Ajuntament de Barcelona Institut del Paisatje Urbà
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El diseño modernista hace revivir las artes decorativas porque la voluntad de los artistas es crear espacios únicos que integren todas las artes. De hecho, las artes decorativas se convierten, de alguna manera, en las difusoras del gusto modernista y transmiten a todo el mundo el nuevo estilo artístico. El nuevo lenguaje no se limita a las casas burguesas realizadas por los grandes arquitectos o a las grandes obras públicas, sino que pastelerías, panaderías, farmacias, espacios de ocio y bares y restaurantes se decoran de acuerdo con el nuevo lenguaje y son una muestra de la profusión de muchos artistas y artesanos anónimos que trabajaron según las nuevas tendencias. Los espacios más cotidianos se convirtieron en espacios para disfrutar de la nueva estética, y algunos han llegado hasta nuestros días prácticamente intactos. La arquitectura era la aglutinadora de las artes decorativas, tanto en las fachadas como en los interiores. Es el momento en el que se recuperan las técnicas artesanas autóctonas, uno de los factores que distinguen la decoración modernista de las diferentes ciudades de Europa en las que se desarrollaron los distintos movimientos de la corriente Art Nouveau.

Sabemos de la existencia de muchos bares y restaurantes, desaparecidos en la actualidad, que eran un ejemplo fascinante del lenguaje modernista como La Lluna o La Buena Sombra. Para elaborar esta guía hemos seleccionado catorce bares y restaurantes que se han mantenido prácticamente intactos desde su fundación o que han sido creados a partir de la recuperación de elementos modernistas de otros comercios que estaban destinados a desaparecer y que nos permiten disfrutar en la actualidad de una atmósfera de principios del siglo XX. En muy pocos casos se conoce el decorador o las personas que trabajaron en ellos: el campo de los decoradores y diseñadores de interiores de aquel entonces es un ámbito en el que todavía queda mucho por investigar.

Estos espacios tienen en común el uso de las artes aplicadas, como la cerámica decorativa en los arrimaderos o mostradores; los yesos en molduras para decorar, especialmente los techos; el mármol para barras, zócalos y arrimaderos; la ebanistería para hacer los aparadores (mueble en el que se concentra a menudo la decoración más naturalista); el uso del hierro forjado para decorar columnas, para las lámparas y los colgadores; y, por último, las vidrieras en las puertas y ventanas, que conseguían matizar la luz de los interiores. Todos estos elementos estaban decorados con motivos naturalistas, flores y hojas que se entrelazan o líneas sinuosas. La diferencia entre los distintos establecimientos suele deberse principalmente a la calidad de los materiales utilizados, ya que éste era un factor que venía determinado por el nivel económico y la cultura del propietario.

Aparte de estos ejemplos que les presentamos, si pasean por Barcelona todavía podrán encontrar bares que conservan alguna parte de decoración modernista. Éste es el caso, por ejemplo, de la granja que hay en la calle Palla número 4, que mantiene la puerta de madera con decoración floral muy similar a las que vemos en esta guía, o el Cafè del Centre, en la calle Girona número 69, con una decoración sencilla pero también de estética modernista.

Tampoco debemos olvidar que hay otros bares que, aunque no fuesen concebidos en aquel entonces para ser bares o restaurantes, cumplen, en parte, esta función: por ejemplo, la pastelería Escribà, en la Rambla, cuenta con un espacio reducido para tomar café que permite contemplar toda la decoración interior de la tienda; o la cafetería del foyer del Palau de la Música Catalana que, al estar situada en los bajos de un edificio obra de Domènech i Montaner, es emblemática del Modernismo catalán. En este edificio encontramos también el restaurante Mirador, abierto a finales de 2004 en una de las zonas de ampliación modernas proyectadas por Oscar Tusquets, con unas espléndidas vistas a la fachada lateral del Palau. Otro ejemplo es “La Pedrera de noche", nombre de las veladas que se organizan en el edificio de Gaudí en las noches de verano para combinar una visita al Espai Gaudí con música en vivo, en su espectacular azotea, mientras se toma una copa.


Los ejemplos de estos establecimientos nos ayudan a entender la importancia que tuvo el Modernismo en el uso social del arte: cómo los maestros de obra, artesanos y diseñadores supieron aplicar el nuevo lenguaje del Modernismo a los espacios más modestos de la ciudad; y cómo supieron también hacer que su oficio destacara entre las obras creadas por los grandes maestros del movimiento, como Gaudí, Puig i Cadafalch o Domènech i Montaner. Entrar en cualquiera de estos espacios es todo un privilegio.

Casa Almirall
Bar
Joaquín Costa, 33
Tel.: 93 318 99 17
Horario: todos los días de la semana de 19 a 3h.


El rótulo de Casa Almirall, de vidrio pintado, nos dice que fue fundada en el año 1860. Manel Almirall, miembro de la familia Almirall, conocida por sus negocios, fue el fundador de una taberna en la segunda mitad del siglo XIX. El local contaba con dos partes diferenciadas: una primera parte, que era la taberna propiamente dicha, y una segunda parte, que era utilizada como bodega. En el año 1976, el establecimiento pasó a manos de los actuales propietarios, Ramon Solé y Pere Pina. La inauguración se celebró el 1 de enero de 1977, y desde entonces se ha realizado una restauración en el año 2000 y una segunda obra para habilitar nuevos lavabos en el año 2001.

De la decoración original, se han mantenido intactos básicamente la puerta, el mostrador, el aparador y las lámparas, elementos, todos ellos, que sobresalen por la riqueza y calidad de sus materiales. La puerta del bar es bastante sencilla, ya que, durante gran parte del año, desaparecía para dar paso a una pequeña cortina que cubría la parte superior de la entrada y abría el local a la calle. Las formas de la puerta no muestran ninguna ornamentación destacada, salvo la sinuosidad de las líneas que marca la madera.

El mostrador, visualmente imponente, está realizado con mármol blanco catalán combinado con mármol italiano de varios colores en la parte inferior. En uno de los extremos de la barra destaca una escultura de gran calidad de una figura femenina, de hierro fundido, que es la imagen de la musa de la Exposición Universal de Barcelona celebrada en 1888. Posiblemente ésta fuera una pieza decorativa del arranque de la baranda de la casa que tenía la familia Almirall en la misma calle. Después del mostrador encontramos un mueble donde se cobraba —de formas similares a las del aparador—, que en la actualidad sigue teniendo la misma función de caja.

También hay que fijarse en el aparador que hay detrás del mostrador, porque confiere entidad al establecimiento y quizás sea el elemento que más se reconoce dentro de un lenguaje modernista. La decoración viene dada por la propia apariencia que va adquiriendo la madera, que se curva hacia los extremos laterales donde se cruza con otras líneas, y en este punto es donde encontramos mayor concentración de adornos, porque es el lugar en el que se entrelaza con una especie de rama con hojas y flores que nace del extremo del aparador.

Finalmente, hay que prestar atención a la parte superior de la pared, en la que se ha mantenido, después de varias restauraciones, una guirnalda pintada de colores vivos que debía pertenecer a la decoración original del edificio en el que se encuentra el bar, un inmueble decorado con esgrafiados en el exterior.

Actualmente, el establecimiento también cuenta con dos partes diferenciadas, una primera sala con las características mesas tipo velador (redondas, de mármol y con un único pie) que se encontraban en todos los establecimientos de aquel entonces, y un segundo espacio más íntimo, separado por una mampara de vidrio, con luz suave y butaquitas. La ambientación musical es predominantemente a base de jazz clásico, moderno y de vanguardia, una gran variedad de estilos de la mejor música instrumental moderna. En definitiva, la Casa Almirall es un lugar de encuentro para gente de todas las edades, para tomar una copa o un tentempié (su especialidad son las anchoas). Esporádicamente, también se celebran actividades culturales, como ciclos de cine mudo o tertulias de diversa índole. Es un espacio abierto a nuevas propuestas y actividades diversas, tranquilo punto de encuentro hacia el atardecer, pero que tiende a animarse hacia la madrugada, aunque siempre se puede encontrar un lugar más recogido en el interior.

Bar Muy Buenas
Bar de copes, menjar i activitats culturals
Carme, 63
Tel.: 93 442 50 53
Horario: de lunes a sábado de 7.30 a 2.30h. Domingos de 19 a 2.30h.

Los orígenes del Bar Muy Buenas se remontan a finales del siglo XIX, cuando fue fundado como granja bar por un miembro de la familia Serrano. El establecimiento fue pasando de padres a hijos durante tres generaciones —fue bautizado como Bar Muy Buenas en 1928—, hasta que Antonio Serrano lo vendió en 1996 a Antonio Magaña, actual propietario del bar, que ha ido devolviendo al local su aspecto original.

La puerta de acceso al establecimiento deja entrever sutilmente que se trata de un local diferente, no porque tenga una decoración exagerada, sino, precisamente, por la suavidad de unas líneas onduladas que enmarcan el rótulo y el propio tirador. El mostrador del bar es el que había en un principio y ahora ha recuperado su función original, aunque durante mucho tiempo estuvo situado en otro lugar del local como elemento decorativo. Se trata de un mostrador de mármol con un par de compartimentos que, en su momento, se llenaban de hielo y servían para mantener las bebidas frescas, con dos surtidores de agua que ahora han sido sustituidos por surtidores de cerveza.

En este establecimiento también destaca la espléndida mampara de pino melis y vidrio grabado al ácido con motivos florales que, en su origen, era la puerta entre la tienda de la granja y el comedor y que hoy separa la zona de la barra del resto del bar. El área de la barra sorprende por la exagerada altura del techo, que se ha conseguido suprimiendo los forjados que sostenían un altillo que era utilizado como vivienda. En el espacio interior no se ha conservado prácticamente ningún elemento decorativo modernista, pero en el verano de 2001, el señor Magaña encargó a un pintor argentino la decoración mural del bar. El resultado, bastante acertado, confiere un aire de modernidad pero, al mismo tiempo, tiene un regusto de estilo modernista, al inspirarse en la sinuosidad de líneas y motivos que se encuentran en la puerta del local. Las mesas se han pintado siguiendo el dibujo del mural. El piso de arriba adquiere una atmósfera especial gracias al balconcillo de madera —la parte alta de la mampara modernista— que da al espacio de la barra. En conjunto, el espacio está decorado con sencillez y buen gusto, creando un ambiente confortable y especial, abierto y a la vez acogedor.

Cuando Antonio Magaña compró el negocio, lo hizo con la intención de que siguiera siendo un bar pero también con la ambición de convertirlo en un punto de actividades culturales diversas: música, lecturas poéticas (los miércoles por la noche), espacio de exposiciones para jóvenes autores y tertulias. Así pues, el local se caracteriza por un ambiente joven, principalmente de la ciudad, abierto a todo el mundo y a nuevas ideas. Pero el Bar Muy Buenas no sólo es un bar de copas o de cafés, sino que también ofrece servicio de cocina a precios muy razonables, con la novedad de acoger en su carta un importante surtido de platos de diferentes culturas del mundo. A cualquier hora del día también podemos probar una de sus especialidades, las “torrijas árabes”, o elegir tés o cervezas de importación de su carta, cada vez más extensa. A medida que avanza la noche, los manteles de las mesas desaparecen, la música se va animando y el Muy Buenas va adquiriendo carácter de bar nocturno y de punto de encuentro para degustar su famoso mojito.

La Confiteria
Bar
Sant Pau, 128
Tel.: 93 443 04 58
Horario: todos los días de la semana de 19 a 2h.

Parece ser que en el espacio que ocupa este bar había antiguamente una barbería y antes que ésta, un servicio de berlinas (carros de caballos ligeros). La familia Pujadas lo adquirió para convertirlo en una confitería entre 1912 y 1913, según consta en el dietario del negocio, que aún se conserva. A partir de entonces la organización del local fue la propia de una pastelería: planta baja para la tienda, la vivienda en el interior y el obrador en el sótano. Estuvo en funcionamiento durante décadas en manos de la misma familia hasta que cerró en los años ochenta, momento en el que el local quedó abandonado y estuvo en desuso durante muchos años. En 1998 el establecimiento pasó a manos de dos jóvenes emprendedores, Núria Benet y Curro, que recuperaron y restauraron toda la decoración y reabrieron La Confiteria, ahora como bar de copas y comidas.

En la fachada el local tiene dos puertas de acceso y tres escaparates de hierro y vidrio, junto a una decoración de angelitos de aire novecentista. La decoración de los escaparates se va cambiando continuamente y, si un mes muestra libros y fotos antiguas, al mes siguiente puede exhibir rompedoras composiciones artísticas. En el interior, todas las paredes están cubiertas por un aparador de madera con el fondo de espejo o vidrio al ácido y adornos de tipo geométrico, en los que predominan las líneas rectas formando ramos. Este mueble está coronado por unos paneles curvados rematados con motivos vegetales y con flores pintadas en su interior. Hay que señalar que antes de la última restauración, este aparador, ahora de madera vista, estaba cubierto por incontables capas de pintura. Por encima del mueble, hasta llegar al techo, encontramos unas pinturas al óleo sobre lienzo de paisajes bucólicos con figuras femeninas. No se ha encontrado ningún nombre que pudiera indicar quién colaboró en la decoración del establecimiento.

El mostrador de la antigua confitería tiene ahora la función de barra. Está prácticamente intacto, aunque se añadió un zócalo para darle más altura y se quitaron unos cajones de vidrio, las bomboneras, por su falta de solidez. Sobre el mostrador, en medio de la barra, se encontraba la antigua caja registradora de la pastelería, y dentro de la vitrina que se conserva se ha instalado el surtidor de cerveza. Entrando a la derecha, también se ha mantenido intacta, como elemento decorativo, la mesa de contabilidad, con una bonita mampara de vidrio. Actualmente, en el espacio interior, que era la vivienda y al parecer no tenía ningún tipo de decoración modernista, encontramos las mesas en las que sentarse y comer algo. En 1998 fue reformado y decorado de nuevo con un diseño totalmente contemporáneo que, sin embargo, consigue armonizar con la atmósfera de la entrada, a lo que contribuye un sensato aprovechamiento de los materiales originales: por ejemplo, las actuales puertas de los lavabos y la cocina son las que antes cerraban el pasillo de acceso a la vivienda interior desde la tienda.

La Confiteria destaca, independientemente de su encanto estético, por su buena carta de vinos y la calidad de los embutidos, quesos y patés que ofrece, cuya especialidad es el foie de la Marona. El ambiente del local varía según las horas: por la tarde es frecuentado por gente que quiere merendar o charlar tranquilamente, pero por la noche el bar se llena de una clientela muy diversa que busca tanto estar tomando copas hasta la madrugada como comer algo ligero al salir de alguno de los teatros del Paral·lel. Un entorno agradable, ambientado con una amplia y cuidada selección de música moderna. El establecimiento también realiza diversas actividades, acoge exposiciones cada dos o tres meses y organiza conciertos dentro del Festival de Jazz de Ciutat Vella.

Hotel España
Hotel restaurant
Sant Pau, 9-11
Tel.: 93 318 17 58
Horario: todos los días de la semana, de 13 a 16h y de 20 a 24h.
www.hotelespanya.com

“(...) la Fonda España, sita en la calle Sant Pau, números 9 y 11, cuya decoración ha sido proyectada y dirigida por el arquitecto D. Lluís Domènech i Montaner. En el conjunto de esta obra concebida con inspiración poderosa y belleza suma se imponen, desde luego, la abundancia y buena ley de los recursos artísticos que combinan lo severo y lo delicado, lo grandioso y lo hábil, el feliz ingenio que ha presidido la elección de materiales, la agradable armonía de los colores, la buena disposición de las líneas, la elegancia de las formas y, por encima de todo, el sólido talento con el que se ha realizado una obra nueva sin efectismos, ni exageraciones, ni violencias.”

De este modo se describe en el Anuario Estadístico del Ayuntamiento de Barcelona de 1904 este local, propiedad de los señores Rius y Martí, que ganó el premio al mejor establecimiento inaugurado en el año 1903. Y así, con pocas modificaciones, lo podemos contemplar y disfrutar en la actualidad.

La noticia más antigua que se ha encontrado hasta el momento sobre la Fonda España parece indicarnos la fecha de su inauguración. Se trata de un anuncio en el Diari de Barcelona del 30 de diciembre de 1858 que informa de que “el primer día de 1859 se abrirá con todo nuevo este establecimiento”. A partir del año 1863, la Fonda se amplía con los bajos de otro edificio que hizo construir el propietario, Josep Colomer. Entre esa fecha y 1903 no tenemos constancia de que se hagan reformas en el interior del establecimiento.

Los herederos de Josep Colomer fueron los que encargaron la decoración a Domènech i Montaner, aunque en 1903 los propietarios ya son Rius y Martí. Desde entonces ha conservado siempre la misma función, pero evolucionando con el tiempo y pasando de bar y fonda a restaurante y hotel. En los años veinte este local se denominaba popularmente “los toreros”, porque eran muchos los matadores conocidos que se hospedaban allí. Durante la Guerra Civil fue requisado por la CNT para instalar un hospital. Ya posteriormente, en el año 1983, el hotel pasó a manos de la familia Tutusaus. Ellos han sido los que han recuperado la decoración que en algunas zonas estaba tapada por obras más modernas o, como en el caso de la chimenea de alabastro, totalmente cubierta por pintura negra. Desde octubre de 2004 la propietaria del establecimiento es la sociedad Hotelcon 96, SL.

No todo el conjunto se ha conservado intacto: la zona que más ha sufrido ha sido la recepción, aunque se conserva la puerta de madera original, pero en el interior el recuerdo es mínimo. A la izquierda de la recepción se encuentra la sala Arnau, que también ha sufrido muchas mutilaciones a lo largo de los años. Esta sala, que fuera sala de descanso y ahora es bar restaurante, conserva la espléndida chimenea de alabastro (alimentada con gas), modelada en 1901 por el escultor Eusebi Arnau y producida por el taller del escultor Alfons Juyol i Bach. Vale la pena fijarse atentamente en la riqueza de las esculturas que representan las edades del hombre con figuras femeninas y de un anciano, y la campana coronada por las armas del emperador Carlos V de Alemania (Carlos I de Castilla), con la corona imperial, el águila bicéfala, las columnas de Hércules y el Toisón de Oro, con los emblemas de los reinos de León, Castilla, Navarra y Aragón en el centro. Estos motivos también los encontraremos en la decoración de uno de los comedores: las evocaciones heráldicas son características en la obra de Domènech i Montaner, que además de arquitecto, historiador y político, fue también un destacado heraldista.

La decoración merecedora propiamente del premio del Ayuntamiento al mejor establecimiento la podemos encontrar en los dos comedores, que hoy mantienen su función original. Entrando en línea recta desde la calle, y después de dejar atrás la recepción, se encuentra lo que antiguamente era el comedor de los huéspedes, también denominado “saló de les sirenes” (salón de las sirenas), dedicado ahora sobre todo a banquetes o cenas de grupo. Lo primero que llama la atención es el mural pintado de la pared con motivos marinos: sirenas (con piernas), peces del Mediterráneo, etc., todo ello sobre un fondo de olas en relieve. Estas pinturas a menudo han sido atribuidas al pintor Ramon Casas.

Debajo de las pinturas, la parte inferior de la pared está cubierta por un arrimadero configurado por el entramado de amplias fajas de madera que forman una cuadrícula, y en los vacíos encontramos de nuevo escudos de cerámica vidriada que representan antiguos señoríos aristocráticos. La sala está cubierta por una claraboya artesonada que deja entrar sutilmente la luz natural.

El segundo comedor, comunicado con el anterior y situado a la derecha de la recepción, era y todavía sigue siendo el restaurante público. Destaca en él el arrimadero de las paredes, en este caso de mosaico, que representa diferentes emblemas, aunque en menor cantidad. Este arrimadero está coronado por colgadores de madera, más trabajados que en el anterior comedor, en los que se combinan motivos vegetales y florales. Todas las lámparas que encontramos en este comedor corresponden a la época de la reforma realizada por Domènech i Montaner: los apliques de las paredes y las lámparas colgantes, que, en origen, se encontraban en la Sala Arnau.

En todos los salones se puede disfrutar de un menú de precio muy asequible, tanto para almorzar como para cenar, principalmente de cocina catalana, pero con la flexibilidad propia de un hotel. Un espacio abierto a todos, desde la gente que vive o trabaja en el barrio hasta los visitantes que se hospedan en el propio hotel. Ahora que se cumplen más de cien años de la decoración de la Fonda España todavía podemos comer disfrutando de un entorno privilegiado y sentirnos partícipes de un conjunto creado por el gran maestro del Modernismo, Domènech i Montaner, donde demostró las enormes posibilidades de diálogo entre la piedra, la pintura, la cerámica, el vidrio, el hierro y la madera.

London Bar
Bar de copes
Nou de la Rambla, 34
Tel.: 93 318 52 61
Horario: martes, miércoles, jueves y domingos de 19.30 a 4.30h. Viernes y sábados de 19.30 a 5h.
www.londonbarbcn.com

Josep Roca i Tudó, nacido en Copons en 1883, llegó de joven a Barcelona, en donde trabajó como camarero en varios bares de la ciudad antigua, hasta que, en 1909, compró un local en el número 34 de la calle Nou de la Rambla (en aquel entonces la calle se llamaba Conde del Asalto). En él inauguró un bar al año siguiente (el 23 de junio de 1910), que decoró con un lenguaje modernista de talante popular. Se ignora quién fue el diseñador; únicamente han llegado hasta nosotros los nombres de algunos de los trabajadores que eran conocidos y amigos de Josep Roca y que quisieron participar en la decoración: Pedrerol como carpintero, Xampanyer como pintor, y otros ebanistas, marmolistas y yeseros que formaron un equipo. A la muerte del fundador, el local pasó a manos de una de sus hijas, Dolors Roca, y de su marido, Pere Bertran. La propietaria actual sigue siendo un miembro de la familia del fundador, su nieta Elionor Bertran, que se hizo cargo de la dirección del bar en 1976 junto con su marido, José Antonio Alabalá.

A lo largo de los años, el bar ha conservado su interior. En un primer momento, no todo el local se utilizaba como bar ni tampoco fue decorado de la misma manera. La decoración modernista ocupaba un poco más de la mitad del establecimiento, y era el bar propiamente dicho: el salón interior, carente de esta decoración, se destinaba a actividades artísticas y culturales y, a partir de la Guerra Civil, fue utilizado como lugar de ensayo por artistas de circo. Actualmente los dos espacios están integrados en un único local y el salón interior cuenta con un escenario para actuaciones.

La puerta de acceso ya nos indica que se trata de un bar diferente por todo el enmarcado de madera con el nombre en el centro. Durante la posguerra el régimen franquista obligó a castellanizar todos los nombres catalanes y extranjeros de los establecimientos, pero el del London no se destruyó, simplemente se tapó y así se ha podido conservar. Del interior destaca el aparador, tan característico en todos los establecimientos de aquel entonces, con un espejo de fondo, de líneas curvas entrecortadas por flores y rematadas por volutas con decoración vegetal. Toda la madera está pintada de color crema combinado con el dorado en los adornos y líneas. Esta misma ornamentación se repite en un arco que se encuentra en la mitad de este primer tramo del bar, donde aparece el nombre del local y también la volvemos a encontrar en la puerta de acceso al segundo salón, aunque ésta fue realizada en época más moderna. La primera barra, la única que había en origen, es de mármol de colores con flores talladas en la parte superior, motivo que también aparece en el arrimadero del primer tramo original del establecimiento.

Desde el primer momento, el London ha sido frecuentado por gente del mundo del circo, ya que en la misma calle estaban instalados la mayoría de los agentes de circo, teatro y espectáculos en general de la ciudad. Además, estaba abierto las veinticuatro horas del día, con lo que, tarde o temprano, toda la bohemia de la ciudad se pasaba por allí. Todos los elementos decorativos conservan el espíritu de un bar de principios del siglo XX, donde se reunían jóvenes artistas como Miró, Picasso o Gaudí, y mucha gente de las artes y especialmente del circo, recuerdo evocado aún hoy en día por el trapecio que cuelga cerca de la entrada.

El London Bar no posee la atmósfera tranquila de un antiguo café, porque precisamente nunca lo ha sido, sino que más bien ha sido y sigue siendo un punto de encuentro de personas con inquietudes culturales. En la actualidad, gran parte de la clientela sigue siendo gente del mundo del arte, en el más amplio sentido, que va allí a charlar, a escuchar música o incluso, en alguna ocasión, a hacer alguna demostración espontánea en el trapecio. Sus propietarios suelen estar abiertos a realizar todo tipo de actividades culturales, desde las tradicionales tertulias o exposiciones hasta alguna propuesta innovadora. Pero la actividad más popular en la actualidad, y desde los años setenta, es la música en vivo; por su escenario han pasado artistas tan conocidos como Loquillo, Jarabe de Palo o la Fundación Tony Manero. Cada día hay un concierto de algún tipo de música: desde jazz hasta canción de autor, pasando por el rock y el funky (a partir de las 0.30h, con consumición obligatoria). En su web se pueden consultar los conciertos del mes.

Se trata de un local muy relajado a primera hora de la tarde, totalmente lleno en los conciertos y animado hasta bien entrada la madrugada. Un ambiente joven, catalán, pero también muy conocido entre los extranjeros, abierto a todo tipo de gente, lo que facilita que cualquier persona pueda encontrarse a gusto en él.

         
Grill Room
Bar restaurant
Escudellers, 8
Tel.: 93 302 40 10
Horario: de 13 a 15.45h y de 20 a 23.15h. Cerrado miércoles y jueves
.

En el año 1902, un turinés llamado Flaminio Mezzalama abrió dos cafés en Barcelona: uno en el nuevo eje de la burguesía local, en el paseo de Gràcia, y otro en el antiguo núcleo burgués (que entonces ya empezaba a decaer), en la calle Escudellers. Mezzalama era representante de los empresarios Martini y Rossi, y fue quien introdujo el vermut italiano en Cataluña. Sabemos también que fue un empresario muy activo en la sociedad civil de Barcelona: en 1908 era vocal de la Liga de Defensa Industrial y Comercial.

El café del paseo de Gràcia número 18, hoy desaparecido, se denominaba Cafè Torino y fue el ganador aquel mismo año —1902— del premio del Ayuntamiento al mejor establecimiento. El segundo café, que es el que nos interesa, todavía está situado en la calle Escudellers número 8, y parece ser que se llamó Petit Torino, aunque en las guías de principio del siglo XX lo denominan Cafè Torino. Ambos cafés fueron decorados por Ricard Capmany, aunque la decoración del de la calle Escudellers era más discreta que la del del paseo de Gràcia. Gracias al informe del premio que ganó el conocido Cafè Torino sabemos cuáles fueron sus colaboradores, y es de suponer que el mismo equipo habría decorado el Petit Torino por las similitudes en la decoración y por la proximidad de las fechas.

Pocos años después, hacia 1910 o 1911, el Cafè Torino del paseo de Gràcia cerró, y posiblemente también lo hizo el de la calle Escudellers, ya que en 1914, según una guía de la ciudad, el establecimiento se llamaba Oriental Bar y su propietario era un tal Juan Alamán. Dos años después, el establecimiento volvía a cambiar de propietario y adquiría el nombre que lo ha identificado desde entonces. A finales de la década de los años veinte, la familia Bofarull, propietaria del restaurante vecino, Los Caracoles, adquirió el Grill Room y todavía hoy sigue siendo propietaria de ambos establecimientos.

El Grill Room ocupa los bajos de un edificio decimonónico y su fachada está decorada con un revestimiento de madera que se adapta a los huecos arquitectónicos del local. Si comparamos imágenes actuales de la fachada de entrada con imágenes de sus inicios, podemos observar los discretos cambios que ha sufrido. Se sigue manteniendo la misma estructura de un revestimiento de madera con dos grandes arcadas divididas por un pilar, con un escaparate coronado por un escudo con un toro rampante. Las puertas están cerradas con vidrieras en la parte superior. Los cambios principales son el rótulo, que en origen estaba pintado y decorado con motivos florales y ahora muestra unas grandes letras lineales sobre fondo verde, y los bajos de los escaparates, que, por las imágenes que se conservan de ellos, parece ser que tenían un revestimiento de mármol y en la actualidad son de madera. Como el establecimiento hace esquina con el pasaje Escudellers, también en esta calle encontramos tres arcos, en los que se repiten los símbolos del vermut Torino y el toro.

De la decoración interior destaca el aparador que encontramos al entrar, a la derecha, de líneas sinuosas y con decoración floral en los extremos, características de principios del siglo XX. También es de interés la asimetría de los mostradores: el de la derecha es completamente liso, sin ningún tipo de ornamentación, mientras que el de la izquierda está decorado con aplicaciones de cerámica. También son dignos de mención los trabajos de forja de los pilares: en el primero de ellos todavía se pueden leer las dos iniciales “VT” (Vermut Torino), enmarcadas por un toro rampante para recordarnos el negocio de su fundador. Hay otros elementos que se deben tener en cuenta, como el artesonado pintado del primer tramo del local o las lámparas de hierro de las paredes.

Actualmente el espacio se divide en dos partes, una primera en la que se encuentran las barras y se puede tomar una copa, y una segunda, construida posteriormente, destinada a comedor, donde se puede comer a la carta. La oferta gastronómica del Grill Room hace honor a su nombre y se basa sobre todo en platos de carnes con otros ingredientes a la brasa, aunque también ofrece otros platos tradicionales de la cocina catalana, junto con comidas más internacionales. En el corazón de Ciutat Vella, entre la Rambla y la plaza de Sant Jaume, este restaurante posee un ambiente cosmopolita y variado, y, como la mayoría de los locales de esta zona en los últimos años, es bastante frecuentado por turistas. El salón, con capacidad para cincuenta personas, se puede reservar para celebraciones o para cenas de grupos, con posibilidad de elegir un menú de los platos de la carta.

El Paraigua
Bar cocteleria
Pas de l’Ensenyança, 2
Tel.: 93 302 11 31 i 93 317 14 79
Horario: de lunes a viernes de 9 a 2h, sábados de 18 a 3h. Domingos cerrado
www.elparaigua.com


El Paraigua es un ejemplo de bar que no es de origen modernista, sino que se trata de un espacio, abierto en 1968, que reaprovechó y readaptó toda la decoración de una tienda modernista fundada a principios del siglo XX. Esta tienda, denominada Gallés, se dedicaba a la venta de paraguas y abanicos, y se encontraba en la calle Arcs número 5 hasta 1967, momento en que se decidió derribar el edificio y, por tanto, se tuvo que trasladar el establecimiento. Las noticias de que se dispone sobre la tienda son escasas, y aunque se conoce la fecha de fundación, 1902, se desconoce quiénes fueron sus responsables. En esta página reproducimos la antigua fachada.

En el año 1966, el propietario de la tienda vendió al decorador y escenógrafo Josep M. Espada la decoración del establecimiento. Todos los elementos ornamentales fueron desmontados pieza a pieza y, a partir de aquí, Espada realizó un nuevo diseño para adaptarlos a un local más pequeño, cercano a la plaza de Sant Jaume, destinado a ser un bar. Los hermanos Yagüe fueron los encargados de restaurar todas las piezas de madera de boj y adaptarlas estructuralmente a su nuevo espacio.

Antes de entrar en el establecimiento, lo primero que destaca es el portal de acceso, ya que lo que ahora son los paneles de los dinteles fue, en origen, el rótulo de la tienda de paraguas (y si miramos con atención, todavía se puede ver marcado en la madera el número de la calle en la que se encontraba la tienda). En otras partes del establecimiento, especialmente en los paramentos de vidrio, se repite un motivo que nos recuerda de dónde procede la decoración: dos paraguas y un abanico.

Toda la ornamentación de origen modernista, desde la barra hasta el techo, pasando por las lámparas y los apliques, se encuentra en el primer espacio del establecimiento, en la planta baja. La parte inferior de la barra, completamente de madera, se realizó a partir de los paramentos que coronaban las vitrinas en las que se colocaban los paraguas. Por otra parte, para hacer el techo, se aprovecharon las puertas correderas que cubrían unos cajones en los que se guardaban los estantes expositores de los abanicos de la tienda. De igual modo se procedió con los arrimaderos de las paredes, que, en este caso, tenían una función similar en origen, y con todos los marcos de los espejos que cubren las paredes del bar. Es decir, se redecoró un espacio de dimensiones mucho más pequeñas, sobre todo en altura, con la decoración totalmente desmontada de la tienda original, por eso se repiten los motivos en diferentes partes de las paredes o las puertas, porque las piezas se iban colocando teniendo en cuenta sus dimensiones para no tener que hacer más modificaciones de las necesarias.

En la mayoría de las piezas se repiten dos motivos ornamentales: por un lado destaca una decoración de líneas onduladas, rematadas en los extremos con motivos florales, y, por otro, una ornamentación más naturalista con entrelazados de flores y hojas. Respecto a la iluminación, se combinan lámparas modernistas originales con apliques, algunos diseñados por el decorador Espada en los años sesenta.

La inauguración del nuevo bar El Paraigua tuvo lugar el 5 de abril de 1968, y sus fundadores, junto con el propio Josep M. Espada, fueron J. M. Segarra y E. Vila Casa. En el año 1969 entró a trabajar J. M. Sánchez, un andaluz de Cádiz que había llegado a Barcelona tres años antes; en 1972 ya se convirtió en socio y a partir del año 1995 y hasta la actualidad es el propietario, junto con su mujer, Sebastiana Guerrero.

En los años ochenta, se decidió ampliar el local habilitando un sótano con bóvedas de origen medieval (parece ser que era la bodega de un antiguo convento), espacio que acoge una elegante whiskería coctelería, ambientada con una cuidada selección de música clásica. El Paraigua es un sitio tranquilo para ir a cualquier hora del día y tomar un café o disfrutar de un buen cóctel, entre una oferta de una cincuentena, con o sin alcohol, entre los que encontramos, por ejemplo, “El Paraigua”: un cóctel semi preparado a base de cava, tequila, drambuie y zumos de limón, naranja, piña, melocotón y grosella. Para los no iniciados, vale la pena dejarse aconsejar por la profesionalidad del barman que, sin duda alguna, sabrá encontrar el cóctel más adecuado para cada situación y momento del día.

Aunque la especialidad sea la coctelería, El Paraigua también nos ofrece una amplia carta de vinos, cavas y licores, así como la posibilidad de picar algo a cualquier hora del día con un surtido de productos del país, sencillos pero de excelente calidad: desde una tortilla de patatas o un chorizo curado hasta los canapés, que podemos elegir en la barra. Los menús ofrecidos con su propia selección de tapas cuestan entre 35 y 40 € de media, con bebida, postre y café incluidos.

El Paraigua está abierto a actividades culturales: el sótano acoge habitualmente exposiciones de pintura y, cada lunes por la noche, se celebran tertulias cuyo programa se puede consultar en la página web. Asimismo, está abierto a acoger otras actividades sociales o pequeñas celebraciones particulares; para más detalles, contactar con la dirección.


Molly's Fair City
Pub irlandés
Ferran, 7-9
Tel.: 93 342 40 26
Horario: de lunes a domingo de 19 a 3h.

Paseando por la calle Ferran, al llegar a los números 7 y 9 nos puede sorprender ver a gente tomando una cerveza en una tienda modernista. Se trata de un pub irlandés que ocupa dos locales. Uno de ellos, el número 7, conserva una decoración interior y exterior de estilo claramente modernista, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que a principios del siglo XX esta calle era una de las principales vías comerciales de la ciudad. Por tanto, el Molly’s Fair City no es un bar modernista propiamente dicho, sino un bar contemporáneo que ha sido ampliado y unido a un espacio vecino, del que se han conservado de forma cuidadosa los elementos de carácter modernista.

Las noticias que tenemos de este espacio se remontan a finales del siglo XIX o principios del XX. El propietario del local en 1893 era un hombre de origen francés llamado Marnet, que regentaba un negocio del que no se sabe con certeza si era de guantes y complementos o de embutidos. Posteriormente, el establecimiento fue una charcutería, abierta por Miquel Regàs i Ardèvol en torno a 1910. Esta tienda, que publicaba regularmente anuncios en la prensa (se conservan algunos de 1913 y 1914), se mantuvo abierta hasta 1922 y parece ser que en todo aquel periodo de tiempo el señor Regàs conservó intacta la decoración interior. El siguiente establecimiento que se abrió fue una tienda de objetos de regalo llamada Wolf, a cuyo propietario, el señor Veciana —nombre por el que también era conocido el establecimiento—, a menudo se atribuye erróneamente la decoración del local. Pero el señor Veciana tan sólo realizó pequeñas modificaciones: una reforma en 1979 por la que se reemplazaron las grandes puertas de acceso por unos escaparates. Las puertas fueron utilizadas para hacer un armario de exposición en el interior. El actual propietario del local, un vienés establecido en Barcelona llamado Michael, adquirió el local en 1999 y lo restauró respetando escrupulosamente el original y la reforma de 1979, y tan sólo alteró una parte de los arrimaderos.

Antes de entrar tenemos que fijarnos en la fachada del número 7 (que no es la entrada al bar), revestida con un panel de madera pintada que ocupa dos niveles, planta y altillo, que proporcionan equilibrio y unidad al conjunto. En la parte superior, el panel enmarca un pequeño balcón, que destaca por la barandilla de hierro forjado de forma ondulada y con motivos florales, similares a los adornos florales de los dinteles. Los dos paneles laterales de este altillo adoptan la forma de una elipse y están enmarcados por molduras de madera curvadas de líneas onduladas. En todas las imágenes que se conservan de la fachada, la madera aparece pintada de dos colores, granate y blanco, pero es posible que originalmente fueran del color de la propia madera. El rótulo de la tienda, que hasta hace poco era el del anterior negocio Wolf, ha sido sustituido por un anuncio de la cerveza Guiness.

El interior de esta parte del bar es de dimensiones reducidas y también está revestido con madera. Se han conservado los arrimaderos con decoración floral entrelazada situados en la pared del fondo. Rompiendo la continuidad del arrimadero, encontramos un armario de escasa profundidad, con una coronación de madera del más puro estilo modernista, acabado con formas onduladas y representaciones florales. En sus orígenes, esta madera de la coronación era el marco de unas vidrieras de colores con motivos florales que no se han conservado. Aunque no conocemos el nombre de los decoradores, es obvio que los ebanistas se adscribían al movimiento modernista, marcadamente influidos por el Art Nouveau internacional, que por aquella época hacía furor en Cataluña.

El pub irlandés Molly’s Fair City ofrece, naturalmente, la tradicional cerveza de su país, pero también se pueden degustar chupitos de licor de nombres sugerentes, como el Deep Throat o el Choc Pop, o el más previsible Baby Guiness (que, de hecho, no es de cerveza sino de licor de café y crema de whisky).

El pub posee un claro carácter internacional y multicultural, y diariamente se puede escuchar una buena mezcla de idiomas. Se trata de un local de ambiente cálido y acogedor, donde, como es evidente, se puede escuchar música céltica, pero también pop y rock anglosajón. Podríamos decir que es un buen lugar para conocer gente y para practicar idiomas. El personal del bar es mayoritariamente de origen irlandés o local: un grupo jovial, amable y políglota acostumbrado a asesorar en cuestiones básicas de supervivencia a los extranjeros recién llegados a la Barcelona vieja. La situación estratégica de este pub irlandés también convierte inevitablemente a los camareros en objetivo despiadado de muchos turistas con un mal sentido de la orientación y escasas habilidades idiomáticas, un hecho que el personal del Molly’s parece encajar con cierto espíritu estoico. Como ellos mismos dicen: “En el Molly’s no hay extraños, sólo amigos que aún no has conocido”.

Los días de máxima animación de este establecimiento —aparte, naturalmente, del 17 de marzo, Saint Patrick’s Day (san Patricio, patrón de Irlanda)— suelen coincidir con los grandes acontecimientos deportivos internacionales, como partidos de fútbol de la máxima rivalidad, ofrecidos en directo en sus grandes pantallas de televisión. También se suelen realizar varias actividades relacionadas con las fiestas y acontecimientos de la ciudad de Barcelona, y promociones especiales del propio local. Se puede reservar el piso superior, abierto sólo durante los fines de semana, para alguna celebración particular.

Cafè de l'Òpera
Café bar
La Rambla, 74
Tel.: 93 302 41 80
Horario: todos los días de la semana, de 9 a 3h.

En el mismo año de la Exposición Internacional, en 1929, Antoni Dòria alquiló un local en la popular Rambla del Mig de Barcelona, justo delante del Teatre del Liceu, y lo bautizó como Cafè Restaurant de l’Òpera, haciendo referencia directa al mismo. Desde entonces hasta ahora, el café ha estado regentado por la misma familia. El establecimiento continuó con la función de restaurante que tenía acogiendo un ambiente bastante selecto, ya que era conocido por su buena cocina. En los años cuarenta, debido a la escasez de alimentos de la posguerra, no pudo seguir ofreciendo una cocina de calidad y se limitó a ser cafetería.
Este café ocupa lo que anteriormente era una chocolatería restaurante bastante popular, denominada La Mallorquina, establecimiento que ya aparece citado hacia el año 1890. Anteriormente, en 1863, se encontraba en el mismo lugar la confitería La Palma. Cuando Antoni Dòria alquiló el establecimiento, ya existía prácticamente toda la decoración que podemos contemplar en la actualidad, que fue encargada por el propietario de la chocolatería La Mallorquina, el señor Manuel Docampo, gallego de nacimiento, y que fue realizada entre 1880 y 1889 por Amigó.
La primera restauración no se llevó a cabo hasta finales de los años cincuenta, que consistió en la creación de una barra siguiendo el modelo original de un pequeño mostrador que estaba destinado a la caja registradora y que se encontraba en la entrada del local. También cambió el mobiliario que había en origen justo en la entrada del local: las mesas redondas de mármol (los denominados veladores) con sillas de mimbre fueron sustituidas en aquel momento por unas butaquitas tapizadas alrededor de mesas de madera. Posteriormente, en los años ochenta, se realizó una segunda restauración, en este caso de las pinturas y el mobiliario, y otra vez se cambió y amplió la barra, trabajo que estuvo a cargo de Antoni Moragas i Spa. En aquel momento, al restaurar los paneles pintados de las paredes, se encontró debajo otra decoración totalmente decimonónica de jarrones con flores, anterior a la chocolatería La Mallorquina y que se atribuye a la citada confitería La Palma.

Cuando llegamos al café, lo primero que llama la atención es la puerta de acceso principal, un marco de madera con motivos tallados de temas florales y vegetales de líneas sinuosas, dentro del lenguaje modernista, combinados con las dos jambas de mármol en las que se repiten los mismos motivos. En el interior nos encontramos con un primer espacio con dos pares de mesas a cada lado de la sala de modo que se configura un pasillo central que conduce a la barra, donde el local se estrecha para pasar, a continuación, a un amplio salón. Entre ambos espacios había unas vidrieras cuya función era separar los dos ámbitos y de las que aún se conservan los marcos. En 1992 se abrieron dos salones en el piso superior, con una decoración decimonónica, fiel al momento de construcción del edificio.

La estructura del local, visible sobre todo en el salón interior, se sitúa en el estilo decimonónico por el uso de las columnas de fundición de hierro, con los capiteles alargados, tal como se utilizaban cuando todavía no había vigas laminadas para sostener los envigados de madera, y también por la ornamentación de yeso del techo con decoración vegetal (palmetas y flores) y geométrica (rectángulos, pirámides, etc.). En las paredes se combinan paneles pintados sobre tela con tres motivos diferentes: dos de ellos muestran muchachas en actitudes ingenuas que llevan cestas y flores en las manos y el tercer motivo es un jarrón con flores. Todos los paneles están enmarcados por unas molduras de yeso, pintadas con los mismos colores verde oscuro y marfil, molduras que también se encuentran en el techo.

Alternándose con las pinturas, encontramos unos espejos con dibujos grabados al ácido que representan figuras femeninas que, por su indumentaria, parecen hacer referencia a personajes de varias óperas. En este caso, son mujeres sensuales, de líneas sinuosas y con diferentes actitudes más cercanas a una estética vinculada al lenguaje modernista. En la parte inferior de estas pinturas y espejos hay un arrimadero, en la actualidad de azulejos, que anteriormente era de uralita en el salón interior y de madera en el de la entrada.

En lo que respecta al mobiliario, en el primer salón se realizaron modificaciones, pero no así en el salón interior, donde se mantienen intactas, aunque restauradas, las mesas de madera y las sillas Thonet, muy populares en la época, junto con otras sillas más modernas, pero también de la firma Thonet.

Durante todos estos años ha sido sede de reuniones y charlas de los más diversos personajes que han vivido o pasado por Barcelona. En la época republicana (1931-1939) fue punto de encuentro de políticos de la Lliga y de Esquerra Republicana (como, por ejemplo, del que más tarde sería presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Irla) y durante la Guerra Civil fue popular entre los miembros de las Brigadas Internacionales. Acabada la guerra, el local tuvo una época de poco movimiento, pero se recuperó hacia los años cincuenta con la llegada del turismo. En los años sesenta se reavivó su carácter tradicional de lugar de tertulia y encuentro con parroquianos hoy bien conocidos, como los escritores Maria Aurèlia Capmany y Terenci Moix, los pintores Modest Cuixart y Joan Miró, y el dramaturgo y actor Sacha Guitry. No hay que olvidar que, a lo largo de su historia, el Cafè de l’Òpera ha sido un lugar en el que los cantantes acostumbraban a hacer una parada: Chaliapin, Toti del Monte, Rosich, Caballé, Carmen Valor, Luys Santaria y César González Ruano son algunos de los nombres más conocidos.

Desde entonces y hasta la actualidad el público que ha frecuentado el Cafè de l’Òpera ha sido muy variado; es gente que mantiene vivo el carácter original del establecimiento como punto de reunión. Una clientela que ahora es más cosmopolita que en sus orígenes, de edades diferentes y ambientes diversos, con un cierto aire informal y bohemio. El establecimiento es un auténtico “clásico” de la ciudad, y no en vano fue proclamado Ramblista de Honor en el año 1997. Por las mañanas es más habitual encontrarse con reducidos grupos de turistas y nativos desayunando y leyendo el periódico en un ambiente reposado; por las tardes, en cambio, el local se anima y suele llenarse de catalanes y extranjeros residentes en un ambiente joven y multicultural.
En el establecimiento podemos degustar un buen café de su amplia carta, en la que destaca el café De l’Òpera (café con mousse de chocolate). Si preferimos un té, lo podemos escoger entre la treintena de variedades que se ofrecen. El chocolate a la taza es también una especial tradición del local, que, para las horas más animadas, dispone de una buena selección de whiskys, vinos y cavas, y cervezas nacionales o de importación. También podemos comer algo a cualquier hora del día, principalmente tapas o raciones de embutidos y quesos de diferentes orígenes, bocadillos y especialidades de la temporada, todo ello a precios razonables.

Asimismo, siguiendo con el carácter del local, los salones del piso superior se pueden reservar para tertulias, charlas, presentaciones de libros y pequeñas celebraciones. La reserva de las salas, con capacidad para unas quince personas cada una, sólo implica una consumición obligatoria por parte de los asistentes.

Els Quatre Gats
Bar restaurante
Montsió, 3 bis
Tel.: 93 302 41 40
Horario: todos los días de la semana de 9 a 1h.
www.4gats.com


El bar restaurante Els Quatre Gats se encuentra situado en los bajos de la Casa Martí, el primer edificio que Josep Puig i Cadafalch proyectó en Barcelona, en 1896. La casa es de un estilo claramente neomedievalista o neogótico, por las arcadas apuntadas y la tracería ornamental de las aberturas, pero también innegablemente modernista, por la utilización en su interior de varias artes aplicadas, como el hierro forjado o la cerámica.

La Taverna dels Quatre Gats, nombre con el que fue inaugurada en el verano del año 1897, atrajo desde sus comienzos la curiosidad de la gente. Llamaba la atención la atmósfera de antigua casa catalana configurada por la elección de los elementos decorativos: los muebles de madera de nogal, el mostrador cubierto de cerámica popular catalana, las vigas de maderas decoradas con sencillez, entre otros elementos, combinados con aplicaciones de hierro forjado o vidrieras en las ventanas conferían, como se comenta en los periódicos de la época, “un aire artístico al establecimiento”.

Los fundadores fueron Pere Romeu y Miquel Utrillo, hombres de su época que supieron recrear el ambiente que habían vivido en París, y con ello consiguieron acoger en su local a varios artistas, como Casas, Rusiñol o Picasso (que hizo su primera exposición de dibujos en esta taberna), y músicos, como Albéniz o Morera. La presencia de estos personajes sumada a las actividades que se realizaban en el salón interior, como los espectáculos de sombras chinescas, de títeres o tertulias, dieron fama al local de ser un lugar bohemio y punto de reunión de artistas, idea que perdura hasta nuestros días.

De hecho, la cervecería sólo estuvo abierta durante seis años: en 1903 cerró y se convirtió en almacén textil. Hasta finales de 1988 no volvió a abrirse como establecimiento dedicado a la restauración y, por insólito que parezca, el hecho es que se pudo recuperar su interior porque se habían mantenido intactos los detalles decorativos. La familia Ferré fue la encargada de recuperar el espacio y de devolver a la memoria de todos la existencia de Els Quatre Gats. Hoy en día, el establecimiento está a cargo de Josep Maria Ferré y de su hijo Ivan Ferré.

Els Quatre Gats tiene dos espacios diferenciados. El primero que se encuentra al entrar es la zona de cafetería bar, que es donde propiamente se encontraba la antigua taberna. Aquí se concentra la decoración original, mientras que la segunda sala —actualmente la zona de restaurante y que, en origen, era la sala para los espectáculos y exposiciones— se ha redecorado aplicando motivos del lenguaje modernista, especialmente en el techo, y conservando también algunos elementos que fueron realizados cuando este espacio era un almacén textil.

En el bar se mantiene el arrimadero de cerámica, los marcos de piedra de las puertas de acceso a los diferentes espacios y la barra original cubierta de cerámica con elementos florales y geométricos. Únicamente ha desaparecido una mampara de madera, que podemos ver en una fotografía antigua que hay del local, y que hacía las veces de separador entre la entrada y la barra. La decoración se completa con reproducciones de obras de Ramon Casas, Santiago Rusiñol y Pablo Picasso.

Actualmente, el establecimiento está dedicado a bar restaurante, especializado en cocina de mercado e internacional, al frente de la cual se encuentra el chef Antonio Cabanas. De vez en cuando, en función de la temporada, nos podemos encontrar también que el restaurante celebra una semana de la cocina dedicada a algún país en concreto. Los actuales propietarios mantienen viva una relativa actividad artística que recuerda sus orígenes. Cada noche, la cena está amenizada por música de piano en directo (de 21 a 1 h de la madrugada en el salón interior) y también, si la velada se anima, se puede tener la posibilidad de presenciar la aparición de algún artista espontáneo. Además, el establecimiento edita cada día el boletín 4 Gats. Diari d’Art i Cultura amb Menú Gastronòmic, que contiene el menú diario junto con varios relatos y opiniones. Estas actividades, que se pueden consultar en su página web, se complementan con el proyecto “Jove Valor” (joven valor), cuyo propósito es promocionar a jóvenes artistas y creativos. Si queremos saber algo más del establecimiento o llevarnos algún recuerdo, en el propio local se venden algunos objetos, como juegos de café, camisetas, el libro del centenario y algún libro de cocina.

Restaurant Casa Calvet
Restaurante
Casp, 48
Tel.: 93 412 40 12
Horario: de 13 a 15.30h y de 20.30 a 23h.
www.casacalvet.es
Cal reservar taula amb antelació

A finales del siglo XIX, una señora, según la documentación la viuda de Pere Màrtir Calvet, y sus hijos encargaron la construcción, en un solar regular del Eixample, de un edificio que tenía que ser discreto en la fachada pero con cierto carácter diferenciador. El arquitecto que debía llevar a cabo el proyecto no era otro que Antoni Gaudí, que obtuvo el primer premio del Ayuntamiento al mejor edificio construido en 1899, a pesar de tratarse del primer edificio de viviendas que construía:

“(...) sus líneas generales tanto externas como internas y sus detalles denotan una personalidad artística bien definida y un buen gusto y originalidad que lucen en los alzados y en la disposición útil de la referida casa”.

A primera vista, la Casa Calvet llama la atención por su fachada aparentemente muy regular y simétrica, incluso demasiado simple para ser una obra de Gaudí. Pero siempre hay que mirar las cosas dos veces: empezando por la propia coronación de la fachada, resulta evidente que el protagonismo corresponde a la línea curva (precedente, en cierto modo, de la Casa Batlló) y a las artes aplicadas en los adornos de hierro fundido. La regularidad también se altera por la alternancia de balcones de formas rectangulares y circulares, estos últimos sustentados por ménsulas esculpidas y por las barandillas trabajadas con hierro forjado. El elemento principal que destaca es la tribuna de la planta noble, donde vivían los propietarios, adornada con trabajos de piedra y aplicaciones de hierro forjado. Gaudí no sólo realizó el proyecto arquitectónico, sino que también quiso controlar todo el diseño de los interiores, especialmente el mobiliario de las viviendas y la decoración del local de los bajos. La ejecución de estos diseños corrió a cargo de la empresa Casas & Bardés.

En la planta baja, en el espacio que ocupa el restaurante, se encontraban las oficinas de la industria textil de los Calvet y hasta que, en 1994, se convirtió en restaurante, siguió siendo sede de oficinas del mismo ramo industrial. Durante todos esos años el local ha mantenido inalterado su carácter y decoración. Uno de los elementos que distinguen al establecimiento son las mamparas de pino melis con detalles decorativos vegetales muy discretos que, antiguamente, separaban los despachos de la gerencia y la sala de contabilidad del pasillo de la entrada y que, en la actualidad, acogen salas reservadas del restaurante. En estos tres espacios se ha mantenido el arrimadero de madera, una de las lámparas originales y se ha colocado un mueble escritorio que se encontraba en otra área de las oficinas. Con todos estos elementos se consiguen espacios francamente acogedores y especiales.

La exquisita armonía del conjunto se ve hábilmente completada en los detalles: las vigas, los tiradores, el estucado al fuego de las paredes, la cenefa decorativa que parece hacer las veces de ménsula de las vigas, etc. Tal como explica la directora del restaurante, Pilar Oyaga, se intenta mantener el espíritu del establecimiento y, por lo tanto, toda la decoración que se ha ido añadiendo son piezas de calidad, en su mayoría originales modernistas. En cambio, en los baños se ha creado una nueva atmósfera con la técnica del trencadís (mosaico realizado con fragmentos irregulares de cerámica), inspirada directamente en los bancos del Park Güell y en el espíritu artesanal del Modernismo.

Al fondo del pasillo, después de pasar los reservados, que se encuentran a la derecha, llegamos a una sala más amplia protagonizada por un gran ventanal que, originalmente, era de vidrio blanco pero que los propietarios sustituyeron por unas vidrieras de estilo modernista, una solución que también aplicaron en otros espacios, como la puerta de entrada al restaurante y alguna ventana. En este espacio sin compartimentar destacan tres bancos de madera, dos de doble cara adosados al muro perpendicularmente, que también formaban parte del mobiliario de la oficina y que ahora definen la distribución de las mesas, creando, de este modo, un entorno peculiar. Desde esta sala se accede a una estancia de dimensiones más reducidas que, al parecer, fue la sala de juntas del negocio, lo que se deduce de las fotografías de época y los muebles originales y podría verse confirmado por la letra C (de Calvet) que corona la puerta de acceso. Si prestamos atención, podremos ver que una de las paredes de esta estancia es ligeramente cóncava, solución que otorga amplitud a la sala y que es un sutil recordatorio de la influencia creativa en las formas y estructuras que ejerció Gaudí.

El restaurante Casa Calvet destaca en el sector de la restauración en Barcelona por la excelencia de los manjares que salen de los fogones, una cocina de creación de base esencialmente mediterránea. Partiendo de los recetarios tradicionales clásicos, su chef, Miguel Alija, crea nuevos platos en los que pretende, principalmente, respetar y potenciar el sabor original del producto básico, que es siempre de temporada, por lo que su carta cambia cuatro veces al año siguiendo las estaciones naturales. Aun así, algunos platos siempre están presentes en la carta, como el foie, el jamón ibérico o el hígado. Con esta premisa se experimenta con los sabores y con frecuencia se sorprende gratamente al cliente con alguna insólita y exquisita combinación, como, por ejemplo, el hígado de pato con salsa de naranjas amargas o el postre de tarta Tatin de higos con mousse de castaña. Ya sea a la carta o con el menú de degustación, en Casa Calvet podemos esperar una comida de alto nivel (precio medio del cubierto 45-50 €) que puede ir acompañada de alguno de los vinos de la cuidada y amplia selección de su bodega. Es necesario reservar mesa con antelación.



Hotel Casa Fuster

Passeig de Gràcia,132
Tel.: 93 255 30 00
Horario: Cafè Vienès: todos los días de 9 a 1h.
Restaurant Galaxó: de 13.30 a 15.30h y de 20.30 a 23h.
www.hotelescenter.es/casafuster

Este hotel ocupa la última casa urbana que proyectó el arquitecto Domènech i Montaner, la Casa Fuster (1908-1911), cuya construcción se debió al encargo de Consol Fabra y Mariano Fuster i Fuster. Se encuentra situado justo al final del paseo de Gràcia, en la zona conocida como Els Jardinets, punto de unión con la antigua villa de Gràcia, donde los propietarios tenían un terreno con un antiguo edificio, la Fábrica de Chocolate Juncosa, en el que quisieron hacerse una nueva casa.

El inmueble, de nueva planta, pese a estar construido según el lenguaje modernista, muestra cierta contención y un concepto más austero en las ornamentaciones. Todos los elementos decorativos de las diferentes aberturas y de los capiteles presentan cierta esquematización en los motivos vegetales y una clara tendencia a las líneas más planas y geométricas.

En las dos fachadas principales el arquitecto siguió utilizando elementos neogóticos y florales, pero destaca, en la fachada de la calle Gràcia, el modo en que hace uso de la estructura metálica vista y de elementos austeros en la decoración, más característico de sus primeras obras arquitectónicas.

Asimismo, el chaflán cobra protagonismo al construirse en él un cuerpo cilíndrico en toda su altura, que nos puede recordar a otras obras de Domènech i Montaner como el Hospital de Sant Pau o la Casa Lleó Morera, pero ya dentro de un carácter abstracto.

Durante muchos años el inmueble fue de viviendas hasta que en 1962 lo compró la empresa Enher con la intención de derribarlo y construir un nuevo edificio para instalar sus oficinas. Gracias a la opinión popular y a diversos artículos anónimos aparecidos en la prensa del momento, el edificio se salvó y años después, en 1978, se inició una rehabilitación para adaptar el interior a su nuevo uso y se restauró el exterior.

Posteriormente, en el año 2000, la empresa Hoteles Center lo adquirió con la intención de volver a abrirlo a la ciudad, en este caso como hotel, después de una larga y costosa rehabilitación a cargo de la empresa GCA, con los arquitectos Juanpere y Riu. En todo este proceso de restauración no sólo se han respetado todos aquellos elementos originales de la casa —bóvedas, columnas, ornamentos—, sino que además todo el proyecto decorativo realza y da un nuevo valor a sus espacios. Gracias a todo este esfuerzo ha recibido la categoría de hotel de 5 estrellas y gran lujo monumental.

En la planta baja, encontramos el vestíbulo con la recepción del hotel y el Cafè Vienès, ambos espacios de acceso libre y de ambiente selecto, en consonancia con un hotel de 5 estrellas. El Cafè Vienès —que recupera el nombre del antiguo café que se ubicaba en el mismo lugar, de gran popularidad entre los barceloneses durante los años cuarenta por ser un espacio de encuentro para las tertulias y donde eran habituales personajes como el poeta Espriu— es un espacio diáfano que permite apreciar las columnas que sostienen unas bóvedas pintadas con pan de oro. En este establecimiento, con música ambiental suave, podemos disfrutar de un buen café o una copa en un ambiente acogedor y sofisticado a la vez por la presencia de los motivos modernistas combinados con una decoración moderna y atrevida de los sofás y las mesas que compartimentan los espacios.

Asimismo, también en la planta baja, el hotel cuenta con cuatro salas —“las salas modernistas”— para reuniones o presentaciones, con una capacidad de 6 a 10 personas, entre las que destaca la Sala Fuster, de más capacidad, iluminada por la luz natural que llega por un patio interior del edificio.

El sótano del edificio, donde antiguamente se hallaba una sala de baile llamada El Danubio Azul, se ha convertido en la sala para celebraciones Domènech i Montaner. Esta sala se encuentra justo debajo del Cafè Vienès y su estructura es similar: un espacio abierto sólo alterado por la presencia de las columnas, que se han conseguido destacar con un suelo de teselas negras que adoptan una forma circular y que acaban de hacerlo más acogedor. Su capacidad es para 160 personas, y pese a que es el comedor en el que se sirven los desayunos de los clientes del hotel, pueden realizarse en él, previa solicitud, diversas celebraciones: bodas, cócteles o cualquier otro tipo de reunión.

Por último, en la planta noble nos encontramos con el restaurante del hotel, cuyo nombre, Galaxó, hace referencia a la colina en la que Mariano Fuster tenía una casa en Mallorca. Se trata de una estancia con vistas al paseo de Gràcia en la que las mesas se distribuyen en tres zonas únicamente separadas por arcadas de piedra que favorecen la intimidad y dan como resultado espacios amplios pero acogedores. Es destacable el techo, que, en recuerdo de las bóvedas de varias salas del edificio, se ha cubierto con un panel de formas onduladas decorado con pan de estaño. La capacidad del restaurante es de cuarenta personas, con acceso libre, previa reserva, para las personas que no son clientes del hotel. El tipo de cocina que ofrece es cocina mediterránea vanguardista, elaborada y exquisita, con productos frescos y de calidad de acuerdo con el talante general del hotel.

Gaudí Garraf
Restaurante
Celler Güell. Ctra. de Barcelona a Sitges, km 25. Garraf (Sitges)
Horario restaurante: de jueves a sábado de 13.30 a 16 y de 20.30 a 23h. Domingo de 13.30 a 16h. Abierto todo el año
Tel.: 93 632 01 80
www.gaudigarraf.com

El restaurante Gaudí Garraf está ubicado en el espacio del conocido Celler Güell, conjunto de diversos edificios en el que probablemente intervino Antoni Gaudí.

En 1882 Eusebi Güell encargó a Gaudí el proyecto de un pabellón de caza en unos terrenos que poseía en la zona del Garraf. Este proyecto no llegó a realizarse, pero posteriormente, en 1895, se llevó a cabo la construcción de una bodega (celler) con un proyecto posiblemente del mismo Gaudí con la colaboración de Francesc Berenguer, a quien durante muchos años ha sido atribuida la obra.

La bodega —construida con piedra local— es un edificio muy peculiar de forma triangular basado en el arco parabólico gaudiniano, que utiliza los muros como cubierta, con dos sótanos y tres pisos superiores incluida una capilla particular. En su exterior, que destaca por su carácter medieval, se observan las chimeneas con elementos naturalistas propios del arquitecto y el anagrama de los Güell en los muros.

Asimismo, forma parte del mismo proyecto el pabellón de la portería, también de piedra y ladrillo, donde volvemos a encontrar el anagrama de la familia Güell y donde destaca la puerta de acceso de hierro de malla.

En el mismo terreno encontramos una atalaya y, junto a ella, una masía, que también son privadas y en las que no está permitido el acceso del público.

Desde 1977 el conjunto pertenece a la familia Granada, que lo compró al que entonces era conde Güell. El edificio construido por Gaudí fue utilizado como casa particular y el resto del espacio siguió siendo un vivero de champiñones, labor que se venía llevando a cabo desde hacía muchos años. En 1994 la misma familia reconvirtió los espacios en un restaurante: las dos grandes salas, construidas como fábrica para el cultivo, se convirtieron en dos grandes salones restaurante, el Granada y el Garraf, y la planta baja del edificio de la casa pasó a ser el Salón Gaudí.

El Salón Granada —con una capacidad para cuatrocientas personas— se encuentra en la planta principal y es un espacio compartimentado por arcadas de medio punto que lo dividen en diversas naves cubiertas con bóvedas de ladrillo, cada una con hileras de mesas redondas. Desde este mismo salón, a través de unas escaleras se accede a la parte inferior, en la que se encuentra el Salón Garraf —con capacidad para trescientas personas—, también distribuido a partir de pilares que sostienen pequeñas bóvedas y con una decoración más sobria. Estos dos espacios están destinados, además de a restaurante a la carta, a grandes celebraciones privadas, principalmente banquetes de boda. Ambos cuentan con una terraza particular para celebrar los aperitivos independientemente. No obstante, en verano se sirven cenas en una de estas terrazas, en la llamada del “violín”, que resulta un lugar privilegiado por la visión de conjunto que ofrece.

Fuera de este edificio, que tiene un carácter más propio de nave industrial, justo cruzando el camino, nos encontramos con el edificio de aspecto más artístico. Actualmente habilitado como restaurante, en el Salón Gaudí —con capacidad para ochenta personas— se han mantenido visibles las peculiaridades arquitectónicas sin añadir ningún accesorio. Destaca principalmente el espacio triangular muy acusado en el interior y la forma de las ventanas y de la puerta de acceso. Los pisos superiores son privados y, por tanto, no se puede acceder a su interior, aunque siempre se puede solicitar la utilización de la capilla superior para celebrar en ella la ceremonia previa al banquete de boda.

El restaurante ofrece cocina mediterránea elaborada, únicamente a la carta pero con unos precios muy razonables equivalentes a los de los menús de festivos. En ella destaca la presencia de algunos platos cuyo nombre recuerda el lugar en el que son preparados, como la ensalada Gaudí. Asimismo, en el Salón Granada encontramos a la vista la barbacoa en la que se elabora toda la carne a la brasa, uno de sus principales platos, con la voluntad de dar confianza al cliente.

El trato a los clientes es acogedor y cordial, ya que todo el conjunto está llevado por la propia familia Granada, que quiere conseguir un lugar de encuentro agradable, sencillo y sin prisas en un conjunto arquitectónico peculiar.

Pizzeria-Restaurant Viena
Restaurante
Joan Coromines, 8-10 (Terrassa)
Horario: de 13 a 16h y de 20 a 24h. Todo el año
Tel.: 93 733 63 90
Acceso para minusválidos. Espacios reservados para fumadores.

El restaurante Viena se encuentra situado en un edificio de origen industrial de estilo modernista. En el momento de su construcción, en 1908, era la sede de la Societat General d’Electricitat, que fue fundada en 1896 para producir y suministrar electricidad. El encargado de su construcción fue Lluís Muncunill, arquitecto municipal de Terrassa en aquella época.

El edificio, construido en ladrillo, es de grandes dimensiones y consta de dos naves paralelas y rectangulares cubiertas con bóveda catalana y subdivididas en siete tramos; al parecer se trata del primer edificio en el que el arquitecto utiliza el sistema de bóveda catalana con siete curvas pronunciadas formando los siete tramos diferentes.

En el exterior del edificio, en la fachada de la calle Unió, se halla el rótulo realizado con trencadís (fragmentos irregulares de cerámica) con el nombre de Societat General d’Electricitat. En la otra fachada observamos el resto de paramentos, muy austeros puesto que se trata de un edificio industrial, que nos indican la estructura interior, ya que se encuentran subdivididos en siete tramos por la presencia de las canalizaciones exteriores, con amplios ventanales en la parte inferior del alzado y conjuntos de tres ventanas en el piso superior.

Posteriormente, a partir de los años cincuenta y hasta los años noventa del siglo XX, el edificio fue utilizado como centro de transformación de FECSA, hasta que lo adquirió la empresa Establiments Viena, S.A., que inició su restauración respetando totalmente la estructura original de la fábrica y siguiendo el estilo modernista en todos aquellos elementos decorativos que fue necesario incorporar, como, por ejemplo, las lámparas del piso superior.

Hay que destacar que durante este proceso de restauración se recuperó una antigua carbonera que pertenecía al edificio que había en el mismo solar desde mediados del siglo XIX, el Vapor Busquets, demolido en 1907, y cuya existencia se desconocía.

El local abrió al público en julio de 2000, después de largas reformas, como Pizzeria-Restaurant Viena y con una capacidad para 279 personas. Aprovechando las grandes dimensiones que presenta, el espacio está dividido en tres plantas. En la planta baja encontramos mesas en la primera de las naves, y la cocina y el horno de leña en el que se elaboran las pizzas —a la vista de los clientes— en la segunda nave. Es en esta segunda nave donde se ha construido un piso superior de estructura vista y abierta al resto del espacio inferior. En este piso se halla un espacio destinado a fumadores. Y, finalmente, en el sótano se encuentra la carbonera, un espacio pequeño y acogedor, especialmente reservado para grupos y donde se ha instalado una exposición permanente de fotografías antiguas del edificio y del proceso de rehabilitación, integrando de este modo el carácter comercial con la difusión y divulgación del patrimonio industrial.

Dentro del proceso de rehabilitación del edificio, en la creación de nuevos espacios se tuvo presente el origen modernista de la construcción y se intentó adaptar la obra nueva a este estilo artístico; así, podemos ver que los lavabos se han decorado siguiendo el gusto de principio de siglo, con trencadís y lámparas sinuosas en consonancia con el estilo modernista.

El restaurante ofrece cocina casera catalana e italiana —con más de diez platos para escoger en los entrantes, las pastas, las pizzas (cocinadas al horno de leña), y platos de carne o pescado— elaborada en el propio restaurante. El ambiente que podemos encontrar es bastante variado, ya que pese a no tener menú, el tipo de cocina que ofrece y sus precios facilitan que sea un lugar habitual para las comidas diarias, pero también un establecimiento al que acostumbran a acudir familias los fines de semana y grupos por las noches. Asimismo, se pueden realizar reservas para actos y celebraciones concretas destinadas a un máximo de cien personas.

A pesar de no ser un espacio en el que se realicen actividades diarias de tipo lúdico o cultural, forma parte de los locales que participan en los acontecimientos importantes de la ciudad, como, por ejemplo, el conocido Festival de Jazz de Terrassa



BIBLIOGRAFÍA

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- VILLAR, Paco: Historia y leyenda del Barrio Chino (1900-1992). Ed. La Campana. Barcelona, 1996

4.- Anuarios:
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña 1901
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña 1903
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña 1905
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña 1907
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña 1911
- Anuario estadístico de Barcelona 1901
- Anuario estadístico de Barcelona 1903
- Anuario estadístico de Barcelona 1904


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