres
invitados de la familia. Dicho y hecho. Gaudí utilizó
los mejores materiales del momento y el coste de la construcción
se disparó enormemente. El resultado final fue una
auténtica obra maestra del gaudinismo más oscuro.
Lejos de satisfacer la idea burguesa de confort (ya que se
trata de una casa de gran altura que no contaba con calefacción,
por lo cual debía resultar muy poco confortable en
invierno), el Palau Güell de Gaudí es un espacio
insólito en el que prima el juego sabio, correcto y
magnífico de los volúmenes bajo la luz.
Palau Güell
Dirección (PALACIO GÜELL). Nou de la Rambla, 3-5.
Horario Abierto de martes a domingo, ambos incluidos, y los lunes festivos.
Cerrado: lunes no festivos, 1 de enero, del 6 al 13 de enero, y el 25 y el 26 de diciembre.
Horario de verano (del 1 de abril al 31 de octubre):
de 10 h a 20 h, (última hora de acceso: 19 h)
Horario de invierno (del 1 de noviembre al 31 de marzo):
de 10 h a 17.30 h, (última hora de acceso: 16:30 h).
El primer domingo de cada mes, el 23 de abril, el 18 de mayo y el 24 de septiembre, entrada gratuita
Precios y descuentos:
Tarifa general: 12,00€
Reducida: 8,00€
Descuento de la Ruta del Modernismo: 20% sobre la tarifa general.
Información Tel.: 934 725 775
Fax: 934 725 772
palauguell@diba.cat
www.palauguell.cat Descripción
La primera obra (1885-1889) que Antoni Gaudí -el arquitecto más peculiar y singular del Modernismo- regalaría a la ciudad de Barcelona y que ha sido declarado Bien del Patrimonio Mundial por la UNESCO. Gaudí tenía sólo 34 años cuando recibió el encargo de construir la residencia privada de la familia Güell, y curiosamente no fue en el Eixample, una zona en plena expansión donde se iba instalando la burguesía, sino en el Raval, que a finales del siglo XIX sufría cierta degradación. Quizás no parezca muy lógico que Eusebi Güell, con diez hijos, se fuera a vivir a esa calle en 1888. Uno de los motivos principales por los que decidió construir el Palau Güell en el Raval fue que había heredado una casa en la Rambla de los Caputxins, donde fue a vivir en 1884, y que unió con el Palau Güell a través de un corredor; de esta manera se puede afirmar que el Palau Güell fue concebido como una ampliación de la casa unifamiliar de la Rambla.
Eusebi Güell fue un empresario y político destacado pero también un impulsor de la cultura catalana, de las letras y las artes, confió en Gaudí en un momento en el que todavía no era conocido, supo ver su talento y le encargó la construcción de este peculiar palacio urbano.
El aristocrático mecenas de Gaudí dio libertad presupuestaria al arquitecto para construir un original y suntuoso palacete que pudiera acoger reuniones políticas, velada culturales y literarias, conciertos y recepciones a invitados ilustres. Dicho y hecho, Gaudí utilizó los mejores materiales nobles y el coste de la construcción se disparó enormemente. El resultado final fue una auténtica obra maestra, la primera obra de Gaudí y uno de los primeros edificios, sino el primero, del Art Nouveau a escala mundial. El Palau Güell de Gaudí es un espacio insólito en el que prima el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz, y que insinúa muchos rasgos esenciales de la producción posterior de Gaudí.
La fachada del Palau Güell, de líneas sugestivamente venecianas, está construida con una piedra de aspecto severo en la que destaca sobremanera el diseño de hierro forjado que cubre los tímpanos de los dos arcos parabólicos de entrada y salida y que da forma al majestuoso escudo con las cuatro barras catalanas, que preside la fachada.
A partir del vestíbulo, una escalera noble conduce —pasando por el entresuelo— a la planta noble del edificio, donde se encuentra el salón central, la auténtica joya de la corona del Palau Güell: un sorprendente, misterioso y telúrico espacio coronado por una cúpula parabólica situada a gran altura. La cúpula, perforada por un óculo central y una serie de pequeñas aberturas en forma de círculo que filtran una tenue luz indirecta, confiere al salón una curiosa apariencia que para unos recuerda a un planetario bajo la luz del día, y para otros, la sala central de un hammam árabe. En el salón central, donde se encuentra la consola del órgano del Palau Güell y una capilla cerrada por dos puertas, se celebraban conciertos y también oficios religiosos.
Este salón central es el eje vertebrador a partir del cual se configura todo el espacio del edificio, y al mismo tiempo es un espacio de relaciones visuales con los pisos superiores del palacio.
Esta azotea presume de las veinte chimeneas ideadas por Gaudí y restauradas entre 1988 y 1992. En su restauración se completaron los modelos originales, pero respecto a las chimeneas que habían perdido todo su revestimiento, se optó por una reinterpretación contemporánea dirigida por los arquitectos restauradores del edificio y por diversos artistas plásticos catalanes. Las chimeneas gaudinianas, todas ellas únicas y diferentes como si se tratara de distintos bocetos de un modelo idealizado, recuerdan, con un poco de imaginación, a un grupo de árboles y representan probablemente uno de los primeros esbozos del proyecto que Gaudí culminaría años después en la azotea de la Pedrera. En esta obra, Gaudí usó por primera vez el trencadís, un revestimiento elaborado con fragmentos irregulares de cerámica, que el arquitecto de Reus y el Modernismo adoptaron posteriormente como uno de sus principales signos de identidad.
En el otro extremo del palacio, en el sótano, se encuentran las caballerizas, de bóvedas de ladrillo apoyadas en columnas fungiformes también de ladrillo, una arquitectura espectacular concebida para acoger las cuadras y las habitaciones de los palafreneros de palacio. Se trata de uno de los paisajes más enigmáticos, sugerentes y conocidos de la arquitectura gaudiniana.
Eusebi Güell, su mujer y sus hijos, vivieron en el palacio hasta la década de 1910 en que se trasladaron al Park Güell. Posteriormente, algunos hijos estuvieron viviendo en el palacio hasta la Guerra Civil. Al estallar la guerra, el Gobierno de la Generalitat lo destinó como comisaría. Posteriormente, la hija mayor, Mercè Güell, que lo heredó, no pudiendo hacerse cargo de su mantenimiento, lo cedió a la Diputación de Barcelona a cambio de un vitalicio el año 1945.
El 26 de mayo de 2011 el Palau Güell abre de nuevo las puertas al público después de unos años de restauración integral.
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La fachada del Palau Güell, de líneas
sugestivamente venecianas, está construida con una
piedra de aspecto severo en la que destaca sobremanera el
diseño de hierro forjado que cubre los tímpanos
de los dos arcos parabólicos de entrada y salida y
que da forma al majestuoso escudo con las cuatro barras catalanas,
concebido como una pequeña columnata, que preside la
fachada. La primera dependencia del palacio es el vestíbulo,
de veinte metros de altura, que confiere al conjunto un aire
de transparencia y articula los diferentes espacios en que
se divide esta maravillosa obra primeriza de Gaudí.
Todo el edificio está organizado alrededor de este
vestíbulo central. Una escalera noble conduce a la
auténtica joya de la corona del Palau Güell: su
sorprendente, misterioso y telúrico salón central
de siete pisos de altura coronado por una cúpula parabólica
en forma de cono. La cúpula, perforada por una serie
de pequeñas aberturas en forma de círculo que
filtran una tenue luz indirecta, confiere al salón
una curiosa apariencia que para unos recuerda a un planetario
bajo la luz del día, y para otros, la sala central
de un hammam árabe.
Esta azotea presume de las veinte chimeneas
ideadas por Gaudí y restauradas entre 1988 y 1992 por
un grupo de artistas que reconstruyó las ocho más
dañadas respetando escrupulosamente el trabajo original
de Gaudí. En una de estas nuevas chimeneas, con un
poco de paciencia, se puede localizar, entre el trencadís,
un Cobi, la mascota olímpica de Barcelona 92. Las chimeneas
gaudinianas, todas ellas únicas y diferentes como si
se tratara de distintos bocetos de un modelo idealizado, recuerdan,
con un poco de imaginación, a un grupo de árboles
y representan probablemente uno de los primeros esbozos del
proyecto que Gaudí culminaría años después
en la azotea de la Pedrera. En esta obra, por ejemplo, Gaudí
usó por primera vez el trencadís, un revestimiento
elaborado con fragmentos irregulares de cerámica, técnica
de origen árabe que el arquitecto de Reus y el Modernismo
adoptaron posteriormente como uno de sus principales signos
de identidad. Si se mira con atención cada una de las
chimeneas, se acabará por descubrir que en una de ellas
-probablemente en la última construida por Gaudí
y de color blanco en su totalidad- aparece el pequeño
sello verde de un fabricante de cerámica de Limoges.
Cuenta la leyenda que Eusebi Güell poseía una
fantástica vajilla de Limoges de la que se había
cansado y que entregó al arquitecto para que la utilizara
en el revestimiento de la última de las chimeneas del
palacio.
En el otro extremo del palacio, en el sótano, se encuentran
las caballerizas, de bóvedas muy rebajadas apoyadas
en sencillas columnas fungiformes, una arquitectura espectacular
concebida para acoger las cuadras y las habitaciones de los
palafreneros de palacio. Las columnas y sus capiteles de ladrillo
son uno de los paisajes más enigmáticos, sugerentes
y conocidos de la arquitectura gaudiniana. La familia Güell
vivió en este palacio hasta la Guerra Civil, cuando
fue confiscado por la CNT-FAI, que lo convirtió en
cuartel y prisión. Los Güell no volvieron nunca.
El abandono y el deterioro generalizado de esta zona de la
ciudad llevaron a los herederos del conde Güell a ceder,
en 1945, el palacio a la Diputación de Barcelona, su
actual propietaria.
Antoni
Gaudí i Cornet (1852-1926)
Antoni Gaudí i Cornet nació
en 1852 en Reus, en el seno de una familia
de artesanos de Riudoms, dedicados tradicionalmente
a la fabricación de calderas y otros
objetos de cobre. Siendo el más pequeño
de cinco hermanos, marchó a Barcelona
en 1873 para iniciar estudios de Arquitectura,
que terminó cuatro años más
tarde. Se dice que, al otorgarle el título,
el director de la Escuela de Arquitectura,
Elies Rogent, comentó: “Quién
sabe si hemos dado el diploma a un loco o
a un genio: sólo el tiempo lo dirá”.
Su primer encargo profesional fue el diseño
de los nuevos edificios de la Cooperativa
Textil de Mataró (1878), para los
que el arquitecto ideó unos singulares
arcos catenarios de madera y una gigantesca
abeja de bronce (símbolo de la cooperativa).
Aquel mismo año, Gaudí diseñó
una vitrina de vidrio y cristal decorada
con hierro forjado, caoba y marquetería
para que un fabricante de guantes catalán,
Esteban Cornellà, expusiera sus productos
en la Exposición Universal de París.
La vitrina sedujo a Eusebi Güell, industrial,
aristócrata y político en
ascenso, que decidió convertirse
en mecenas de aquel joven arquitecto y diseñador.
El primer trabajo de Gaudí para Güell
fue el diseño del mobiliario del
panteón que el marqués de
Comillas, todopoderoso suegro de Güell,
tenía cerca de Santander. A este
encargo le siguió otro, una pérgola
decorada con globos y centenares de piezas
de vidrio. Desde entonces, su carrera y
su obra -que con los años se ha convertido
en uno de los símbolos más
famosos de Barcelona- estuvieron íntimamente
ligadas a la familia Güell.
En 1883 asumió la construcción
de la Sagrada Família, la gran obra
de su vida, a la que dedicó todos
los esfuerzos de sus últimos años.
Esta concentración gradual en el
gran templo expiatorio fue paralela a la
consolidación de su fervor hacia
la religión católica, que
en el joven Gaudí no había
sido demasiado notorio. En su madurez, el
gran arquitecto catalán fue conocido
como un hombre frugal y solitario, que invertía
toda su energía en su profesión,
mediante la cual expresaba sus dos grandes
pasiones: cristianismo y catalanismo. Su
obstinada defensa de la identidad catalana
le llevó incluso a ser detenido por
la policía el Once de Septiembre
(día de la fiesta nacional de Cataluña)
de 1924 por negarse a obedecer a un oficial
que le conminaba a hablar en español.
El 7 de junio de 1926 Gaudí fue
atropellado por un tranvía en la
Gran Via. El personal del hospital, que
durante tres días intentó
infructuosamente salvarle la vida, le había
confundido de entrada con un mendigo debido
a su humilde indumentaria.
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No muy lejos del Palau Güell se encuentra
el LONDON BAR
(9) (Nou de la Rambla, 34), un bar modernista que, desde su
fundación en 1910, ha funcionado ininterrumpidamente
(para más información véase Salimos,
guía de bares y restaurantes modernistas).
El itinerario de la Ruta del Modernismo prosigue Rambla arriba,
en dirección a la plaza de Catalunya. Casi enfrente
de los soportales que dan acceso a la plaza Reial se encuentra
el HOTEL ORIENTE
(Rambla, 45-47), construido en 1842 cuando el antiguo colegio
religioso de Sant Bonaventura se transformó en una
próspera fonda. El hotel, cuya fachada fue remodelada
en 1881, conserva en su salón de fiestas la magnífica
estructura de un antiguo claustro del siglo XVII de pilares
cuadrados y el antiguo refectorio rectangular cubierto por
una bóveda. Por sus habitaciones pasaron huéspedes
del renombre del escritor Hans Christian Andersen, el actor
americano Errol Flynn, el torero Manolete o la soprano Maria
Callas. En su discreta fachada todavía destacan las
esculturas de dos ángeles que presiden el dintel del
arco de la entrada principal.
Rambla arriba se llega, a mano izquierda,
a uno de los edificios más emblemáticos de la
ciudad pese a no ser una construcción modernista: el
GRAN TEATRE DEL LICEU (GRAN TEATRO DEL LICEO. Rambla,
51-65). La historia de este símbolo de Barcelona ha
estado directamente marcada por los incendios. El edificio
original, construido por Miquel Garriga en 1847 en el solar
del antiguo convento de los Trinitaris, se quemó en
1861 y fue reconstruido por Josep Oriol Mestres con una simplicidad
exterior -sólo truncada por su característica
fachada con un cuerpo central de tres grandes ventanales-
que ocultaba uno de los teatros líricos más
fastuosos del mundo. El incendio del teatro de 1994 obligó
a una nueva reconstrucción, llevada a cabo por el arquitecto
Ignasi de Solà-Morales, que recreó el suntuoso
estilo tradicional del edificio, recuperando los salones con
pinturas ilusionistas y pompeyanas. En sus orígenes
como teatro lírico, el Liceu tuvo que competir con
el TEATRE PRINCIPAL
(TEATRO PRINCIPAL, que ya hemos dejado atrás en el
número 27 de la Rambla), un local con cabida para 2.000
personas y con una larga tradición en la ciudad. El
Liceu, que levantó el telón con Anna Bolena,
de Donizetti, ganó la partida y se convirtió
en la catedral del buen gusto y el escaparate preferido por
las clases más pudientes de Barcelona para exhibir
su riqueza. Pese a la sobriedad de su arquitectura, destacan
especialmente la marquesina de hierro forjado que preside
la entrada principal y los rótulos esgrafiados que
rinden homenaje a Calderón de la Barca, Mozart, Rossini
y Moratín. El edificio del Liceu alberga, casi en la
esquina de la Rambla con la calle Sant Pau, un auténtico
santuario elitista: el Cercle del Liceu, una tradicional y
aristocrática entidad privada, un viejo club al más
puro estilo inglés, que "esconde" en sus
salones interiores unas célebres pinturas del modernista
Ramon Casas y de Alexandre de Riquer, y unas vidrieras de
temática wagneriana de Oleguer Junyent.
Al otro lado de la calle, la Ruta pasa por delante de un
comercio de larga tradición, con decoración
modernista en la fachada: la antigua CAMISERIA
BONET (10) (Rambla, 72), fundada en 1890, y que en
el año 2002 cambió de propietario y de actividad,
centrándose en la actualidad en objetos de recuerdo
de Barcelona. En el edificio contiguo se encuentra el
CAFÈ DE L’ÒPERA (11) (Rambla, 74),
un local de atmósfera confortable abierto en 1929 en
el local de la antigua Chocolatería La Mallorquina.
El interior está bien conservado y en él destacan
las sillas Thonet y los espejos decimonónicos con figuras
femeninas que evocan personajes de diferentes óperas
(para más información véase Salimos,
guía de bares y restaurantes modernistas).
Después del Liceu, a la izquierda,
podemos desviarnos por la calle Sant Pau hasta el que es uno
de sus establecimientos con más tradición en
la historia hotelera de Barcelona. El interés arquitectónico
de este hotel, que en su día albergó al héroe
nacional filipino José Rizal, se centra en sus salones,
decorados en 1902-1903 por uno de los padres del Modernismo,
Lluís Domènech i Montaner. En el Hotel
España, Domènech i Montaner contó
con la colaboración de dos grandes maestros de las
artes plásticas de la época: el escultor Eusebi
Arnau y el pintor Ramon Casas. Eusebi Arnau es el autor de
la espléndida chimenea de alabastro de uno de los comedores,
visible desde la calle, y Ramon Casas es el responsable de
los esgrafiados marinos del comedor interior, en el que también
destaca una claraboya artesonada que filtra una luz muy difusa
que realza el efecto de los esgrafiados de Casas. Domènech
i Montaner remató el conjunto con dos ingeniosos arrimaderos
de madera. Uno de ellos, de esmerado diseño, está
decorado con unos medallones de cerámica azulada que
representan las provincias españolas, mientras que
el segundo, de tipo romano, se centra en temas florales (para
más información véase Salimos, guía
de bares y restaurantes modernistas). A escasos metros del
Hotel España se encuentra otro establecimiento hotelero
con reminiscencias modernistas: el HOTEL
PENINSULAR (13) (Sant Pau, 36). El principal interés
de este edificio, un antiguo colegio de monjas, reside en
su patio con galerías y en la claraboya, que resalta
los colores verde y crema de sus muros.
De vuelta a la Rambla se encuentra el Pla de la Boqueria,
presidido por el MOSAIC
CERÀMIC DE JOAN MIRÓ (MOSAICO CERÁMICO
DE JOAN MIRÓ), que el Ayuntamiento instaló en
1976 y que, con los años, se ha convertido en una de
las más emblemáticas señas de identidad
de esta popular vía barcelonesa. A mano derecha encontramos
la CASA BRUNO CUADROS
(Rambla, 82), un edificio premodernista muy interesante de
Josep Vilaseca, autor del Arco de Triunfo. Esta antigua casa,
conocida popularmente como "la casa dels paraigües"
(la casa de los paraguas) y reformada en 1883, destaca por
sus elementos orientales, como la decoración de su
fachada con esgrafiados y vidrieras, la galería de
aroma egipcio del primer piso o el dragón chino que
preside la esquina de la finca. La antigua tienda del edificio,
hoy ocupada por una entidad bancaria, luce unos elementos
ornamentales de inspiración japonesa realizados en
madera, vidrio y hierro forjado.
La suerte que siguió esta tienda fue
compartida por otras. En el año 1962, el arquitecto
David John Mackay cifró en ochocientas las tiendas
modernistas que existían en la ciudad de Barcelona.
Con el paso del tiempo y el avance de las excavadoras, este
número se ha reducido en la actualidad a menos de una
cincuentena. Cada día son menos las supervivientes
de este Modernismo que algunos han calificado injustamente
de "menor" sólo porque sus piedras no formaban
parte de grandes obras arquitectónicas. Algunas de
estas tiendas se conservan elegantes y presumidas, otras sobreviven
dispersas por la ciudad; algunas están en buenas condiciones
y otras en plena agonía, pero todas poseen una unidad
artística que permite reconstruir, entre estucados,
mosaicos, vidrieras y artesanías de caoba, cómo
fueron aquellos años que discurrieron entre la Exposición
Universal de 1888 y la segunda década del siglo XX.
Eran los años en los que la burguesía barcelonesa
viajaba a París y creía firmemente que Cataluña
era Europa. Una época en la que el Modernismo se convirtió
en un arte cotidiano que lograba que los artículos
vulgares se convirtieran en arte. La euforia del cambio de
siglo, la voluntad renovadora, se tradujo en una utilización
social del arte, en una arquitectura anónima y popular
que dignificaba cualquier obra. Fue así como las panaderías,
las pastelerías, las farmacias, las tiendas de tejidos
y las perfumerías fueron tratadas con el mismo respeto
decorativo que las grandes casas de la burguesía. Junto
con la Casa Batlló, la Pedrera, el Park Güell
y la Sagrada Família, se multiplicaron los pequeños
establecimientos que lucían con orgullo el sello de
la nueva moda modernista En 1909, la revista L'Esquella de
la Torratxa resumía en una sola frase la fiebre modernista
que convulsionaba la ciudad: "Barcelona está llamada
a ser la Atenas del Modernismo". Una selección
de los mejores ejemplos de tiendas modernistas que aún
existen en la actualidad aparece en esta guía en el
capítulo Guapos per sempre.
El mejor ejemplo de esta fiebre modernista que experimentó
Barcelona son dos edificios casi contiguos de la Rambla. La
CASA DOCTOR GENOVÉ
(14) (Rambla, 77), obra de Enric Sagnier i Villavecchia (1911),
albergó una farmacia y su laboratorio hasta 1974 (actualmente
alberga un bar de tapas vasco).
La
Rambla
La primitiva Rambla era una vía
ancha y desigual que oscilaba de un extremo
a otro de la ciudad discurriendo paralela
a la muralla medieval que Jaime I construyó
en el siglo XIII, un siglo antes de que
un nuevo recinto amurallado rodeara el Raval
y dejara el lienzo de la Rambla sin su teórica
función defensiva. Sin embargo, las
diferentes puertas que se abrieron (Santa
Anna, Portaferrissa, Boqueria, Trentaclaus
y Framenors) no desaparecieron e indujeron
la instalación de algunas construcciones,
como una fundición de cañones,
y también mercados al aire libre.
“Rambla”, en árabe, significa
“torrente”, y eso es precisamente
lo que era: un torrente, el Cagalell, que
se había convertido en alcantarilla,
llena de basuras y excrementos. Al otro
lado de este foso se fueron instalando durante
el siglo XVI los primeros centros religiosos
(convento de Sant Josep, 1586), de enseñanza
(Estudis Generals, 1536) y lúdicos
(Teatre de la Santa Creu, 1597). La Rambla
del siglo XVIII lucía, por tanto,
la muralla a un lado y conventos e iglesias
al otro, en la parte del Raval. No fue hasta
finales del siglo XVIII, momento en el que
los ingenieros militares encabezados por
Juan M. Cermeño iniciaron su urbanización,
cuando la Rambla definió su trazado
actual.
La Rambla es una sola avenida, pero recibe
muchos nombres a lo largo de todo su recorrido:
Rambla de Santa Mònica, de los
Caputxins, de Sant Josep, de los Estudis
y de Canaletes. Unas denominaciones nada
gratuitas, ya que corresponden a los conventos,
iglesias o edificios ante los cuales pasaba
la avenida a medida que, terraplenada,
comenzaba a tomar forma. En 1768 dio comienzo
la demolición de la muralla y la
construcción de algunos de sus
edificios actualmente más emblemáticos,
como el Palau de la Virreina, el Palau
Moja, ante los cuales pasa la Ruta del
Modernismo, o la Casa March de Reus (obra
de Joan Soler i Faneca, 1775) que encontramos
más abajo, en el número
8. El último gran momento en la
formación de la Rambla llegó
a mediados del siglo XIX con los procesos
liberales de desamortización de
los bienes de la Iglesia, que comportaron
la desaparición de la mayoría
de los conventos que moraban en sus orillas
y su sustitución por nuevas calles
(Ferran), espacios públicos (plaza
Reial), mercados (Boqueria) y edificios
que con el tiempo también fueron
emblemáticos (Liceu). La Rambla
es actualmente el mejor escaparate de
la ciudad, de su historia y de la vida
de sus ciudadanos. Como reflejó
el escritor Josep Pla en una de sus obras:
“La Rambla es una maravilla. Es
una de las pocas calles de Barcelona en
las que me siento plenamente bien. Siempre
hay tanta gente como para encontrarse
con algún que otro conocido, pero
siempre hay la suficiente como para pasar
desapercibido, si conviene”.
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