Ruta del Modernisme de Barcelona

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La ruta de 1 día

Para aquellos que disponéis de un solo día, ofrecemos la Ruta de 1 día, que deja atrás todas las desviaciones. Se puede completar en una sola jornada y permite realizar, además, una visita a un monumento abierto al público. Durante los meses de invierno, a fin de aprovechar la luz natural, recomendamos realizar todo el itinerario primero y después volver al monumento elegido para visitar su interior. La Ruta de 1 día se encuentra señalizada en el mapa con una línea verde y sigue los ejes principales del Modernismo barcelonés: la Rambla, el paseo de Gràcia, la Diagonal y la avenida Gaudí.

Arc de Triomf i Casa Estapé – Park Güell

Un buen punto para iniciar la Ruta del Modernismo es el ARC DE TRIOMF (ARCO DE TRIUNFO. Paseo de Lluís Companys, s/n), construido según el diseño de Josep Vilaseca en el comienzo del paseo de Lluís Companys, que presidía la entrada del recinto de la Exposición Universal de 1888.

En este punto comienza la Ruta de un día, concebida para el caso en que sólo se disponga de un día para visitar el Modernismo de la ciudad. Aunque no abarca todas las obras más recomendadas, proporciona una visión general y completa de esta arquitectura y es una buena manera de conocer Barcelona. El itinerario de un día está marcado en el texto de esta guía con el icono .Antes de seguir bajando hasta el Parque de la Ciutadella, subiremos por el paseo de Sant Joan hasta la  CASA ESTAPÉ (paseo de Sant Joan, 6), de Bernardí Martorell i Rius (1907), reconocible por su curiosa cúpula, obra de Jaume Bernades. También cerca del Arco de Triunfo, en la corta avenida de Vilanova, se encuentra el edificio de la  HIDROELÈCTRICA (avenida de Vilanova, 12), construcción modernista de la antigua Central Catalana de Electricidad, obra de Pere Falqués i Urpí (1896-1899), que puede ser visitada algunos días en horas de oficina.

Seguimos por el paseo de Lluís Companys hasta el PARC DE LA CIUTADELLA (PARQUE DE LA CIUTADELLA. Paseo de Pujades, s/n, paseo de Picasso, s/n). En este lugar se puede considerar que tuvo su primera gran expresión arquitectónica el movimiento modernista. Como su nombre indica, el espacio había estado ocupado por una ciudadela militar, construida a principios del siglo XVIII después de la derrota de Barcelona en la Guerra de Sucesión. La ciudad fue duramente castigada tras caer después de un largo asedio, y la ciudadela (junto con las nuevas murallas y el castillo de Montjuïc) fue el gran instrumento de la nueva dinastía borbónica para controlar militarmente la ciudad durante más de 150 años. A mediados del siglo XIX, tras años de peticiones ciudadanas, el Gobierno de Madrid se avino a que las murallas y la ciudadela fuesen derruidas para permitir el crecimiento urbanístico de la ciudad. Ello hizo posible el Eixample y el nuevo Parque de la Ciutadella.

Antes de convertirse en parque, sin embargo, los terrenos fueron sede de la Exposición Universal de 1888. La Exposición, aunque ciertamente fue menos importante que otras exposiciones similares, como la de París o Londres, también pretendía dar a conocer las maravillas de las nuevas tecnologías de la incipiente industria capitalista y lograr que Barcelona fuese conocida en todo el mundo.

Arc de Triomf
Casa Estapé

Con todo, la construcción de los pabellones y las infraestructuras se llevó a cabo en muy poco tiempo y con un alto grado de improvisación. Fue necesario el concierto de arquitectos consolidados, como Josep Fontserè, con jóvenes titulados, como Lluís Domènech i Montaner, que demostró sus impresionantes dotes de dirección y coordinación -especialmente en el desaparecido Gran Hotel Internacional, un edificio que albergaba a quinientos huéspedes, que el equipo de Domènech construyó en menos de sesenta días-. La leyenda también ha generado muchos mitos y rumores sobre el papel que desempeñó el mismísimo Antoni Gaudí en la construcción del Parque de la Ciutadella. Hay quien asegura que colaboró con Josep Fontserè en la realización de la cascada del parque y quizás también en el depósito de agua de la calle Wellington. Otros creen ver la huella de Gaudí en el enrejado de la puerta principal del parque y en el desaparecido pabellón de la Compañía Transatlántica.

A pesar de que el parque no es considerado un jardín modernista, alberga algunas obras destacables de este estilo. Justo al lado de la entrada principal del parque, en el paseo de Pujades, se encuentra el edificio destinado a ser el café restaurante de la Exposición. El edificio fue construido entre 1887 y 1888 por Lluís Domènech i Montaner en ladrillo visto, técnica poco habitual en la época, y constituye uno de los primeros ejemplos del Modernismo barcelonés. Sus almenas, su friso de escudos y su sobriedad le confieren cierto aire medieval, y resalta la ecléctica amalgama de arcos catalanes, grandes ventanas romanas y arcos de regusto árabe. El edificio, también conocido popularmente como el  CASTELL DELS TRES DRAGONS (Castillo de los Tres Dragones), acoge instalaciones cerradas al público del Museo de Ciencias Naturales, y fue remodelado recientemente respetando los valores arquitectónicos de su construcción y mobiliario. En sus inmediaciones encontramos dos deliciosos edificios, el  HIVERNACLE (4) (INVERNADERO. Paseo de Picasso, s/n. Parque de la Ciutadella), una obra de Josep Amargós i Samaranch (1883-1887) que actualmente acoge todo tipo de actos sociales, y el  UMBRACLE (UMBRÁCULO. Paseo de Picasso, s/n. Parque de la Ciutadella), proyectado por Josep Fontserè i Mestres en 1883-1884. Merece la pena visitarlos, aunque sea brevemente, para contemplar las espléndidas plantas que albergan.

Desde el Parque de la Ciutadella podemos adentrarnos en el casco antiguo de la ciudad por las calles Fusina o Ribera, que nos llevarán al antiguo MERCAT DEL BORN (MERCADO DEL BORN. Plaza Comercial, 12), que hasta la década de los setenta del siglo XX fue el mercado central de la ciudad. Esta estructura a base de hierro, madera y vidrio, obra de Josep Fontserè, construida en 1876, es una excelente muestra de los precedentes arquitectónicos del Modernismo, especialmente en lo referente a la concepción de nuevas estructuras que los recientes materiales industriales hacían posible y a la importancia que se daba al aprovechamiento de la luz natural. Dentro del recinto se encuentran unas ruinas descubiertas en 2001, que son parte de los edificios de la antigua Barcelona que fue demolida a fin de obtener espacio para ubicar la ciudadela militar en 1715. Estos restos se pueden visitar según la temporada y forman parte del Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona (para más información llamar al tel. 933 190 222).

Hidroeléctrica
Museu de Zoologia

Justo delante del mercado se abre el paseo del Born, quizás la única calle de Barcelona que aún conserva entero el empedrado de adoquines característicos de la primera mitad del siglo XX en esta ciudad. Durante todo este tramo de la Ruta, merecerá la pena ir fijándose, al pasar, en las calles del barrio de la Ribera, algunas de las cuales se abren bajo bóvedas de estilo medieval, y también en sus nombres, relacionados en muchos casos con el gremio de artesanos que se concentraba en esa calle. En este barrio también se encuentran algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, en su mayoría muy bien restaurados. El paseo del Born nos conducirá a la BASÍLICA DE SANTA MARIA DEL MAR (plaza de Santa Maria, s/n), del siglo XIV, uno de los templos más significativos del gótico catalán. Rodeando la construcción por la calle Santa Maria encontraremos el FOSSAR DE LES MORERES (plaza del Fossar de les Moreres, s/n), uno de los principales símbolos del catalanismo, ya que, según la tradición, aquí están enterrados los caídos en defensa de Barcelona durante el asedio de 1714. El monumento instalado por el Ayuntamiento en el año 2001 recuerda esta defensa heroica de Barcelona por las milicias ciudadanas catalanas, que resistieron durante más de un año a la alianza de los ejércitos español y francés, superiores en número y recursos.

Umbracle

Al otro lado de la basílica, seguiremos por la calle Argenteria y cruzaremos la Via Laietana para adentrarnos en la calle Jaume I, que nos conduce al corazón de la ciudad, y atravesaremos la plaza de Sant Jaume (centro político y administrativo de la ciudad desde la época medieval) para continuar por la calle Ferran. Justo después de la plaza, podemos torcer a la izquierda por la calle Pas de l’Ensenyança para visitar la coctelería El Paraigua, decorada con elementos modernistas originales rescatados de otros comercios (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas). Por la calle Ferran llegamos hasta un pub irlandés, el  MOLLY’S FAIR CITY (Ferran, 7-9), que antiguamente era una tienda y que conserva gran parte de la decoración modernista original de finales del siglo XIX tanto en el exterior como en el interior (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas). Justo delante de este pub se encuentra la entada a la plaza Reial, uno de los lugares más frecuentados de la ciudad, con una oferta nada desdeñable de cervecerías y locales nocturnos. La plaza, el primer proyecto importante de renovación urbana de la Barcelona del siglo XIX, ocupa el solar sobre el que se alzaba el antiguo convento de los capuchinos de Santa Madrona, derruido a mediados del siglo XIX. El diseño de este espacio urbano, con sus característicos laterales porticados, es obra del arquitecto y urbanista Francesc Daniel Molina, que se inspiró en el urbanismo francés de la época napoleónica y la concibió como una plaza residencial formada por edificios de dos pisos y buhardilla construidos sobre unos altos soportales. En el centro de la plaza se encuentra la fuente de las Tres Gràcies y, a ambos lados de ésta, dos complejos  FANALS (FAROLAS. Plaza Reial, s/n) de seis lámparas que el joven Antoni Gaudí diseñó en 1878.

Bar Molly’s Fair City
Fanals de la plaça Reial

Ambas farolas están rematadas con los atributos del dios Hermes, el patrón divino de los comerciantes: un caduceo (dos serpientes enroscadas en una vara) y un casco alado. El caso de la plaza Reial es como el de muchos otros lugares del núcleo histórico de Barcelona, que crecieron en solares antaño ocupados por conventos e iglesias que fueron confiscados por el Estado y vendidos a propietarios privados. Estas medidas, promulgadas en 1837 y conocidas como la desamortización de Mendizábal, permitieron la subasta del ochenta por ciento de los terrenos que la Iglesia poseía dentro de las murallas de Barcelona. La desamortización transformó radicalmente el paisaje urbano de Barcelona, una transformación que fue rápida, profunda y duradera. Ejemplos no faltan. El Mercado de la Boqueria, en la Rambla, ocupa el lugar en que se erigieron sucesivamente el convento de Santa Maria de Jerusalem (siglo XIV) y el convento de Sant Josep (siglo XVI). El convento gótico de Santa Caterina, incendiado en 1835 y derribado dos años más tarde, prestó su solar y su nombre a un mercado. Incluso el mismísimo Liceu se asienta en el lugar donde en otro tiempo hubo un convento de monjes trinitarios descalzos, al igual que el otro gran centro de la música de Barcelona, el Palau de la Música Catalana, que fue construido sobre las ruinas del convento de Sant Francesc de Paula.

En este punto, podemos desviarnos hasta la calle Escudellers número 8 para ver el restaurante Grill Room, un antiguo café con decoración modernista (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).

Palau Güell - Façana principal
Palau Güell – Terrat

Saliendo de la plaza Reial nos encontramos la Rambla, la célebre arteria popular de Barcelona. En la época de máximo esplendor del movimiento modernista, el suelo edificable en la Barcelona antigua no abundaba especialmente. Esta circunstancia ha provocado que, salvo algunas tiendas de aroma modernista, el Modernismo sea una excepción en esta parte de la ciudad. Aun así, la zona cuenta con algunas obras maestras, como el  PALAU GÜELL (PALACIO GÜELL), la primera obra (1885-1889) que Antoni Gaudí -el arquitecto más peculiar y singular del Modernismo- regalaría a la ciudad de Barcelona y que ha sido declarado Bien del Patrimonio Mundial por la UNESCO. Gaudí tenía sólo 34 años cuando recibió el encargo de construir la residencia privada de la familia Güell. Y curiosamente no fue en el Eixample, que ya se encontraba en plena expansión, sino en el Raval, una zona que a finales del siglo XIX ya estaba muy degradada y en la que abundaban la prostitución y las salas de alterne. Quizás no parezca muy lógico que Eusebi Güell, con siete hijos, se fuera a vivir a esa calle. Pero tuvo un motivo para hacerlo: su padre, Joan Güell, vivía en la Rambla, y Eusebi compró el solar del Palau Güell para estar cerca de él. El aristocrático mecenas de Gaudí dio libertad presupuestaria al arquitecto para construir un original y suntuoso palacete que pudiera acoger reuniones políticas y conciertos de cámara y alojar a los más ilustres invitados de la familia. Dicho y hecho. Gaudí utilizó los mejores materiales del momento y el coste de la construcción se disparó enormemente. El resultado final fue una auténtica obra maestra del gaudinismo más oscuro. Lejos de satisfacer la idea burguesa de confort (ya que se trata de una casa de gran altura que no contaba con calefacción, por lo cual debía resultar muy poco confortable en invierno), el Palau Güell de Gaudí es un espacio insólito en el que prima el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz.

La fachada del Palau Güell, de líneas sugestivamente venecianas, está construida con una piedra de aspecto severo en la que destaca sobremanera el diseño de hierro forjado que cubre los tímpanos de los dos arcos parabólicos de entrada y salida y que da forma al majestuoso escudo con las cuatro barras catalanas, concebido como una pequeña columnata, que preside la fachada. La primera dependencia del palacio es el vestíbulo, de veinte metros de altura, que confiere al conjunto un aire de transparencia y articula los diferentes espacios en que se divide esta maravillosa obra primeriza de Gaudí. Todo el edificio está organizado alrededor de este vestíbulo central. Una escalera noble conduce a la auténtica joya de la corona del Palau Güell: su sorprendente, misterioso y telúrico salón central de siete pisos de altura coronado por una cúpula parabólica en forma de cono. La cúpula, perforada por una serie de pequeñas aberturas en forma de círculo que filtran una tenue luz indirecta, confiere al salón una curiosa apariencia que para unos recuerda a un planetario bajo la luz del día, y para otros, la sala central de un hammam árabe.

Esta azotea presume de las veinte chimeneas ideadas por Gaudí y restauradas entre 1988 y 1992 por un grupo de artistas que reconstruyó las ocho más dañadas respetando escrupulosamente el trabajo original de Gaudí. En una de estas nuevas chimeneas, con un poco de paciencia, se puede localizar, entre el trencadís, un Cobi, la mascota olímpica de Barcelona 92. Las chimeneas gaudinianas, todas ellas únicas y diferentes como si se tratara de distintos bocetos de un modelo idealizado, recuerdan, con un poco de imaginación, a un grupo de árboles y representan probablemente uno de los primeros esbozos del proyecto que Gaudí culminaría años después en la azotea de la Pedrera. En esta obra, por ejemplo, Gaudí usó por primera vez el trencadís, un revestimiento elaborado con fragmentos irregulares de cerámica, técnica de origen árabe que el arquitecto de Reus y el Modernismo adoptaron posteriormente como uno de sus principales signos de identidad. Si se mira con atención cada una de las chimeneas, se acabará por descubrir que en una de ellas -probablemente en la última construida por Gaudí y de color blanco en su totalidad- aparece el pequeño sello verde de un fabricante de cerámica de Limoges. Cuenta la leyenda que Eusebi Güell poseía una fantástica vajilla de Limoges de la que se había cansado y que entregó al arquitecto para que la utilizara en el revestimiento de la última de las chimeneas del palacio.

En el otro extremo del palacio, en el sótano, se encuentran las caballerizas, de bóvedas muy rebajadas apoyadas en sencillas columnas fungiformes, una arquitectura espectacular concebida para acoger las cuadras y las habitaciones de los palafreneros de palacio. Las columnas y sus capiteles de ladrillo son uno de los paisajes más enigmáticos, sugerentes y conocidos de la arquitectura gaudiniana. La familia Güell vivió en este palacio hasta la Guerra Civil, cuando fue confiscado por la CNT-FAI, que lo convirtió en cuartel y prisión. Los Güell no volvieron nunca. El abandono y el deterioro generalizado de esta zona de la ciudad llevaron a los herederos del conde Güell a ceder, en 1945, el palacio a la Diputación de Barcelona, su actual propietaria.

Antoni Gaudí i Cornet

Antoni Gaudí i Cornet

1852 - 1926

Antoni Gaudí i Cornet nació en 1852 en Reus, en el seno de una familia de artesanos de Riudoms, dedicados tradicionalmente a la fabricación de calderas y otros objetos de cobre. Siendo el más pequeño de cinco hermanos, marchó a Barcelona en 1873 para iniciar estudios de Arquitectura, que terminó cuatro años más tarde. Se dice que, al otorgarle el título, el director de la Escuela de Arquitectura, Elies Rogent, comentó: “Quién sabe si hemos dado el diploma a un loco o a un genio: sólo el tiempo lo dirá”.

 

Su primer encargo profesional fue el diseño de los nuevos edificios de la Cooperativa Textil de Mataró (1878), para los que el arquitecto ideó unos singulares arcos catenarios de madera y una gigantesca abeja de bronce (símbolo de la cooperativa). Aquel mismo año, Gaudí diseñó una vitrina de vidrio y cristal decorada con hierro forjado, caoba y marquetería para que un fabricante de guantes catalán, Esteban Cornellà, expusiera sus productos en la Exposición Universal de París. La vitrina sedujo a Eusebi Güell, industrial, aristócrata y político en ascenso, que decidió convertirse en mecenas de aquel joven arquitecto y diseñador. El primer trabajo de Gaudí para Güell fue el diseño del mobiliario del panteón que el marqués de Comillas, todopoderoso suegro de Güell, tenía cerca de Santander. A este encargo le siguió otro, una pérgola decorada con globos y centenares de piezas de vidrio. Desde entonces, su carrera y su obra -que con los años se ha convertido en uno de los símbolos más famosos de Barcelona- estuvieron íntimamente ligadas a la familia Güell.

 

En 1883 asumió la construcción de la Sagrada Família, la gran obra de su vida, a la que dedicó todos los esfuerzos de sus últimos años. Esta concentración gradual en el gran templo expiatorio fue paralela a la consolidación de su fervor hacia la religión católica, que en el joven Gaudí no había sido demasiado notorio. En su madurez, el gran arquitecto catalán fue conocido como un hombre frugal y solitario, que invertía toda su energía en su profesión, mediante la cual expresaba sus dos grandes pasiones: cristianismo y catalanismo. Su obstinada defensa de la identidad catalana le llevó incluso a ser detenido por la policía el Once de Septiembre (día de la fiesta nacional de Cataluña) de 1924 por negarse a obedecer a un oficial que le conminaba a hablar en español.

 

El 7 de junio de 1926 Gaudí fue atropellado por un tranvía en la Gran Via. El personal del hospital, que durante tres días intentó infructuosamente salvarle la vida, le había confundido de entrada con un mendigo debido a su humilde indumentaria.

Más información

No muy lejos del Palau Güell se encuentra el  LONDON BAR (Nou de la Rambla, 34), un bar modernista que, desde su fundación en 1910, ha funcionado ininterrumpidamente (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).

El itinerario de la Ruta del Modernismo prosigue Rambla arriba, en dirección a la plaza de Catalunya. Casi enfrente de los soportales que dan acceso a la plaza Reial se encuentra el HOTEL ORIENTE (Rambla, 45-47), construido en 1842 cuando el antiguo colegio religioso de Sant Bonaventura se transformó en una próspera fonda. El hotel, cuya fachada fue remodelada en 1881, conserva en su salón de fiestas la magnífica estructura de un antiguo claustro del siglo XVII de pilares cuadrados y el antiguo refectorio rectangular cubierto por una bóveda. Por sus habitaciones pasaron huéspedes del renombre del escritor Hans Christian Andersen, el actor americano Errol Flynn, el torero Manolete o la soprano Maria Callas. En su discreta fachada todavía destacan las esculturas de dos ángeles que presiden el dintel del arco de la entrada principal.

Rambla arriba se llega, a mano izquierda, a uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad pese a no ser una construcción modernista: el  GRAN TEATRE DEL LICEU (GRAN TEATRO DEL LICEO. Rambla, 51-65). La historia de este símbolo de Barcelona ha estado directamente marcada por los incendios. El edificio original, construido por Miquel Garriga en 1847 en el solar del antiguo convento de los Trinitaris, se quemó en 1861 y fue reconstruido por Josep Oriol Mestres con una simplicidad exterior -sólo truncada por su característica fachada con un cuerpo central de tres grandes ventanales- que ocultaba uno de los teatros líricos más fastuosos del mundo. El incendio del teatro de 1994 obligó a una nueva reconstrucción, llevada a cabo por el arquitecto Ignasi de Solà-Morales, que recreó el suntuoso estilo tradicional del edificio, recuperando los salones con pinturas ilusionistas y pompeyanas. En sus orígenes como teatro lírico, el Liceu tuvo que competir con el TEATRE PRINCIPAL (TEATRO PRINCIPAL, que ya hemos dejado atrás en el número 27 de la Rambla), un local con cabida para 2.000 personas y con una larga tradición en la ciudad. El Liceu, que levantó el telón con Anna Bolena, de Donizetti, ganó la partida y se convirtió en la catedral del buen gusto y el escaparate preferido por las clases más pudientes de Barcelona para exhibir su riqueza. Pese a la sobriedad de su arquitectura, destacan especialmente la marquesina de hierro forjado que preside la entrada principal y los rótulos esgrafiados que rinden homenaje a Calderón de la Barca, Mozart, Rossini y Moratín. El edificio del Liceu alberga, casi en la esquina de la Rambla con la calle Sant Pau, un auténtico santuario elitista: el Cercle del Liceu, una tradicional y aristocrática entidad privada, un viejo club al más puro estilo inglés, que «esconde» en sus salones interiores unas célebres pinturas del modernista Ramon Casas y de Alexandre de Riquer, y unas vidrieras de temática wagneriana de Oleguer Junyent.

London Bar
Gran Teatre del Liceu - Cercle del Liceu

Al otro lado de la calle, la Ruta pasa por delante de un comercio de larga tradición, con decoración modernista en la fachada: la antigua  CAMISERIA BONET (Rambla, 72), fundada en 1890, y que en el año 2002 cambió de propietario y de actividad, centrándose en la actualidad en objetos de recuerdo de Barcelona. En el edificio contiguo se encuentra el  CAFÈ DE L’ÒPERA (Rambla, 74), un local de atmósfera confortable abierto en 1929 en el local de la antigua Chocolatería La Mallorquina. El interior está bien conservado y en él destacan las sillas Thonet y los espejos decimonónicos con figuras femeninas que evocan personajes de diferentes óperas (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).

Café de l’Òpera
Café de l’Òpera

Después del Liceu, a la izquierda, podemos desviarnos por la calle Sant Pau hasta el  HOTEL ESPAÑA (Sant Pau, 9-11) el que es uno de sus establecimientos con más tradición en la historia hotelera de Barcelona. El interés arquitectónico de este hotel, que en su día albergó al héroe nacional filipino José Rizal, se centra en sus salones, decorados en 1902-1903 por uno de los padres del Modernismo, Lluís Domènech i Montaner. En el Hotel España, Domènech i Montaner contó con la colaboración de dos grandes maestros de las artes plásticas de la época: el escultor Eusebi Arnau y el pintor Ramon Casas. Eusebi Arnau es el autor de la espléndida chimenea de alabastro de uno de los comedores, visible desde la calle, y Ramon Casas es el responsable de los esgrafiados marinos del comedor interior, en el que también destaca una claraboya artesonada que filtra una luz muy difusa que realza el efecto de los esgrafiados de Casas. Domènech i Montaner remató el conjunto con dos ingeniosos arrimaderos de madera. Uno de ellos, de esmerado diseño, está decorado con unos medallones de cerámica azulada que representan las provincias españolas, mientras que el segundo, de tipo romano, se centra en temas florales (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas). A escasos metros del Hotel España se encuentra otro establecimiento hotelero con reminiscencias modernistas: el  HOTEL PENINSULAR (Sant Pau, 36). El principal interés de este edificio, un antiguo colegio de monjas, reside en su patio con galerías y en la claraboya, que resalta los colores verde y crema de sus muros.

Hotel Peninsular

De vuelta a la Rambla se encuentra el Pla de la Boqueria, presidido por el MOSAIC CERÀMIC DE JOAN MIRÓ (MOSAICO CERÁMICO DE JOAN MIRÓ), que el Ayuntamiento instaló en 1976 y que, con los años, se ha convertido en una de las más emblemáticas señas de identidad de esta popular vía barcelonesa. A mano derecha encontramos la CASA BRUNO CUADROS (Rambla, 82), un edificio premodernista muy interesante de Josep Vilaseca, autor del Arco de Triunfo. Esta antigua casa, conocida popularmente como «la casa dels paraigües» (la casa de los paraguas) y reformada en 1883, destaca por sus elementos orientales, como la decoración de su fachada con esgrafiados y vidrieras, la galería de aroma egipcio del primer piso o el dragón chino que preside la esquina de la finca. La antigua tienda del edificio, hoy ocupada por una entidad bancaria, luce unos elementos ornamentales de inspiración japonesa realizados en madera, vidrio y hierro forjado.

La Rambla

La Rambla

La primitiva Rambla era una vía ancha y desigual que oscilaba de un extremo a otro de la ciudad discurriendo paralela a la muralla medieval que Jaime I construyó en el siglo XIII, un siglo antes de que un nuevo recinto amurallado rodeara el Raval y dejara el lienzo de la Rambla sin su teórica función defensiva. Sin embargo, las diferentes puertas que se abrieron (Santa Anna, Portaferrissa, Boqueria, Trentaclaus y Framenors) no desaparecieron e indujeron la instalación de algunas construcciones, como una fundición de cañones, y también mercados al aire libre. “Rambla”, en árabe, significa “torrente”, y eso es precisamente lo que era: un torrente, el Cagalell, que se había convertido en alcantarilla, llena de basuras y excrementos. Al otro lado de este foso se fueron instalando durante el siglo XVI los primeros centros religiosos (convento de Sant Josep, 1586), de enseñanza (Estudis Generals, 1536) y lúdicos (Teatre de la Santa Creu, 1597). La Rambla del siglo XVIII lucía, por tanto, la muralla a un lado y conventos e iglesias al otro, en la parte del Raval. No fue hasta finales del siglo XVIII, momento en el que los ingenieros militares encabezados por Juan M. Cermeño iniciaron su urbanización, cuando la Rambla definió su trazado actual.

La Rambla es una sola avenida, pero recibe muchos nombres a lo largo de todo su recorrido: Rambla de Santa Mònica, de los Caputxins, de Sant Josep, de los Estudis y de Canaletes. Unas denominaciones nada gratuitas, ya que corresponden a los conventos, iglesias o edificios ante los cuales pasaba la avenida a medida que, terraplenada, comenzaba a tomar forma. En 1768 dio comienzo la demolición de la muralla y la construcción de algunos de sus edificios actualmente más emblemáticos, como el Palau de la Virreina, el Palau Moja, ante los cuales pasa la Ruta del Modernismo, o la Casa March de Reus (obra de Joan Soler i Faneca, 1775) que encontramos más abajo, en el número 8. El último gran momento en la formación de la Rambla llegó a mediados del siglo XIX con los procesos liberales de desamortización de los bienes de la Iglesia, que comportaron la desaparición de la mayoría de los conventos que moraban en sus orillas y su sustitución por nuevas calles (Ferran), espacios públicos (plaza Reial), mercados (Boqueria) y edificios que con el tiempo también fueron emblemáticos (Liceu). La Rambla es actualmente el mejor escaparate de la ciudad, de su historia y de la vida de sus ciudadanos. Como reflejó el escritor Josep Pla en una de sus obras: “La Rambla es una maravilla. Es una de las pocas calles de Barcelona en las que me siento plenamente bien. Siempre hay tanta gente como para encontrarse con algún que otro conocido, pero siempre hay la suficiente como para pasar desapercibido, si conviene”.

La suerte que siguió esta tienda fue compartida por otras. En el año 1962, el arquitecto David John Mackay cifró en ochocientas las tiendas modernistas que existían en la ciudad de Barcelona. Con el paso del tiempo y el avance de las excavadoras, este número se ha reducido en la actualidad a menos de una cincuentena. Cada día son menos las supervivientes de este Modernismo que algunos han calificado injustamente de «menor» sólo porque sus piedras no formaban parte de grandes obras arquitectónicas. Algunas de estas tiendas se conservan elegantes y presumidas, otras sobreviven dispersas por la ciudad; algunas están en buenas condiciones y otras en plena agonía, pero todas poseen una unidad artística que permite reconstruir, entre estucados, mosaicos, vidrieras y artesanías de caoba, cómo fueron aquellos años que discurrieron entre la Exposición Universal de 1888 y la segunda década del siglo XX. Eran los años en los que la burguesía barcelonesa viajaba a París y creía firmemente que Cataluña era Europa. Una época en la que el Modernismo se convirtió en un arte cotidiano que lograba que los artículos vulgares se convirtieran en arte. La euforia del cambio de siglo, la voluntad renovadora, se tradujo en una utilización social del arte, en una arquitectura anónima y popular que dignificaba cualquier obra. Fue así como las panaderías, las pastelerías, las farmacias, las tiendas de tejidos y las perfumerías fueron tratadas con el mismo respeto decorativo que las grandes casas de la burguesía. Junto con la Casa Batlló, la Pedrera, el Park Güell y la Sagrada Família, se multiplicaron los pequeños establecimientos que lucían con orgullo el sello de la nueva moda modernista En 1909, la revista L’Esquella de la Torratxa resumía en una sola frase la fiebre modernista que convulsionaba la ciudad: «Barcelona está llamada a ser la Atenas del Modernismo». Una selección de los mejores ejemplos de tiendas modernistas que aún existen en la actualidad aparece en esta guía en el capítulo Guapos per sempre.

El mejor ejemplo de esta fiebre modernista que experimentó Barcelona son dos edificios casi contiguos de la Rambla. La   CASA DOCTOR GENOVÉ (Rambla, 77), obra de Enric Sagnier i Villavecchia (1911), albergó una farmacia y su laboratorio hasta 1974 (actualmente alberga un bar de tapas vasco).

Sagnier diseñó un edificio con cierto aire gótico en el que destacan el gran ventanal central, los mosaicos azulados y el arco apuntado de la entrada, con un magnífico relieve de Esculapio que recuerda el destino original del inmueble. Casi al lado de la añeja farmacia se halla la ANTIGA CASA FIGUERAS (15) (Rambla, 83),actualmente Pastelería Escribà, de recargada decoración modernista, obra de Antoni Ros i Güell (1902), en la que abundan los mosaicos, los estucados de yeso, los hierros forjados, las vidrieras y el mobiliario de madera de color chocolate.

No es preciso caminar demasiado para encontrar el   MERCAT DE LA BOQUERIA (16) (Rambla, 91),el más célebre y antiguo de la ciudad. Más o menos en el mismo lugar que ocupa el actual mercado, se instalaba desde la época medieval un mercado al aire libre en el que los agricultores de lo que hoy es el Raval vendían sus productos a los habitantes de la ciudad amurallada. El actual mercado, famoso por la calidad de sus mercancías, está ubicado en el antiguo solar del convento de los Carmelites Descalços de Sant Josep, incendiado en julio de 1835. El mercado se erigió cinco años después, en 1840, como una gran plaza porticada con columnas jónicas en la que los diferentes mercaderes ambulantes de la ciudad podían ofrecer sus productos. En 1914 se instaló la vistosa cubierta metálica diseñada por el ingeniero Miquel de Bergue, que le confiere su imagen característica. El mercado y sus alrededores han sido restaurados en los últimos años con el objetivo de devolverles el aspecto que tenían a principios del siglo XX. La Boqueria preside el tramo central de la Rambla, quizás el más colorista y exuberante, denominado Rambla de les Flors por los puestos en los que se venden flores durante todo el año desde el día del Corpus de 1853.

Antiga Casa Figueras
Mercat de la Boqueria

A pocos metros de la Boqueria se encuentra el   PALAU DE LA VIRREINA (Rambla, 99), construido por Josep Ausich entre 1772 y 1778 por encargo del antiguo virrey de Perú, Manuel Amat i Junyent. El virrey nunca llegó a disfrutar del edificio, ya que murió antes de que estuviese acabado. La que sí lo hizo fue su viuda, la virreina, María Francisca Fivaller, que, con los años, dio nombre al palacio. El Ayuntamiento lo adquirió en 1944 y a finales de los años ochenta del siglo pasado fue transformado en la sede del área municipal de Cultura. El edificio es un buen ejemplo de la influencia francesa en los arquitectos del siglo XVIII. Su poderosa fachada clásica, suntuosa y barroca, conjuga a la perfección con una afrancesada ornamentación rococó interior que tiene su mejor exponente en el comedor, abovedado y adornado con pinturas alegóricas. El resto de los salones del edificio han conservado su decoración antigua, de estilo imperio. La planta baja, donde antaño se agrupaban los amanuenses que escribían cartas a quienes no sabían escribir, alberga actualmente una librería y una oficina de información al ciudadano. En los bajos del edificio contiguo, en el número 97, se encuentra una veterana tienda musical, CASA BEETHOVEN, fundada en 1880 por el editor musical Rafael Guàrdia.

Rambla arriba se encuentra uno de los edificios románticos más bonitos de la ciudad, la  CASA FRANCESC PIÑA (Rambla, 105), también conocida como «el regulador» por la antigua relojería que ocupa la planta baja, en la actualidad Joyería Bagués. Este edificio de Josep Fontserè (1850) destaca por su fachada de terracota pintada de blanco sobre un estuco de color rosa en la que resaltan especialmente las falsas columnas con capiteles y los bajorrelieves decorativos de los pisos superiores.

En la esquina con la calle Carme, encontramos la  ESGLÉSIA DE BETLEM (Rambla, 107). Esta iglesia, construida entre 1680 y 1732 por Josep Juli, es una de las escasas muestras de arte barroco de Barcelona. Ahora bien, la estructura del templo es fiel a los cánones del gótico catalán y presenta una única y espaciosa nave flanqueada por diferentes capillas. Una de las puertas que dan a la Rambla, en la que aparece el Niño Jesús, es obra de Francesc Santacruz, la otra, posterior, que data de 1906, con Sant Joanet (san Juan Bautista), es de Enric Sagnier, que se basó en la anterior. El interior que se puede contemplar hoy carece de la suntuosidad que caracterizó al templo hasta la Guerra Civil, cuando sus policromías, tallas, estucados italianos y mármoles sufrieron un deterioro irreparable. Desde 1952, la iglesia alberga una imagen de la Virgen de los Desamparados, de Mariano Benlliure. En la acera opuesta se encuentra el  PALAU MOJA (Rambla, 118),una antigua propiedad de los marqueses de Comillas construida entre 1774 y 1789 por los hermanos Mas i Dordal. La larga fachada de este palacio, decorada con entrepaños ocres y rojizos, se alza sobre un pórtico y está rematada por un sencillo frontón central. El edificio, decorado con pinturas del pintor neoclásico Francesc Pla, «el Vigatà», conserva buena parte del mobiliario original, así como la habitación en la que vivió el «poeta nacional» catalán y protegido de los marqueses de Comillas, Jacint Verdaguer. La familia Comillas estaba emparentada con la familia Güell y también requirieron los servicios de Antoni Gaudí, que conoció a Verdaguer y en alguna ocasión -como en los Pabellones Güell, punto (90) de la Ruta del Modernismo- se inspiró en su poesía. El palacio alberga actualmente unas dependencias del Departamento de Cultura de la Generalitat. En lo que fueron sus jardines se instalaron en 1935 los populares almacenes SEPU, hoy ya desaparecidos.

El Indio

Una pequeña desviación de la ruta principal nos conducirá por la calle Carme, que «oculta» dos pequeños tesoros modernistas a escasos metros de la Rambla: los populares almacenes  EL INDIO (17) (Carme, 24), decorados en 1922 por Vilaró i Valls, según el más puro estilo modernista y, un poco más adelante, el bar  MUY BUENAS (18) (Carme, 63), un local que luce una fachada modernista de madera y conserva buena parte de su mobiliario original, como la antigua barra de mármol, de más de un siglo de antigüedad (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).

El Indio

La Ruta prosigue por la Rambla, conocida a esta altura como la «rambla dels ocells» (rambla de los pájaros), por los puestos de venta de animales. De camino a la plaza de Catalunya, la Ruta cuenta con dos citas ineludibles. La primera es la  REIAL ACADÈMIA DE CIÈNCIES I ARTS (19) (Rambla, 115), construida en 1883 por Josep Domènech i Estapà sobre las ruinas de un antiguo colegio jesuita. El edificio, pionero en el uso de recursos ornamentales y estilísticos que tanto éxito cosecharían años más tarde con el Modernismo, alberga actualmente, aparte de la academia, el Teatro Poliorama y el Restaurante Viena, antigua Casa Mumbrú, y tiene su principal signo de identidad en el reloj que preside la fachada y del que popularmente se dice que marca la hora oficial de Barcelona. Otros elementos de interés de la fachada son la elegante tribuna, el cimborio y la torre con cúpula que coronan el edificio y que originalmente era un observatorio meteorológico y astronómico. La segunda cita en esta zona de la Rambla es la  FARMÀCIA NADAL (Rambla, 121), inaugurada en 1850 como Farmacia Masó, que incorpora elementos escultóricos, cerámicos y esgrafiados de diseño propios del Noucentisme (movimiento neoclásico postmodernista).

Tras cruzar la Rambla, nos encontramos con las calles Canuda y Santa Anna. Si entramos por Santa Anna, podemos ver la  CASA ELENA CASTELLANO (20) (Santa Anna, 21), un edificio de 1907 de Jaume Torres i Grau en el que destacan las dos tribunas superpuestas y la ornamentación floral de la fachada, típicamente modernista. Volviendo a la calle Canuda, a pocos metros, encontramos el antiguo PALAU SABASSONA, de origen medieval. El inmueble es la sede, desde 1836, del  ATENEU BARCELONÈS (21) (Canuda, 6), una de las entidades culturales más emblemáticas de la ciudad. Algunos aspectos de la reforma de 1906, de los arquitectos Josep M. Jujol i Gibert y Josep Font i Gumà, todavía se conservan. Hay que destacar tres pequeñas joyas modernistas: la cabina del ascensor, uno de los primeros que se instalaron en la ciudad; las salas de lectura de la biblioteca; y el jardín suspendido, de reminiscencias románticas. Continuando por la calle Canuda se llega a la plaza de la Vila de Madrid, en la que se pueden contemplar los restos de una necrópolis romana descubierta en 1954 durante las obras de urbanización del solar del antiguo convento de las Carmelites Descalces, demolido tras la Guerra Civil. La plaza, reformada en el año 2003, se encuentra sobre una antigua vía de acceso a Barcino, la ciudad romana, y todavía puede verse un pequeño fragmento del pavimento original. La vía esta flanqueada por los restos de monumentos funerarios monolíticos y por algunas modestas tegulae. La calle Canuda desemboca en la avenida del Portal de l’Àngel. A unos metros, veremos el edificio de  CATALANA DE GAS, GAS NATURAL (22) (Portal de l’Àngel, 20-22), una monumental y ecléctica obra de Josep Domènech i Estapà (1895). El edificio, construido por encargo de la Sociedad Catalana para el Alumbrado del Gas, alberga un interesante Museo del Gas en el que se exhiben diferentes aparatos que muestran la evolución experimentada por el uso de esta fuente de energía (visitas concertadas, tel.: 900 150 366).

Ateneu Barcelonès – Biblioteca
Reial Acadèmia de Ciències i Arts
Casa Elena Castellano
Catalana de Gas - Gas Natural

Retrocedemos un poco por Portal de l’Àngel hasta la pequeña calle Montsió, en la que encontramos la popular cervecería modernista  ELS QUATRE GATS (23) (Montsió, 3 bis; para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas). Esta antigua taberna fue uno de los epicentros artísticos y culturales de la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX. Ramon Casas, Santiago Rusiñol y Pablo Picasso son algunos de los ilustres personajes que comieron y bebieron en este peculiar cenáculo, inaugurado en 1897 en los bajos de la neogótica CASA MARTÍ (1895-1896), de Josep Puig i Cadafalch. El edificio, de aire más europeo que catalán, destaca por sus grandes ventanales ojivales con vidrieras policromadas y por la curiosa ornamentación de las ventanas y del balcón flamígero. El exterior también luce esculturas de Eusebi Arnau, hierros forjados de Manuel Ballarín y, en la peana de la esquina, la estatua Sant Josep, de Llimona. La que se puede ver ahora es una reproducción de la original, que fue destrozada durante la Guerra Civil y recuperada por el Ayuntamiento en el año 2000. El interior es espectacular: Ramon Casas pagó de su propio bolsillo las arañas de lámparas circulares y el mobiliario medieval diseñado por Puig i Cadafalch. Otro de sus «regalos» fue la pintura en la que dos hombres, Pere Romeu -el dueño de la cervecería- y él mismo, aparecen pedaleando en un tándem; actualmente la que se halla en el establecimiento es una copia, puesto que el original se encuentra en el MNAC (punto (34) de la Ruta del Modernismo). El local, que publicó su propia revista (Pèl & Ploma), se convirtió en refugio de artistas e intelectuales, como los compositores Enric Granados e Isaac Albéniz o los jóvenes pintores Joaquim Mir y Pablo Picasso. Desgraciadamente, el edificio no se conserva de forma íntegra. El dintel original de la puerta, obra de Puig i Cadafalch, desapareció en una de las reformas que el local ha sufrido en su más que centenaria vida.

Interior d’Els Quatre Gats

Seguimos unos metros hasta la calle n’Amargós, que desemboca en la calle Comtal y nos lleva a la Via Laietana, una amplia avenida proyectada en la segunda mitad del siglo XIX para abrir un acceso al puerto, e inspirada en los modelos norteamericanos de centros de negocios de entonces. La urbanización de esta vía se prolongó durante algunas décadas y en ella pudieron participar los protagonistas del Modernismo, como Domènech i Montaner y, sobre todo, Josep Puig i Cadafalch.

Subimos un poco por la Via Laietana y vislumbramos el edificio del  GREMI DELS VELERS (Via Laietana, 50),  sede gremial de los fabricantes de seda desde 1764. Se trata de un magnifico edificio barroco decorado con esgrafiados que representan figuras de atlantes y cariátides. Escondido tras este edificio, encontramos una de las joyas imprescindibles del Modernismo de Barcelona: el  PALAU DE LA MÚSICA CATALANA (24). El Palau de la Música es un encargo que el Orfeó Català realizó en 1904 a Lluís Domènech i Montaner. La primera piedra del nuevo edificio se colocó el día de Sant Jordi de 1905 y las obras se prolongaron durante tres años. El resultado fue una suntuosa sala de conciertos que estaba llamada a ser el hogar de la música coral catalana.

Palau de la Música Catalana
Palau de la Música Catalana

El edificio se erige sobre el solar del antiguo convento de Sant Francesc de Paula. La reducida superficie del solar y el alto precio de los terrenos colindantes en la época obligaron a Domènech i Montaner a encajar el auditorio en una cuadrícula de calles estrechas que limitan su contemplación global desde el exterior y a ingeniárselas para que la caja del escenario tuviera la amplitud necesaria y para que el edificio pudiera albergar las oficinas y los archivos del Orfeó.

 

La iglesia del antiguo convento, reconvertida en parroquia, sobrevivió hasta que fue demolida para emprender una ampliación. La intervención, firmada por Oscar Tusquets (2003), consistió en la construcción en el solar de la antigua iglesia de una plaza que deja a la vista la inmensa vidriera original de Domènech que antes quedaba escondida en el patio interior que había entre la iglesia y el Palau. La vidriera ha sido flanqueada por dos torres de ladrillo visto, la de la esquina muestra relieves que representan un frondoso árbol esculpido en ladrillo, motivos vegetales inspirados en Domènech i Montaner. En el subsuelo de la gran plaza se ha construido el Petit Palau, una nueva sala polivalente con capacidad para seiscientas personas.

 

El Palau de la Música, junto con la Pedrera, es considerado uno de los ejemplos supremos del Modernismo catalán por su arquitectura brillante, atrevida y suntuosamente decorada, y hace gala con orgullo del título de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Pero no fue siempre así: el Palau de la Música fue una de las últimas extravagancias del Modernismo y, ya en los años veinte, empezó a ser cuestionado hasta el punto de que los vecinos lo llamaban «el palau de la quincalleria» (el palacio de la quincallería) y los arquitectos de la época abogaban por su demolición. Afortunadamente, nunca consiguieron su propósito y el Palau se ha conservado, convirtiéndose en una institución emblemática íntimamente ligada a la memoria colectiva de los barceloneses.

 

El Palau de la Música Catalana fue inaugurado en 1908 con un breve concierto en el que se interpretaron piezas de Clavé y Händel. La fachada proyectada por Domènech i Montaner sorprendió a los barceloneses: de obra vista, de bella policromía gracias a la utilización de revestimientos de mosaico cerámico, está presidida, en la esquina, por un espectacular grupo escultórico de Miquel Blay, una enorme proa de piedra que representa una alegoría de la música popular. Es una obra de un gran simbolismo conceptual con dos muchachos y dos ancianos abrazando a una ninfa mientras san Jorge (Sant Jordi) los protege con la bandera catalana ondeando al viento. La fachada también cuenta con un mosaico que representa «La balanguera» del poema de Joan Alcover -que en la actualidad es el himno de Mallorca-, rodeada de los cantantes del Orfeó Català. Otro punto de interés del exterior del Palau son las curiosas taquillas, hoy en desuso, ubicadas en el interior de las columnas que flanquean la puerta principal. Las riquezas continúan en el interior: el recargado vestíbulo, las bóvedas revestidas de azulejos y la escalera doble con balaustres de vidrio dorado constituyen un aperitivo de la auténtica joya del edificio.

 

En el interior, la sala de conciertos es una embriagadora sucesión de esculturas, vidrieras policromadas, mosaicos y elementos decorativos que juegan, constantemente, con la percepción de la luz y el color. La imagen más famosa de la sala es la enorme y espectacular claraboya de vidrio coloreado con forma de campana invertida, de una tonelada de peso. Esta maravilla del arte suntuario representa un coro de ángeles femeninos rodeando al sol. La obsesión por la luz de Domènech i Montaner no se limita a la claraboya: diseñó la sala con una liviana estructura de acero creando una especie de caja de cristal que filtra la luz exterior a través de unas vidrieras que recrean la atmósfera de las catedrales góticas y confieren cierto aire sacro al auditorio. El escenario de la sala es, sin duda alguna, la escultura más espectacular del Palau. El proscenio acoge un curioso conjunto realizado en piedra pómez diseñado por Domènech i Montaner pero labrado por Dídac Massana y Pau Gargallo. A la izquierda, el conjunto cuenta con un busto de Josep Anselm Clavé y una alegoría de las flores de mayo, que representan la música popular. A la derecha, el busto de Beethoven personifica la música universal. Por encima del busto de Beethoven, las valquirias de Wagner cabalgan hacia Clavé, simbolizando la relación de la nueva música con la antigua cultura musical popular catalana. El escenario se completa con un espectacular órgano de factura alemana (restaurado en el año 2004 gracias a una campaña de suscripción ciudadana) y el hemiciclo, diseñado por Eusebi Arnau y realizado en trencadís, en el que destacan las dieciocho esculturas que representan los espíritus de la música y un sorprendente escudo de Austria. Una balconada y una columnata de influencia egipcia contribuyen, modestamente, a embellecer la perspectiva de la sala, verdadero santuario de la música, en la que han actuado intérpretes de la categoría de Rubinstein, Menuhin o Pau Casals. En la sala también destacan los motivos florales, que presiden todos los elementos ornamentales, tanto en el techo como en las vidrieras, y las lámparas de aire medieval, más propias de un castillo que de una sala de conciertos. Otros espacios del edificio dignos de atención son la sala de música de cámara, en la que todavía se puede contemplar la primera piedra del edificio, y la sala de descanso Lluís Millet, quizás la estancia que se conserva más fiel al proyecto original de Domènech i Montaner.

Rodeando el Palau por las calles Amadeu Vives y Ortigosa, volvemos a la Via Laietana. Ante nosotros encontraremos un edificio de forma triangular, denominado  CAIXA DE PENSIONS I D’ESTALVIS DE BARCELONA (Via Laietana, 56-58), porque fue la antigua sede de la actual Fundación «la Caixa», y que ahora acoge una sala del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Esta obra neomedieval (Enric Sagnier, 1917) luce en su fachada una escultura de Manuel Fuxà, concebida como una alegoría del ahorro, y un espectacular arco ojival cerrado con vidrieras policromadas. Separado de éste por la calle Jonqueres se encuentra el  EDIFICI ANNEX DE LA CAIXA DE PENSIONS (Jonqueres, 2),también diseñado por Sagnier, en el que el arquitecto insistió en el uso de piedra blanca, decorada con azulejos. No obstante, ya se advierten unas líneas más modernas, más cercanas a los actuales edificios de oficinas, ya que, de hecho, es uno de los primeros ejemplos de este tipo de edificios en nuestra ciudad.

Cruzamos la Via Laietana y torcemos a la derecha, camino de la plaza de Urquinaona. Desde esta plaza, la Ruta sigue a la izquierda camino de la plaza de Catalunya, centro neurálgico de la ciudad. La construcción de esta monumental plaza circular se inició en 1925 tras medio siglo de diferentes litigios entre el Ayuntamiento, el Estado y los propietarios particulares de los terrenos que durante años fueron la frontera entre la antigua ciudad amurallada y la nueva urbe que se expandía por el llano. El diseño definitivo de la plaza fue firmado por Francesc de Paula Nebot, que se limitó a transformar un proyecto de Puig i Cadafalch, que, por aquel entonces, se veía condenado al ostracismo por el régimen militar de Primo de Rivera. Precisamente podemos observar en la plaza, en la esquina con Rambla de Catalunya, una obra de Josep Puig i Cadafalch realizada en 1921 según los cánones del clasicismo moderno: la  CASA PICH I PON (plaça de Catalunya, 9). La plaza de Catalunya marca el inicio del paseo de Gràcia y del Eixample, el auténtico hábitat del Modernismo barcelonés. En el centro de la plaza se encuentra la Oficina de Información de Turismo de Barcelona, punto de inicio de los itinerarios Walking Tours Modernismo y sede de uno de los Centros del Modernismo de Barcelona. El Centro, en el que con esta guía se pueden obtener gratuitamente los vales de descuento de la Ruta del Modernismo, está especializado en información sobre este movimiento y en la tienda adyacente se pueden comprar productos relacionados con el mismo.

El paseo de Gràcia es la columna vertebral del Eixample. Se trata de un bulevar en el que se mezclan casas particulares, oficinas y bancos, cines, establecimientos de prestigio, cafés y buena parte de las joyas del Modernismo. Antiguamente, el paseo era un simple camino de tierra que comunicaba las murallas de Barcelona con la vecina villa de Gràcia. Una condición que empezó a cambiar en 1827, cuando se convirtió en un paseo arbolado. En 1852 el paseo estrenó las primeras farolas de gas, y en 1853 se inauguraron, en el tramo comprendido entre las actuales calles Aragó y Mallorca, los Camps Elisis, una amplia zona de ocio que contaba con jardines, cantinas, merenderos, salas de fiesta, montañas rusas y un auditorio al aire libre. En 1872 se instaló la primera línea de tranvías de caballos y a partir de 1890 se convirtió en el nuevo centro residencial de la alta burguesía.

Su carácter de zona acomodada se pone de manifiesto en uno de los elementos más singulares del paseo: sus 31 bancos-farolas, proyectados en 1906 por Pere Falqués (55) y que actualmente pasan un poco desapercibidos entre el mobiliario urbano y la marea de tráfico que invade diariamente el paseo de Gràcia. Otro de los elementos característicos son los panots (baldosas) de la acera, copia de las baldosas diseñadas por Gaudí, concebidas para el suelo de la Casa Batlló y que, finalmente, fueron instaladas en las cocinas de los pisos de la Pedrera. En el año 2002, el Ayuntamiento pavimentó el paseo de Gràcia con estos panots, unas losetas hexagonales idénticas, monocromas, en las que se descubren motivos marinos cuando son contempladas en conjuntos de seis piezas: un pulpo, un caracol y una estrella de mar. La baldosa original, producida por la empresa Escofet, fue uno de los primeros pavimentos decorados proyectados para ser producidos en serie.

 

Las maravillas arquitectónicas del paseo de Gràcia comienzan casi desde su inicio con la  CASA PASCUAL I PONS (25) (paseo de Gràcia, 2-4), (al cerrar esta edición se iniciaba su restauración), la obra más gótica de Enric Sagnier i Villavecchia, uno de los arquitectos más prolíficos del Modernismo barcelonés. El principal interés del edificio está en su interior: unas vidrieras emplomadas que representan unos personajes medievales, visibles desde el exterior; la escalera con ornamentos escultóricos y lámparas de hierro y cristal; y una noble chimenea de madera. La Casa Pascual i Pons, construida en 1890-1891, estaba compuesta originariamente por dos casas independientes concebidas de forma unitaria para explotar su excepcional situación urbanística, en la esquina de la plaza de Catalunya con el paseo de Gràcia. El conjunto fue reformado profundamente en 1984. Seguimos por el paseo de Gràcia hasta la calle Casp, por donde merece la pena desviarse unos minutos.

 

El primer inmueble destacable que nos sale al paso en este tramo de la Ruta es la modernista CASA LLORENÇ CAMPRUBÍ (26) (Casp, 22), obra de Adolf Ruiz i Casamitjana (1901). Con una extraordinaria tribuna que ocupa el principal y el primer piso de la finca, la Casa Camprubí es un buen ejemplo de la obra de Ruiz de finales de siglo, una época en la que este arquitecto realizó una interpretación muy personal de un amplio repertorio de formas y elementos neogóticos. La siguiente cita de nuestra desviación por la calle Casp es la CASA SALVADÓ (Casp, 46), una alternativa ecléctica de Juli Batllevell construida en un momento (1904) y en una zona de la ciudad dominados por el Modernismo. En el portal contiguo se encuentra la CASA CALVET (27) (Casp, 48), obra de Antoni Gaudí. El arquitecto inició su primer edificio de viviendas en 1898, en pleno Eixample y según una línea que fue ampliamente seguida por autores de otras casas con profusión de elementos barrocos o rococós, como las formas onduladas y el peculiar tratamiento de la irregular superficie de piedra arenisca de Montjuïc, los balcones o las tribunas. En la Casa Calvet, Gaudí dio un tratamiento diferenciado a cada uno de los elementos que conforman el edificio. La fachada está presidida por una tribuna barroca con barandillas de hierro forjado y relieves que representan diferentes tipos de setas en homenaje a la afición a la micología de Eduard Calvet, el primer propietario del inmueble. La decoración de la tribuna incluye un escudo de Cataluña y un ciprés, símbolo de hospitalidad. También merece la pena fijarse en el vestíbulo de la entrada y en el de los bajos, actualmente transformados en el restaurante Casa Calvet (es necesario reservar mesa: tel. 934 124 012. Para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas). En el interior del restaurante se conserva el mobiliario del despacho original del negocio textil de los Calvet. Entre otras piezas destacan las lámparas, los bancos del recibidor y los bancos de cortesía adosados al muro, las mamparas de madera que separaban los diferentes despachos, los picaportes y las vigas del techo.

 

De vuelta al paseo de Gràcia, nos encontramos con el edificio de las CASES ROCAMORA (28)(paseo de Gràcia, 6-14). Este edificio es, junto con la Casa de les Punxes, de Puig i Cadafalch, uno de los conjuntos arquitectónicos de mayores dimensiones de todo el Eixample. Contrariamente a lo habitual en la época, su solar no se dividió en diferentes inmuebles, sino que se construyó un único volumen arquitectónico para enfatizar la magnificencia del edificio. La obra, de marcado estilo neogótico, fue firmada en 1914 por los hermanos Bassegoda (Joaquim y Bonaventura), que dedicaron una especial atención al tratamiento de la piedra de la fachada y al singular conjunto de tribunas de la esquina con la calle Casp.

 

La Ruta prosigue subiendo por el paseo de Gràcia hasta llegar a la Gran Via de les Corts Catalanes, una de las tres arterias viarias que Cerdà diseñó para atravesar y comunicar toda la cuadrícula del Eixample -las otras dos son la Diagonal y la Meridiana-. El cruce con el paseo de Gràcia está presidido por dos edificios singulares pese a no ser modernistas. A la izquierda se halla el PALAU MARCET (PALACIO MARCET. Paseo de Gràcia, 13), un palacio urbano construido en 1887 por Tiberi Sabater que años más tarde, en 1934, fue transformado en un teatro y hoy alberga varias salas de cine. A la derecha se puede contemplar la ondulada y racionalista fachada decorada con paveses de vidrio de la JOIERIA ROCA (JOYERÍA ROCA. Paseo de Gràcia, 18), una tienda diseñada por Josep Lluís Sert en 1934.

Vista Frontal Casa Pascual i Pons
Casa Calvet
Vista Frontal Casa Pascual i Pons

Una desviación, a la izquierda, por la Gran Via de les Corts Catalanes en dirección a la plaza de Espanya, nos conduce a varios edificios de interés, pero primero encontramos la ecléctica CASA PIA BATLLÓ (Rambla de Catalunya, 17), un edificio neogótico de Josep Vilaseca (1896) que hace esquina y está rematado por dos torres de cerámica vidriada coronadas con miradores de hierro forjado. Tras haber dejado atrás el monumental cine Coliseum y el edificio neoclásico de la Universidad de Barcelona (Elies Rogent, 1891), podremos observar, en la acera de enfrente, la CASA GERÓNIMO GRANELL (29) (Gran Via de les Corts Catalanes, 582), del arquitecto Gerónimo F. Granell i Barrera, edificio que fue totalmente restaurado en el año 2004 resaltando los elementos modernistas originales de 1902, entre los que destaca la tribuna que rompe de forma deliciosa la simetría de la fachada.

Más adelante, en la esquina con Villarroel, encontramos un   CONJUNT DE TRES EDIFICIS (30) (CONJUNTO DE TRES EDIFICIOS. Gran Via de les Corts Catalanes, 536-542; Villarroel, 49-51), modernistas pero de autor desconocido, en el que se encuentra la FARMÀCIA MESTRE que mantiene gran parte de la decoración original de 1903, especialmente en puertas y escaparates. Dos calles más adelante, en la esquina con la calle Comte Borrell, vale la pena dedicar unos instantes a la FARMÀCIA MADROÑAL (Comte Borrell, 133), de 1901, con elementos modernistas.

Muy cerca, en la acera opuesta, encontramos la CASA GOLFERICHS (31) (Gran Via de les Corts Catalanes, 491), un chalé modernista construido en 1901 por Joan Rubió i Bellvé para Macari Golferichs, un comerciante de madera exótica. Convertida después de la Guerra Civil en escuela religiosa, la adquirió, a finales de los sesenta, un promotor privado con la intención de derribarla y construir pisos en su lugar, pero las insistentes protestas vecinales evitaron que «el xalet» (el chalé) -como se la denomina en el barrio- desapareciera por la especulación. En 1980 el Ayuntamiento de Barcelona recuperó la propiedad del inmueble para instalar en él un centro cívico y ha ido realizando varias intervenciones hasta que se completó su restauración en el año 2004.

Cases Rocamora
Casa Gerónimo Granell

Siguiendo por la misma acera encontramos la CASA DE LA LACTÀNCIA (32)(Gran Via de les Corts Catalanes, 475-477), un bello edificio de tonos azules con un relieve escultórico que hace referencia al primitivo uso del edificio. La casa, proyectada por Antoni de Falguera i Sivilla y por Pere Falqués i Urpí entre 1908 y 1913, destaca por el patio central decorado con cerámicas y coronado por una claraboya que le da una gran luminosidad.

Llegando a la plaza de Espanya, pasamos por la   CASA FAJOL (33) (Llançà, 20), de Josep Graner i Prat (1912), conocida popularmente como «la casa de la papallona» (la casa de la mariposa) por el remate de trencadís que representa una mariposa de descomunales líneas curvas que, sin duda, distingue al edificio. 

Casa Golferichs
Casa Fajol
Casa de la Lactància

Por la Gran Via de les Corts llegamos a la plaza de Espanya, punto de confluencia de importantes arterias de la ciudad, y entramos en el distrito de Sants-Montjuïc, una zona de aroma tradicional en la que todavía se respira su pasado industrial y obrero. Quizás por esta razón el Modernismo a duras penas dejó huella en él, excepto en algunos edificios emblemáticos. En medio de la plaza se encuentra la FONT COMMEMORATIVA DE L’EXPOSICIÓ DE 1929 (FUENTE CONMEMORATIVA DE LA EXPOSICIÓN. Plaza de Espanya, s/n), de Josep M. Jujol, la cual, aunque fue construida para adornar la plaza que daba entrada a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, no se terminó a tiempo. La fuente, considerada de estilo ecléctico, cuenta con grupos escultóricos de Miquel Blay y de los hermanos Miquel y Llucià Oslé.

Subimos al Palau Nacional por la avenida de la Reina Maria Cristina; si dicha avenida estuviera cerrada al público a causa de los actos feriales de la Fira de Barcelona (consúltese llamando al tel. 010), tendremos que subir por la calle Mèxic. Seguimos hacia arriba por ESCALES I EL MIRADOR DEL PALAU NACIONAL, (LAS ESCALERAS Y EL MIRADOR DEL PALACIO NACIONAL), eje central de la exposición de 1929 proyectado por el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, con tres plazas dispuestas a diferentes niveles, unidas por los tramos de escalera y por una caída de agua en cascada en el centro siguiendo una cuidada simetría. En la primera plaza se encuentra la FONT MÀGICA (FUENTE MÁGICA), obra del ingeniero Carles Buïgas construida en 1929. La fuente se ganó este apelativo popular ya durante la exposición por el espectacular juego de chorros de agua y luces de colores que aún hoy se puede ver (consúltense los horarios llamando al 010). Subiendo las escaleras llegamos a la plaza del Marquès de Foronda y encontramos, a un lado, el PALAU D’ALFONS XIII (PALACIO DE ALFONS XIII) y, al otro, el PALAU DE LA REINA VICTÒRIA EUGÈNIA (PALACIO DE LA REINA VICTORIA EUGENIA), proyectados en 1918 por Josep Puig i Cadafalch, que fueron pabellones de la Exposición de 1929 y hoy en día lo son de la Fira de Barcelona.

La subida acaba en el mirador del PALAU NACIONAL (PALACIO NACIONAL), que fue el edificio principal de la Exposición Internacional de 1929. Este edificio, que se inscribe en el llamado «monumentalismo ecléctico», fue construido entre 1927 y 1929 según el proyecto de Eugeni P. Cendoya y Enric Catà, con la colaboración de Pere Domènech i Roura.

Actualmente es la sede del MUSEU NACIONAL D’ART DE CATALUNYA (MNAC), (34) (MUSEO NACIONAL DE ARTE DE CATALUÑA), que desde el año 2004, una vez finalizadas las obras de rehabilitación del edificio, muestra reunidas todas sus colecciones.

El fondo del MNAC reúne una impresionante muestra de mil años de arte en Cataluña: pintura, escultura, artes decorativas, dibujos y grabados, fotografía, numismática y medallística. Naturalmente incluye una panorámica del arte catalán desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Esta colección modernista, una de las más representativa de este movimiento, convierte al MNAC en el museo barcelonés del Modernismo por excelencia, ya que conserva y muestra lo más destacado de su producción de artes visuales en toda su diversidad: pintura, escultura y artes decorativas.

Palau Nacional

Por otra parte, la visita del museo es imprescindible para situar la obra de los arquitectos modernistas en el contexto artístico de su época. Porque, si bien es cierto que Gaudí, por ejemplo, frecuentaba poco los cenáculos modernistas, también lo es que mantuvo relaciones de amistad (que produjeron influencias artísticas mutuas) con diversos artistas adscritos a este movimiento, como los escultores Josep Llimona y Carles Mani y también con pintores como Joaquím Mir, Anglada i Camarasa, Francesc Gimeno o Darío de Regoyos, todos ellos representados en las colecciones del museo. Muchas de las obras expuestas nos remiten a lugares del recorrido de la Ruta del Modernismo. Aquí se encuentra, por ejemplo, el original de la obra Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem (1897), del pintor Ramon Casas, que decoraba Els Quatre Gats, donde hemos visto una copia (punto (23) de la Ruta). El rico conjunto de artes decorativas del museo nos permite conocer la decoración interior de las plantas nobles de algunas de las casas más emblemáticas de la arquitectura modernista, como las que conforman la famosa Mansana de la Discòrdia del paseo de Gràcia. Asimismo, este museo muestra diversos elementos del mobiliario de la Casa Amatller (44), como un banco, una vitrina y una lámpara de techo, obra del propio Josep Puig i Cadafalch. De la Casa Batlló (45), se exhiben diversos diseños de Antoni Gaudí, como una puerta corredera, una silla y un sofá muy característico de su estilo. El arquitecto Lluís Domènech i Montaner encargó la decoración interior de la Casa Lleó Morera (43) al mueblista mallorquín Gaspar Homar (1870-1953), uno de los máximos creadores del Modernismo. De la Casa Lleó Morera, el museo conserva la práctica totalidad de la sala de estar y otros elementos del resto de la vivienda, como un sofá con vitrinas laterales y un panel de marquetería. Para completar la visión del arte modernista en Cataluña, el visitante no puede obviar la escultura, con autores como Josep Llimona, Eusebi Arnau y Miquel Blay. También merece la pena conocer las obras de otros artistas y movimientos anteriores (Marià Fortuny y los discípulos de la Escuela de Roma) y posteriores al Modernismo. La segunda generación de autores modernistas, como Joaquim Mir o los autores del período noucentista, Joaquim Sunyer, Joaquim Torres García o Manolo Hugué, entre otros, y la escultura de vanguardia de Gargallo y Juli González son especialmente interesantes.

Bajamos a la plaza de Carles Buïgas y por la avenida del Marquès de Comillas llegamos a CAIXAFORUM FÀBRICA CASARAMONA (35) (Marquès de Comillas, 6-8). El industrial Casimir Casaramona decidió instalar su fábrica textil en la montaña de Montjuïc y encargó el proyecto a Josep Puig i Cadafalch (1910-1913). El resultado fue un conjunto típico de arquitectura industrial modernista en el que no faltaban ni las bóvedas catalanas ni la decoración con cerámica o piedra artificial. Ahora bien, Puig i Cadafalch dotó al conjunto de su característico aroma neogótico y de detalles de auténtica personalidad, como por ejemplo los pináculos y las torres de planta cuadrada. La fábrica, el mayor edificio construido por Puig i Cadafalch, cayó en desuso con el paso de los años y, en 1940, se transformó en las caballerizas de la Policía Nacional. En 1998 se iniciaron las obras de rehabilitación para convertir la antigua fábrica en CaixaForum, la nueva sede social y cultural de la Fundación «la Caixa»: un centro dinámico y polivalente en el que se llevan a cabo exposiciones, talleres, conferencias, cursos y conciertos, y que ofrece visitas guiadas tanto a las exposiciones como al edificio modernista, entre otras muchas actividades.

Siguiendo la Gran Via en dirección a Hospitalet de Llobregat también se encuentra la  ESTACIÓ DE LA MAGÒRIA (36) (ESTACIÓN DE LA MAGÒRIA. Gran Via de les Corts Catalanes, 181-247; Moianès, 1-17), construida por Josep Domènech i Estapà en 1912 para los trenes de mercancías que iban al puerto y enlazaban con la línea de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya (FGC) que transcurre, soterrada, por la Gran Via. El aparcadero de vías y los terrenos colindantes se han transformado en una zona polideportiva. No muy lejos, subiendo por la calle Moianès, se encuentra la calle Creu Coberta, donde podemos ver dos ejemplos notables del Modernismo en sus primeros tiempos. A la derecha, encontramos el MERCAT D’HOSTAFRANCS (37) (Creu Coberta, 93), realizado en 1888 por Antoni Rovira i Trías, el mismo ingeniero del Mercado de Sant Antoni, con el que comparte su típica y bella estructura de hierro. Cruzando la calle, se encuentra la antigua Tenencia de Alcaldía de Hostafrancs, actual SEU DEL DISTRICTE DE SANTS-MONTJUÏC (38) (SEDE DEL DISTRITO DE SANTS-MONTJUÏC. Creu Coberta, 106), construida por Jaume Gustà i Bondia (1895) y Ubald Iranzo i Eiras (1908-1915). El edificio, parcialmente modernista, con elementos eclécticos, destaca sobre todo por sus vidrieras, de Francesc Labarta

Estació de la Magòria
Mercat d’Hostafrancs
Seu del Districte de Sants – Montjuïc
Antiga Fàbrica Casaramona

De nuevo en el cruce de la Gran Via con el paseo de Gràcia y un poco más adelante, en la acera de la izquierda, se encuentra la CASA MALAGRIDA (39)

(paseo de Gràcia, 27), obra de Joaquim Codina i Matalí, realizada entre 1905 y 1908. Como otros edificios de la época situados en la mejor zona del Eixample, la Casa Malagrida tiene una apariencia exterior de palacete urbano que huye de la tipología habitual de la casa de vecinos del Eixample. Pese a tener este aspecto, el edificio estuvo destinado desde su origen a ser una vivienda plurifamiliar. Lo más destacado del inmueble es su espectacular coronación en forma de cúpula y los faroles de hierro forjado de un vestíbulo en el que también merece la pena contemplar los elegantes frescos y artesonados del techo. 

Al llegar a la confluencia del paseo de Gràcia con la calle Consell de Cent, proseguiremos unos metros por esta calle hacia la derecha, en el sentido de la marcha de los automóviles. Nuestro destino es el origen mismo del Eixample: las primeras casas que se construyeron en la zona. Las   CASES CERDÀ (Consell de Cent / Roger de Llúria) fueron construidas en 1864 por Antoni Valls. Las casas originales están identificadas con placas en la fachada. Siguiendo en la misma dirección veremos la antigua CONFITERIA J. REÑÉ (Consell de Cent, 362), establecimiento con decoración modernista.

 

Un poco más adelante, al llegar a la calle Girona, nos encontramos con una panadería modernista, el FORN SARRET (40) (PANADERÍA SARRET. Girona, 73), de 1898, con unas puertas de marquetería dignas de alabanza y un escudo que preside la puerta en el que se hace una alegoría de la siega del trigo. En el chaflán opuesto se encuentra el antiguo FORN DE LA CONCEPCIÓ (41) (PANADERÍA DE LA CONCEPCIÓ. Girona, 74), de Josep Suñer (1900).

Subiendo por la calle Girona, llegamos a la CASA POMAR (42) (Girona, 86),), una original obra de Rubió i Bellvé (1906) que posee una fachada que le da un aspecto de iglesia (no se pierdan la puerta principal presidida por una quilla de barco de cerámica verde). Retrocediendo por Consell de Cent, podemos bajar unos metros por Roger de Llúria para ver la TORRE DE LES AIGÜES (Roger de Llúria, 56),construida en 1867 por Josep Oriol Mestres. En 1987 este espacio se convirtió en la primera manzana interior rescatada por el Ayuntamiento en un intento de ir recuperando el proyecto inicial ideado por Ildefons Cerdà para el Eixample. En verano, el lugar se convierte en una «playa» urbana para uso vecinal. Delante de ella se encuentra el pasaje Permanyer, una bonita callejuela de casas unifamiliares con cierto aire que nos transporta al Londres victoriano.

 

Reemprendemos la Ruta en el paseo de Gràcia. La siguiente etapa de nuestro paseo por el Modernismo barcelonés es la  MANSANA DE LA DISCÒRDIA(MANZANA DE LA DISCORDIA), auténtico centro simbólico del Modernismo catalán; cien metros de calle que reúnen tres obras capitales de los tres maestros modernistas: Lluís Domènech i Montaner (Casa Lleó Morera), Josep Puig i Cadafalch (Casa Amatller) y Antoni Gaudí (Casa Batlló). La manzana recibe el apelativo «de la discordia» por la competencia estética entre tres grandes edificios, que, de hecho, es expresión del fenómeno que en aquellos años se produjo entre las familias burguesas de Barcelona, las cuales, al instalarse en el Eixample, pugnaban por presumir de tener la casa más espectacular y opulenta.

 

El primer edificio de interés de esta irrepetible Mansana de la Discòrdia es la CASA LLEÓ MORERA (43) (passeig de Gràcia, 35),que, desgraciadamente, no puede ser visitada. Lluís Domènech i Montaner se hizo cargo, en 1905, de la reforma de esta casa, construida en 1864 por la Sociedad Fomento del Ensanche, con el objetivo de mejorarla y decorarla para sus nuevos propietarios, la familia Lleó Morera. El más renacentista de los arquitectos de la Barcelona modernista logró conjugar en la Casa Lleó Morera -una obra en principio pequeña e incluso modesta- el esfuerzo creador de un número considerable de artistas y artesanos que, trabajando en estrecha colaboración, consiguieron una sorprendente, casi milagrosa, unidad final, al más puro estilo floral de Domènech i Montaner. Así, la Casa Lleó Morera presenta, desde el vestíbulo y pasando por la escalera, el ascensor y la planta principal, uno de los conjuntos más ricos y mejor conservados de las artes aplicadas del Modernismo: mosaicos, vidrieras, marqueterías, pavimentos, esculturas… En el piso principal, precisamente, hay uno de los grandes tesoros del Modernismo barcelonés: una monumental vidriera de la empresa de Antoni Rigalt (Rigalt, Granell y Cia.) que ocupa el antiguo comedor principal de la casa y representa una bucólica escena rural. En la misma planta destacan ocho paneles y unos dinteles de cerámica con figuras de porcelana en relieve en los que el escultor Eusebi Arnau esculpió una canción de cuna, La dida de l’infant rei (La nodriza del niño rey).

Casa Malagrida
Casa Pomar

De la fachada destacan también los trabajos del escultor Arnau, pero las figuras femeninas de los arcos de la planta baja fueron mutiladas en los años cuarenta junto con otros detalles ornamentales para permitir la instalación de las lunas de los escaparates de una tienda. Los bajos fueron parcialmente restaurados en 1992 a partir de fotografías y otros documentos. En el MNAC (34) se pueden contemplar elementos de interiorismo del piso principal, obra del ebanista Gaspar Homar. Entre muebles, lámparas y alfombras destaca un gigantesco sofá-armario de marquetería.

 

Justo al lado de la Casa Lleó Morera se encuentran dos edificios, contemporáneos de las grandes obras de la Mansana de la Discòrdia, que hacen de contrapunto, discreto pero inapelable. El primero de ellos es la  CASA MULLERAS (paseo de Gràcia, 37), una sobria intervención arquitectónica de Enric Sagnier, que, en 1911, reformó este edificio de 1868 modificando completamente la fachada. El segundo es la CASA BONET (paseo de Gràcia, 39), una obra clasicista poco brillante de Jaume Brossa (1901) de la que únicamente destaca el curioso Museo del Perfume, fundado en 1961, en los bajos del edificio. El museo expone una extensa muestra de casi 5.000 envases de perfumes y esencieros de diferentes culturas y civilizaciones: desde envases egipcios, cerámicas griegas, vidrios romanos y púnicos, y recipientes árabes y orientales, hasta una interesante colección de esencieros de los siglos XVII al XIX de porcelana, cristal y materiales nobles.

 

Subiendo por el paseo, el segundo gran monumento modernista es la  CASA AMATLLER (44) (paseo de Gràcia, 41). La historia de este inmueble se remonta al año 1898, cuando el industrial chocolatero Antoni Amatller, aficionado al coleccionismo de vidrio antiguo y a la fotografía, quiso transformar un anodino edificio de 1875, que había comprado para trasladar allí su residencia principal. El industrial encargó las obras al arquitecto Puig i Cadafalch, que apostó por darle la apariencia de palacio gótico urbano, con una fachada plana y un patio central con una escalera que diera acceso a la vivienda principal, pese a que el inmueble tenía que ser habitado por varias familias.

Casa Lleó Morera
Forn Sarret
Casa Amatller

Puig i Cadafalch creó en la Casa Amatller una lectura muy personal del gótico, abriendo un camino que le permitió mantener la excelencia de su obra incluso en los momentos en que los elementos del lenguaje gótico eran abandonados por casi todos los arquitectos. Lo primero que sorprende del edificio es la escalonada fachada de reminiscencias nórdicas, presidida por una membrana esgrafiada de estucos ocres y blancos y coronada por un exuberante frontón flamenco ornamentado con azulejos vitrificados rojos y dorados.

 

La fachada, considerada por algunos especialistas como «la apoteosis de las artes decorativas» y en la que algunos quieren ver influencias de los palacetes urbanos de Copenhague, Bruselas o Ámsterdam, posee una tribuna de inspiración wagneriana que evoca la fachada de la capilla de Sant Jordi del Palau de la Generalitat. Puig i Cadafalch salpicó la casa con sus típicos detalles de inspiración medieval. Las puertas de acceso, por ejemplo, están decoradas con esculturas, capiteles y estucados, como la figura de piedra de san Jorge matando al dragón, obra de Eusebi Arnau. También en los bajos se encuentra una joyería que ha respetado las pequeñas ventanas originales de ornamentación floral, inspiradas en las de las masías góticas catalanas. En la planta noble, las figuras de las ventanas recrean las fantásticas y grotescas criaturas que poblaban palacios e iglesias góticas.

 

El vestíbulo está adornado con tres lámparas de bronce y una elegante escalera que conduce a la planta noble, en la que se encuentra el Instituto Amatller de Arte Hispánico, fundado por la familia Amatller: una entidad académica dedicada al estudio del arte español, hoy propie-taria del edificio. El piso principal es uno de los pocos de Barcelona que aún hoy conservan no sólo gran parte de su riqueza ornamental original, sino también la atmósfera dorada y opulenta de aquella burguesía del Eixample modernista gracias a las esculturas que se adaptan a los espacios, a los suelos de mosaicos de estilo romano y de mármol blanco, y a los techos, que presentan una rica combinación de vigas policromadas y estucos esgrafiados. La chimenea es una de las piezas más notables, aunque muchos consideran que la obra maestra del piso es la columna de mármol rosado situada en medio de la tribuna y que se ve desde la calle, una columna desprovista de cualquier misión estructural y sólo concebida por puro hedonismo. Desgraciadamente, este piso no puede ser visitado. No obstante, en el MNAC (34) se pueden contemplar diversos elementos del mobiliario original de esta casa.

 

La tercera gran obra de la Mansana de la Discòrdia es la  CASA BATLLÓ. (45) Josep Batlló era un magnate del sector textil catalán que abrió varias fábricas, como, por ejemplo, el antiguo Vapor Batlló de la calle Urgell, que en la actualidad alberga la Escuela Industrial. Cuando en 1904 Antoni Gaudí recibió el encargo de remodelar el edificio, de 1870, manifestó su intención de recrear el paraíso.

Reformó la casa de arriba abajo: añadió un quinto piso, construyó los sótanos, agrandó el vestíbulo, rehizo la escalera y los muros interiores de los pisos y alteró la forma de todas sus habitaciones con amplias curvas, de modo que no hay ningún ángulo recto en toda la casa.

Casa Batlló
Casa Batlló

El elemento más singular de la Casa Batlló es la fachada, que combina la piedra de las plantas baja y noble con el revestimiento de mosaico de las plantas superiores, y se corona con un tejado escamoso que recuerda el dorso de un reptil. Las intenciones de Gaudí al realizar esta fachada han sido siempre objeto de elucubraciones. Para algunos, el objetivo de Gaudí fue edificar un himno simbólico de la leyenda de Sant Jordi, patrón de Cataluña, en su mitológica victoria sobre el dragón. El tejado sería el lomo del dragón, la torre semicircular simbolizaría la lanza del santo guerrero y los balcones de hierro de los pisos intermedios y la tribuna del primer piso representarían los cráneos, los huesos y los tendones de las víctimas del saurio -los restos de las comidas del dragón-. Pero otra versión de la historia sobre la fachada de la Casa Batlló es la que defiende que se trata de una alegoría de la fiesta del carnaval: la azotea sería un gorro de arlequín; los balcones, las máscaras de baile; las columnas, los huesos de los disfraces de la Muerte; y la cascada multicolor de cerámica de trencadís que «cae» por la pared de la fachada -obra de un joven Josep Maria Jujol- sería el confeti de la fiesta.

 

Si la fachada es espectacular, el interior no le va a la zaga. El patio de luces de la Casa Batlló es una autentica maravilla de la arquitectura. Gaudí, siempre obsesionado por la luminosidad, lo recubrió con un revestimiento irregular de cerámica azul que se va oscureciendo, pasando del gris perla al azul cobalto a medida que asciende hacia la claraboya. El resultado de esta casi subliminal argucia arquitectónica es una distribución equitativa de la luz de arriba abajo. Para completar el efecto, los balcones y las ventanas son más grandes en los pisos inferiores y se van haciendo más pequeños a medida que se asciende por el patio de luces. La escalera que conduce al piso principal se retuerce como el esqueleto de un dinosaurio fosilizado, y el muro, sinuoso y pintado de forma que parece un mosaico, muestra unos reflejos y una superficie similares a las paredes de una cueva erosionada por el agua. El piso principal goza de un excepcional estado de conservación. Los contrapesos que levantan las vidrieras y abren la tribuna de par en par al paseo de Gràcia todavía están en pleno funcionamiento, al igual que las rejillas que permiten graduar la entrada de aire del exterior creando un singular sistema de ventilación natural. La planta noble, sin embargo, sólo conserva dos muebles diseñados por Gaudí para los Batlló: un aparador y un banco. En el MNAC (34), se conservan otras piezas diseñadas por Gaudí para esta casa. 

 

Al llegar a la calle Aragó nos desviaremos a la izquierda para encontrarnos con la antigua  EDITORIAL MONTANER I SIMÓN (46),que era una empresa de la familia materna de Lluís Domènech i Montaner, que actualmente acoge la FUNDACIÓ ANTONI TÀPIES (FUNDACIÓN ANTONI TÀPIES). Construido entre 1881 y 1886 por Domènech i Montaner, el edificio es considerado, al igual que la Casa Vicens de Gaudí (punto (88) de la Ruta del Modernismo), una de las obras pioneras de la renovación arquitectónica y urbana que supuso el movimiento modernista. El edificio destaca por su poco académica fachada de aire ligeramente mudéjar, por su sistema de claraboyas (que le proporciona una luz cenital muy difusa) y por su curiosa estructura, en la que destacan las columnas de forja y las vigas de acero más características de los mercados y estaciones ferroviarias que de las sedes de empresas de finales del siglo XIX.

El edificio fue coronado en la década de los ochenta del siglo XIX por una obra escultórica del gran artista contemporáneo Antoni Tàpies, Núvol i cadira (nube y silla), que se ha convertido en el emblema de su fundación. Esta institución acoge un museo donde se exhibe una amplia selección de la obra de este artista catalán, y además organiza exposiciones temporales, seminarios científicos, conferencias públicas y ciclos de cine. También podemos encontrar una biblioteca especializada en arte moderno y contemporáneo, así como el archivo Tapies, con la colección más completa de obras y otros documentos del maestro, además de colecciones de culturas asiáticas y precolombinas. 

En este punto podemos abandonar la ruta principal de un día para ir a la Rambla de Catalunya hasta la CASA DOLORS CALM (47) (Rambla de Catalunya, 54). Este edificio, reformado en 1903 por Josep Vilaseca i Casanovas, sobresale por la elegante marquetería del cuerpo de las tribunas -actualmente algo deterioradas- y también por sus esgrafiados y los elementos escultóricos de la planta baja y la cornisa. En la acera opuesta, se halla la CASA FARGAS (48) (Rambla de Catalunya, 47), obra de Enric Sagnier (1902-1904). El elemento original más destacable, una gran cúpula que coronaba el edificio, desapareció hace tiempo durante la realización de unas obras para añadir nuevas plantas y, en la actualidad, el principal interés de esta casa reside en las sobrias tribunas onduladas.

Casa Dolors Calm
Editorial Montaner i Simón
Casa Fargas

Si seguimos bajando por la Rambla de Catalunya y torcemos a la derecha por la calle Diputació, nos encontraremos con otro edificio que Sagnier construyó al mismo tiempo que la Casa Fargas: la CASA GARRIGA NOGUÉS (49) (Diputació, 250), en el que son dignas de atención las ménsulas de Eusebi Arnau que representan las edades del hombre y las vidrieras de la planta noble. Volviendo a la misma acera de la Rambla de Catalunya se encuentra la FARMÀCIA BOLÓS (50) (Rambla de Catalunya, 77), construida entre 1904 y 1910 por Josep Domènech i Estapà, que conserva casi todos sus elementos decorativos originales: una aristocrática y presuntuosa farola con el nombre de la tienda, una vidriera con el dibujo de un naranjo y un mobiliario que, como el resto de los ornamentos, presume de factura artesanal y de la firma de Antoni Falguera. Un poco más arriba, pero en la acera de enfrente, encontramos la CASA DOMÈNECH I ESTAPÀ (51) (València, 241), la residencia que el arquitecto Josep Domènech i Estapà se construyó entre 1908 y 1909, que tiene una fachada de obra vista con una curiosa distribución asimétrica, con una gran tribuna en un lado, compensada en el otro por una línea de ventanas.

Casa Dolors Calm
Editorial Montaner i Simón
Casa Fargas
Casa Fargas

Volviendo a la Rambla de Catalunya llegamos a la   CASA JUNCOSA (52) (Rambla de Catalunya, 78), de Salvador Viñals i Sabaté, construida entre 1907 y 1909 en un gran solar en la esquina con la calle València que destaca especialmente por la gran tribuna central y el vestíbulo de aire ligeramente modernista. Más arriba, en la esquina con la calle Mallorca, se alza la CASA QUERALTÓ (53) (Rambla de Catalunya, 88), un edificio de Josep Plantada i Artigas (1907), decorado con unos elegantes esgrafiados de color rosa y unos falsos arcos con columnas y capiteles, pero ampliamente modificado, con el paso de los años, y mutilado en su coronamiento.

Volvemos por la calle València al paseo de Gràcia y en la esquina de enfrente veremos la  CASA VÍDUA MARFÀ (54) (paseo de Gràcia, 66), uno de los mejores ejemplos del lenguaje neomedievalista importado por algunos arquitectos modernistas. El edificio, obra de 1901-1905, de Manuel Comas y Thos, destaca por los tres arcos de medio punto que dan a la calle y las esbeltas columnas que sustentan la tribuna de la fachada. En la otra esquina con la calle València se encuentra el Hotel Majestic y justo delante de él podemos ver uno de los bancos-farolas de Falqués que mejor se puede apreciar, sin obstáculos visuales. Pere Falqués diseñó 31 de estos   BANC-FANALS (55)(BANCOS-FAROLAS) en 1906 para amueblar e iluminar el paseo en sintonía con la suntuosidad y la voluntad de ostentación de la arquitectura. El Ayuntamiento restauró estos elementos durante la década de los ochenta, cuando ya presentaban un estado ruinoso. Hay que distinguir estos elementos originales de la época modernista de los bancos-parterre redondos que encontramos en alguna de las amplias esquinas del paseo, que son fruto de un relativo «neomodernismo» contemporáneo y que fueron añadidos al paisaje de la gran avenida barcelonesa con un concepto de la idoneidad que sigue siendo objeto de polémica en la ciudad.

Casa Juncosa
Casa Víuda Marfà
Casa Queraltó

Una desviación interesante de nuestra Ruta principal de un día nos lleva, siguiendo por la calle València, hasta la CASA ELIZALDE (València, 302), construida en 1885 para la familia Sala y que actualmente alberga un centro cívico municipal. (Desde este lugar suelen organizarse itinerarios modernistas los sábados por la mañana. Se requiere reserva previa. Más información llamando al tel. 934 880 590). Del edificio, de un interés arquitectónico limitado, destaca especialmente su monumental patio. En la esquina de la calle València con Roger de Llúria encontramos QUEVIURES MÚRRIA (56)

(COLMADO MÚRRIA. Roger de Llúria, 85), un histórico y popular establecimiento comercial inaugurado en 1898 como tostadero de café y fábrica de barquillos con el nombre de La Puríssima, el nombre de una iglesia cercana. La tienda, que fue evolucionando hasta convertirse en uno de los colmados barceloneses por excelencia, presenta una preciosa fachada con rótulos y anuncios modernistas realizados en vidrio tintado al fuego: destaca el anuncio de Anís del Mono de la esquina, copia de la época de un póster original de Ramon Casas.

Volviendo a la calle València, encontramos tres edificios modernistas de interés. La CASA JOSEFA VILLANUEVA (57) (València, 312), construida entre 1904 y 1909 por Juli M. Fossas, destaca por una elegante tribuna en una de las esquinas, que tenía su réplica, hoy desaparecida, en la otra esquina de la finca. Cruzando la calle, encontramos la CASA JAUME FORN (58) (València, 285), un edificio de 1909 con unas notables vidrieras angulares y un añadido posterior que distorsiona el conjunto, obra de Jeroni F. Granell i Manresa. Muy cerca se encuentra la CASA SANTURCE (59) (València, 293), también conocida por Casa Pau Ubarri, obra de Miquel Madorell i Rius (1902-1905), con un interesante vestíbulo y una fachada decorada con dos tribunas singularmente coronadas y un escudo con el nombre del propietario, el conde de San José de Santurce

 

Casa Josefa Villanueva
Queviures Múrria
Casa Jaume Forn
Casa Santurce - Casa Pau Ubarri

Caminando unos metros más por la calle València encontramos el edificio del CONSERVATORI MUNICIPAL DE MÚSICA (60) (Bruc, 104-112), (CONSERVATORIO MUNICIPAL DE MÚSICA. Bruc, 104-112), obra erigida entre 1916 y 1928 ya en las postrimerías de la fiebre modernista- por Antoni de Falguera, un especialista en encargos municipales. Subiendo por la calle Girona llegamos a la CASA LAMADRID (61) (Girona, 113), una obra de Lluís Domènech i Montaner (1902) relativamente sencilla pero con una fachada coronada por un singular remate escultórico con decoración vegetal y un escudo de estilo gótico que parece un compendio del tradicional repertorio decorativo de su autor. Más arriba, se encuentra la CASA GRANELL (62) (Girona, 122), un modesto edificio que es una muestra excelente del modernismo «humilde», hecho por y para las clases menestrales o trabajadoras. Jeroni F. Granell i Manresa fue su propietario, a la vez que arquitecto (1901).

Conservatori Municipal de Música
Casa Lamadrid
Casa Granell

Volviendo a la calle València, un poco más adelante, nos encontramos con la CASA LLOPIS BOFILL (63) (València, 339; Bailèn, 113), probablemente la obra más notable de Antoni M. Gallissà (1902). El edificio, de grandes dimensiones y muy modificado, es todo un escaparate de detalles decorativos en los que se descubre una evidente influencia de Domènech i Montaner. Destacan, especialmente, la extraordinaria planta baja y las tribunas y balcones.

Subiendo por la calle Bailèn, volvemos a la calle Mallorca. Si la seguimos en dirección al paseo de Gràcia pasamos por la   FARMÀCIA PUIGORIOL (Mallorca, 312), un establecimiento con decoración modernista. A continuación llegamos a la CASA VALLET I XIRÓ (64) (Mallorca, 302), del arquitecto Josep M. Barenys i Gambús, que la proyectó en 1913, con un estilo ya considerado propio de finales del Modernismo, con influencias de los movimientos de la Secession centroeuropea. Más adelante nos encontramos con la CASA THOMAS (65) (Mallorca, 291-293), 

obra de Domènech i Montaner. El principal interés de este edificio, construido entre 1895 y 1898, reside en el hecho de que en él aparecerán por primera vez los signos de identidad inconfundibles del arquitecto; por ejemplo, la fachada neogótica, los tonos azulados y el vestíbulo con motivos florales con figuras de reptiles. La casa que hoy podemos contemplar no corresponde, sin embargo, al primer proyecto de Domènech i Montaner. Originalmente, el edificio se limitaba al taller y a la primera planta, la vivienda del propietario. La ampliación, de 1912, respetó las líneas originales, reconstruyó las torretas en un nivel superior y añadió unas elegantes tribunas en la fachada.

Siguiendo por la calle Mallorca, encontramos el PALAU MONTANER, (66)(PALACIO MONTANER), obra de Domènech i Montaner (1896) para uno de los propietarios de la editorial Montaner i Simón. Aunque el edificio fue comenzado por Josep Domènech i Estapà, en 1891 abandonó la obra por desavenencias con el propietario, tras haber construido las dos primeras plantas.

Casa Llopis Bofill
Casa Vallet i Xiró
Palau Montaner
Casa Thomas

Tanto en el exterior como en el interior encontramos motivos ornamentales relacionados con el arte de imprimir. El interior del palacio es exquisito, y en su realización intervinieron grandes artistas de las artes aplicadas del Modernismo, como el escultor Eusebi Arnau, el ebanista Gaspar Homar y la empresa del vidriero Antoni Rigalt (Antoni Rigalt i Cia.); es de una gran riqueza decorativa, con mosaicos, esculturas, madera labrada y una espectacular escalinata bajo una gran claraboya ornamental. El palacio, uno de los edificios de la Delegación del Gobierno en Cataluña, es actualmente una de las sedes de la Subdelegación del Gobierno en Barcelona. Justo en el chaflán opuesto se encuentra el PALAU CASADES(PALACIO CASADES. Mallorca, 283), un palacete pompeyano, obra de Antoni Serra i Pujals (1885), en el que destaca un original patio decorado con columnas policromadas. El edificio acoge, desde 1922, el Colegio de Abogados. Desde aquí, la Ruta vuelve al paseo de Gràcia.

De nuevo en el paseo de Gràcia, y casi al lado del Hotel Majestic, nos encontramos con la CASA JOAN COMAS (paseo de Gràcia, 74), obra ecléctica de Enric Sagnier, que llevó a cabo una profunda reforma (1907) de un edificio que ya existía modificando sus galerías posteriores, convirtiendo el jardín en almacén y confiriendo a la fachada una apariencia modernista agregándole una tribuna, nuevas barandillas en los balcones y una cornisa curva. Un poco más arriba, en la confluencia con la calle Mallorca pero en la acera de enfrente, se alza la CASA ENRIC BATLLÓ (paseo de Gràcia, 75), obra de Josep Vilaseca i Casanovas (1895-1896) que hoy alberga un hotel. De factura neogótica, luce una de las fachadas más atractivas del paseo gracias a su brillante policromía. Cruzando el paseo de Gràcia y subiendo hasta la esquina con la calle Provença nos encontramos con la joya de la corona del Modernismo barcelonés, un imponente edificio que preside majestuosamente el cruce.

 

Hasta el año 1905, este chaflán acogió un modesto chalé de tres pisos con jardín. En 1906, fue demolido para ceder su espacio a una de las obras más admiradas y fotografiadas de Antoni Gaudí: la  CASA MILÀ, (67) popularmente conocida como LA PEDRERA (LA CANTERA). La Casa Milà, el último edificio de viviendas construido por Gaudí, fue erigido por encargo de Pere Milà, un joven promotor urbanístico casado con Rosario Segimón, la rica viuda de un indiano llamado José Guardiola. Milà era, por aquel entonces, un triunfador, amante del lujo, las modas y las novedades: un auténtico dandi de la Barcelona modernista. Fue uno de los primeros que presumió de coche con motor por las calles de la ciudad mientras los barceloneses -quizás como desquite- bromeaban a propósito de su conocida afición al dinero y a la ostentación, preguntándose si no estaba «más interesado en la guardiola (hucha en catalán) de la viuda que en la viuda de Guardiola».

Casa Llopis Bofill

Milà, completamente atrapado por la «fiebre» modernista, quería un edificio que dejara boquiabierta a la ciudad y superara en esplendor a sus notables «vecinos», las casas Batlló, Amatller y Lleó Morera. Y a fe que lo consiguió. Gaudí, animado por un presupuesto ilimitado, regaló a la ciudad un paisaje geológico, un acantilado marino y una escultura abstracta con formas orgánicas de dimensiones gigantescas. La Casa Milà es, en definitiva, el triunfo de la línea curva que se impone con una rotundidad nunca vista. La Pedrera es el nombre con el que los barceloneses bautizaron el edificio cuando lo vieron acabado en 1910, impresionados por aquella insólita y aberrante fachada que provocó muchas burlas populares y críticas de dibujantes y escritores. El pintor Santiago Rusiñol, por ejemplo,

bromeaba afirmando que los habitantes de este edificio que parecía una cueva debían de tener serpientes en lugar de un perro o un gato, como animales domésticos. El político francés Georges Clemenceau, tras una visita a Barcelona, comentó de forma irónica que los catalanes se habían empapado tanto de la leyenda de san Jorge que incluso construían casas para dragones. Las caricaturas publicadas también fueron muy numerosas, como la que mostraba la Pedrera como si se tratara de un garaje para dirigibles u otros artefactos voladores que entraban y salían de los agujeros de su escollo aéreo. Algunos veían semejanzas entre la Pedrera en construcción y las imágenes que se habían publicado en los periódicos sobre los desastres de un terremoto en Andalucía.

 

Gaudí no concibió la Casa Milà como un simple edificio de viviendas. El arquitecto hizo de la Pedrera una obra total que rebasaba el marco de la arquitectura y se adentraba en el de la escultura. La fachada, influida por los inicios fulgurantes del Art Nouveau, está revestida con piedra calcárea, formando unos característicos volúmenes curvos que recuerdan un acantilado marino por la sugerente forma en sinuosos arabescos de los balcones de hierro forjado. La parte inferior de la fachada está construida con piedra del macizo del Garraf y la superior, con piedra calcárea de Vilafranca del Penedès, completamente labrada para conseguir una textura mate. Originalmente, Gaudí pretendió convertir la Pedrera en una alegoría religiosa del Santo Rosario culminando la fachada con un medallón de bronce de unos cuatro metros de altura. Sin embargo, el estallido de la Semana Trágica -una revuelta popular que se alzó en 1909 contra la movilización de reservistas catalanes para luchar en la guerra de Marruecos y durante la que se quemaron numerosas iglesias- convenció al señor Milà de que no era una buena idea construir un edificio de viviendas con una gigantesca virgen, ya que, probablemente, se convertiría en el blanco predilecto de las iras anticlericales, por lo que, con sentido común, optó por cancelar esta parte del proyecto.

Hay quien asegura que la disposición interior de la Pedrera procede de los estudios que Gaudí había realizado sobre las fortalezas medievales. Esta hipótesis se ve avalada, en la azotea, por la similitud que presentan las chimeneas en las salidas de las escaleras con «centinelas» con un gran yelmo. El interior, sin embargo, tiene poco de fortaleza. Las pinturas de los techos de los vestíbulos y de los patios interiores son particularmente interesantes. La antigua cochera subterránea, la primera que se construyó bajo tierra en Barcelona, es un espacio semicircular y en pendiente con columnas de hierro forjado y ladrillo que sostienen el edificio (en la actualidad es un auditorio que no está incluido en la visita turística). La esposa del señor Milà, Rosario Segimón, nunca compartió la «devoción» de su marido por Gaudí, pero consintió en vivir entre techos ondulados hasta 1926 cuando, tras la muerte del arquitecto, reformó la planta principal en un estilo Luis XVI mucho más de su gusto. Este espacio es en la actualidad, una vez han sido suprimidas las paredes divisorias, el lugar en el que se exhiben las grandes exposiciones organizadas por la Fundación Caixa Catalunya, propietaria del edificio.

 

El Espai Gaudí (Espacio Gaudí) se encuentra en la buhardilla de la Pedrera, donde estaban los lavaderos de la casa y que ahora han recuperado su aspecto original con sencillas bóvedas parabólicas realizadas con ladrillo. Su planta, que años más tarde provocaría la admiración de Le Corbusier, tiene forma de ocho. El elemento principal son los 270 arcos parabólicos, que en ocasiones recuerdan el costillar de un inmenso animal y, a veces, parecen tener forma de palmera. La recuperación de este espacio ha supuesto la eliminación de los trece apartamentos construidos en 1953, que, por otra parte, no estaban exentos de mérito arquitectónico. Cuando la buhardilla recuperó su estado original, se comprobó que la ubicación designada por Gaudí para las ventanitas, distribuidas en diferentes niveles, había sido muy precisa con el fin de que entrase suficiente luz en todo el espacio y de que circulara constantemente el aire, ya que en la buhardilla también se tendía la ropa. Actualmente, el Espacio Gaudí explica, mediante una serie de dibujos, maquetas, fotografías y audiovisuales, la vida de Gaudí, su contexto histórico y cultural, y los valores artísticos y las innovaciones técnicas de su obra.

 

Desde el Espacio Gaudí se accede a la escalonada azotea de la Pedrera, bautizada por el poeta Pere Gimferrer como el «jardín de los guerreros» por el aspecto de sus chimeneas. La azotea también ha sufrido una restauración radical: sólo se han conservado las chimeneas que son originales de Gaudí. La restauración ha devuelto el esplendor a las chimeneas y a los huecos de escalera revestidos con fragmentos de mármol y trencadís de azulejo. La chimenea, coronada con capillitas de vidrio -que, según se ha dicho, realizó Gaudí al día siguiente de la inauguración del edificio aprovechando las botellas vacías de la fiesta-, se restauró con bases de botellas de champán de principios de siglo XX. El trabajo de los restauradores ha permitido recuperar la fuerza original del voladizo de piedra de Ulldecona, con fragmentos de baldosas. El conjunto tiene más color que la fachada, aunque aquí dominan las tonalidades cremosas. Desde la azotea de la Pedrera podemos ver otra perspectiva de los patios interiores y, en el horizonte del paisaje urbano, las torres de la Sagrada Família.

 

La última etapa de la visita es «El Piso de la Pedrera», un espacio que ayuda a conocer los elementos clave del interiorismo de Gaudí y explica la vida cotidiana de una familia burguesa de la Barcelona de principios del siglo XX. En casi 600 metros cuadrados -dos de las antiguas viviendas de la Pedrera- se encuentra la reconstrucción de una vivienda de la época en la que no faltan ni el despacho, ni los antiguos cuartos de baño ni las austeras habitaciones para el servicio doméstico.

 

La Casa Milà fue declarada por la UNESCO Bien Cultural del Patrimonio Mundial en 1984. Curiosamente, en esa época el aspecto de la Casa Milà era deplorable. La fachada había adquirido un sucio tono marrón oscuro, los frescos del vestíbulo estaban muy deteriorados, la planta principal se había transformado en un bingo y los escaparates de las tiendas de la planta baja no respetaban las curvas de las aberturas originales.

 

En 1986 CAIXA CATALUNYA adquirió el edificio e inició su restauración y rehabilitación, que se ha prolongado durante diez años. En 1996 se abrió al público como centro cultural, convirtiéndose rápidamente en uno de los espacios culturales de referencia en la ciudad de Barcelona. Actualmente, Caixa Catalunya tiene en la Pedrera la sede de la Obra Social y sus cuatro fundaciones: Fundación Caixa Catalunya (cultura), Fundación Territori i Paisatge (medio ambiente), Fundación Un Sol Món (solidaridad) y Fundación Viure i Conviure (atención social).

Leaving La Pedrera, we continue up Passeig de Gràcia towards Avinguda Diagonal. After a few metres we find the CASA CASAS-CARBÓ (68) (Passeig de Gràcia, 96), built by Antoni Rovira i Rabassa in 1894. The main interest of this building, which was the residence of the painter Ramon Casas and the writer Santiago Rusiñol, is its interior which features the terrace of the main floor, an elegant Romantic garden of the late 19th century, and the fireplace designed by the decorator Josep Pascó (1902) for the piano nobile of the building. The only outstanding feature on the façade is the carved stone balcony of the main floor. The last important building before reaching Avinguda Diagonal is PALAU ROBERT (Passeig de Gràcia, 107), a noble building surrounded by gardens built in 1903 in Neo-Classical style. This building, by Henri Grandpierre and Joan Martorell i Montells, was a private residence until 1981, when it was acquired by the Generalitat of Catalonia, to house its tourist information offices.

 

The intersection of Avinguda Diagonal and Passeig de Gràcia is popularly known as Cinc d’Oros -the “five of gold coins” from the Spanish-style pack of cards- because of the five Modernista lamp-posts by Falqués that decorated the square at the beginning of the 20th century (they are now on Avinguda Gaudí, between the Sagrada Família (81) and Hospital de Sant Pau (82)). The intersection is currently presided by an obelisk which used to support a statue of the Republic by Josep Viladomat, withdrawn after the Civil War (and currently relocated in Plaça Llucmajor, in the northern area of Barcelona). The substitute statue at the base of the obelisk, dedicated to the fascist Victory of 1939, was made by Frederic Marès, although with the advent of democracy in 1979 the fascist symbols adorning it were erased by the Barcelona City Council, as with many other monuments and buildings in town.

Casa Casas – Carbó

Along Avinguda Diagonal, west towards Plaça Francesc Macià, you will come to   CASA SERRA (69) (Rambla de Catalunya, 126), which in its time was one of the best examples of single-family urban mansions in Barcelona. The building, planned by Josep Puig i Cadafalch in 1903, is now backed by a contemporary building with a glass façade which Antoni Milà and Frederic Correa built in 1987. This daring combination of Modernisme and modern design now houses the Provincial Council of Barcelona. Of the original design, two wings forming an angle give onto Rambla Catalunya: in one of them there is a Plateresque door in which Puig i Cadafalch emulated the door of the Casa Gralla, a Renaissance building demolished in 1856 in Carrer Portaferrisa. The Eclecticism of the architect seems to have no limits in this work. In addition to the Plateresque door, the balconies and windows combine Gothic and Renaissance elements.

Una vez en este punto vale la pena recordar que, a una manzana de aquí, en la confluencia de las calles Balmes y Còrsega, se encontraba la desaparecida Casa Trinxet (1902-1904), obra de Josep Puig i Cada-falch que contaba con un espectacular in-terior. Fue demolida en el año 1968 a pesar del intento de artistas e intelectuales por salvarla y convertirla en un museo del Modernismo. Muy cerca de la Casa Serra se halla la CASA ANTONI COSTA (70) (Rambla de Catalunya, 122), considerada el edificio de viviendas más representativo de Josep Domènech i Estapà, una construcción monumentalista con influencias del mo-vimiento Secession. En la esquina de la avenida Diagonal con la calle Enric Granados, se encuentra la magnífica CASA SAYRACH (71) (Diagonal, 423-425),uno de los últimos y singulares ejemplos del Modernismo barcelonés. Construida entre 1915 y 1918, la casa resulta peculiar por las formas curvas de su fachada, de clara influencia gaudiniana, y por el esbelto torreón de la esquina. El interior de la portería es una apoteosis del Modernismo más barroco. El proyecto de la obra fue firmado por Gabriel Borrell i Cardona, pero hoy se atribuye al arquitecto y escritor Manuel Sayrach i Carreras. Cerca de aquí se encuentra la CASA SOCIETAT TORRES GERMANS (Aribau, 180), un edificio de Jaume Torres (1906) que destaca por los cuerpos de tribunas en los extremos de la fachada, los esgrafiados y la cornisa escalonada.

De nuevo en la Diagonal, en la confluencia con la calle Buenos Aires, se encuentra la CASA PERE COMPANY, (72) un chalé construido por Puig i Cadafalch en 1911 y que actualmente acoge el Museo del Deporte y Centro de Estudios Doctor Melcior Colet. La casa fue propuesta para el premio del Ayuntamiento de Barcelona al mejor edificio en 1911, galardón que finalmente se llevó la fábrica Casaramona, del mismo arquitecto. El edificio es considerado la primera obra de la «época blanca» de Puig i Cadafalch, en la que el arquitecto de Mataró plasmó las influencias del Secession vienés en sus proyectos. En la fachada se mantiene algún elemento decorativo, como, por ejemplo, el esgrafiado de la virgen de la Asunción de la fachada de la calle Buenos Aires, obra de Tomás Fontanals. En 1940, el inmueble fue adquirido por un famoso ginecólogo, el doctor Melcior Colet Torrebadella, que lo convirtió en una clínica. Las obras se llevaron a cabo bajo la dirección del interiorista Santiago Marco Urrutia (1885-1949), que sólo conservó en el interior la chimenea original de Puig i Cadafalch. En 1982, el doctor Colet regaló el edificio a la Dirección General de Deportes de la Generalitat para que la transformara en un museo.

De vuelta al Cinc d’Oros, y en la acera opuesta de la Diagonal, nos encontramos con la CASA PÉREZ SAMANILLO (73) (Balmes, 169),sede del Círculo Ecuestre. El edificio original, construido en 1910 por Joan Josep Hervàs i Arizmendi, ha sufrido numerosas modificaciones a lo largo de su historia. De este palacete de aires neogóticos destaca especialmente la ventana oval del comedor que da a la Diagonal, popularmente conocida como «la pecera». Unos metros más adelante aparece la fachada de la ESGLÉSIA DE POMPEIA (IGLESIA DE POMPEIA. Diagonal, 450), templo de estilo neogótico que Enric Sagnier i Villavechia diseñó entre 1907 y 1910 para los padres capuchinos y en el que destacan especialmente la fachada exterior, de ladrillo rojo y piedra, y la vidriera de la entrada.

Casa Sayrach
Casa Company
Casa Pérez Samanillo
Casa Serra

Por encima de la Diagonal y del Cinc d’Oros, el paseo de Gràcia se convierte en un espacio conocido por los habitantes del barrio de Gràcia como «els jardinets» (los jardincitos). En esta zona verde hay una pequeña colección de esculturas al aire libre: una instalación metálica y la escultura La lectura, de Josep Clarà, son un homenaje a Pompeu Fabra. En este tramo final del paseo de Gràcia, entre la Diagonal y la trama urbana de la antigua villa de Gràcia, se encuentran dos notables edificios modernistas. Uno de ellos es la CASA BONAVENTURA FERRER (74) (paseo de Gràcia, 113), construida por Pere Falqués entre 1905 y 1906. Falqués realizó en la fachada de este edificio un singular tratamiento escultórico, especialmente en la monumental tribuna. Cierra el paseo de Gràcia la CASA FUSTER (75) (paseo de Gràcia, 132), la última obra de Domènech i Montaner en Barcelona (1908-1911). Se trata de una construcción de aire neogótico con tres fachadas de mármol blanco y una solución de la esquina principal, con un cuerpo cilíndrico que forma tribunas, típica de Domènech. El edificio, rematado por unas curiosas buhardillas de aire francés, muy poco habituales en la arquitectura modernista catalana, debía ir coronado con una torre similar a la del pabellón de administración del Hospital de Sant Pau, (82) que nunca llegó a construirse.

En los bajos del edificio funcionó, durante muchos años, el mítico Café Vienès, que, junto con la sala de baile El Danubio, que se encontraba en el sótano, era un lugar de encuentro privilegiado de la ciudad. En el año 2004 la empresa Hoteles Center, que compró el inmueble realizando una esmerada y respetuosa rehabilitación para convertirlo en un hotel de gran lujo, reabrió el Café Vienès (para más información véase Salimos, guía de bares y restaurantes modernistas).

De vuelta a la Diagonal, y en dirección al paseo de Sant Joan, la Ruta pasa por otro edificio de Josep Puig i Cadafalch, el  PALAU DEL BARÓ DE QUADRAS. (76) (PALACIO DEL BARÓ DE QUADRAS). Este palacio, construido entre 1904 y 1906, alberga en la actualidad la Casa Àsia, institución pública constituida en el año 2001 con el objetivo de promover la realización de actuaciones y proyectos para impulsar la relación con Asia en los ámbitos institucional, cultural, académico y económico. El edificio es toda una lección de la creatividad y elegancia de Puig i Cadafalch. Todo en él es ejemplar: desde los interiores, con un vestíbulo muy ornamentado, hasta la reja de la puerta y la fachada, en la que se conjugan formas góticas y platerescas con una abundante decoración floral. Una de las curiosidades es su doble fachada: la de la Diagonal acentúa el carácter noble y singular del palacio, mientras que la de atrás (calle Rosselló) evidencia el carácter de edificio de viviendas. El interior tiene un sabor oriental gracias a los mosaicos romanos, las policromías sobre madera, los esgrafiados y las celosías de madera.

Palau del Baró de Quadras - Tribunes de la façana principal i de la façana posterior

En la acera de enfrente se alza la CASA COMALAT (77) (Diagonal, 442), obra insólita de Salvador Valeri i Popurull (1909-1911), de claras influencias gaudinianas. Destacan especialmente las fachadas: la principal, simétrica y urbana, y la posterior (calle Còrsega), menos formal, policromada y decorada con unas curiosas galerías de madera con persianas y cerámicas de colores. El interior no es menos espectacular: además de los espléndidos pavimentos de mosaico, cuenta con un mobiliario exquisito, de formas extremadas, en particular los bancos y las lámparas del vestíbulo.

Por la misma acera de la Diagonal, en la confluencia con las calles Rosselló y Roger de Llúria, llegamos a la CASA TERRADES (78) (Diagonal, 416-420). Este edificio, conocido popularmente como la CASA DE LES PUNXES, fue construido entre 1903 y 1905 por Josep Puig i Cadafalch. La Casa de les Punxes posee una silueta característica y es una de las obras más famosas del Modernismo. El edificio se alza en un extenso solar que era propiedad de las hermanas Terrades y está formado por tres casas de viviendas aunque parece un bloque uniforme. En su construcción Puig i Cadafalch estilizó al máximo sus típicos elementos de inspiración medieval, reforzándolos hasta el punto de que parece un castillo. El edificio tiene cuatro torres redondas rematadas con agujas cónicas -las «punxes», es decir, las puntas-, una torre principal con cimborio y una legión de tribunas y miradores de estilo gótico flamígero. El escritor australiano Robert Hughes la describe en su libro Barcelona como «una mezcla entre una casa gremial flamenca y un castillo del loco Luis II de Baviera». En su espectacular fachada de ladrillo, excepto en la planta baja, que es de piedra, destacan los forjados, los balcones y los paneles de cerámica con motivos patrióticos. El mayor y más conocido de estos paneles es el que representa a san Jorge, en el que aparece la leyenda: «Sant Patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat» (Santo Patrón de Cataluña, devolvednos la libertad), que fue considerada por algunos una provocación. El histriónico político españolista de la época, Alejandro Lerroux, calificó este panel de «crimen contra la nación» (española, en este caso), pero el arte prevaleció sobre la política y el escudo sobrevivió, incluso durante el fascismo y con una comisaría de policía enfrente.

Arc de Triomf

Siguiendo por la Diagonal llegamos a la plaza Mossèn Jacint Verdaguer, presidida por un monumento a este poeta catalán proyectado en 1914 por un Josep M. Pericas cuya evolución artística ya lo iba alejando del Modernismo, con una estatua de Joan Borrell y relieves de los hermanos Oslé. Desde esta plaza se ve la CASA MACAYA (79)(paseo de Sant Joan, 108), residencia urbana construida por Josep Puig i Cadafalch entre 1899 y 1901. La fachada blanca del palacio, culminada con dos torreones laterales, luce unos esgrafiados y unas aberturas con decoración escultórica en las que destacan los capiteles de Eusebi Arnau, con temas muy contemporáneos (como el ciclista que hay junto a la puerta principal). La exquisita decoración del interior se ha perdido casi en su totalidad a excepción del vestíbulo, decorado con esgrafiados y azulejos, y del patio, presidido por una escalera abierta al más puro estilo de los palacios medievales barceloneses.

 

Volviendo a la Diagonal y en dirección a la plaza de las Glòries, nos encontramos, en la esquina con la calle Sicília, con la   CASA PLANELLS (80) (Diagonal, 332), una original edificación de formas redondeadas construida entre 1923 y 1924 por Josep Maria Jujol i Gibert, discípulo de Gaudí. Muchos especialistas consideran esta casa como la última obra modernista de Barcelona en la que es evidente la influencia de las nuevas corrientes racionalistas. Jujol solucionó de forma admirable el aprovechamiento de un pequeño solar para diseñar unos pulcros pisos dúplex comunicados por una escalera interior de caracol.

Casa Macaya

Subiendo por la calle Sicília y torciendo a la derecha por la calle Mallorca llegamos a la BASÍLICA DE LA SAGRADA FAMÍLIA. (81) (BASÍLICA DE LA SAGRADA FAMÍLIA). Gaudí fue también un arquitecto único en su época por haber sido uno de los pocos que recibió un encargo que le duró toda la vida -y, de hecho, lo sobrevivió-: la Sagrada Família. Este templo destaca por su originalidad, por la ambición que demuestra y por sus gigantescas dimensiones.

Sagrada Familia

El origen del Templo Expiatorio de la Sagrada Família se remonta a 1869, cuando Josep M. Bocabella, fundador de la Asociación Josefina, dedicada a propagar la devoción a San José, tuvo la idea de erigir un templo en honor a la Sagrada Familia (San José, la Virgen María y Jesucristo). Bocabella adquirió un solar y, en 1882, inició la construcción de una iglesia de estilo neogótico con el objetivo de construir una catedral de los pobres que contrarrestase el radicalismo político de la clase obrera de Barcelona, la ciudad que el pensador anarquista, Mijaíl Bakunin, señala como la más revolucionaria de todas las ciudades europeas. Sin embargo, el templo adquirió con el tiempo un significado muy diferente a medida que el catalanismo más conservador se iba identificando con el proyecto. El primer arquitecto del templo fue Francesc de Paula Villar, pero la falta de entendimiento con Bocabella provocó un cambio de planes radical. Villar fue despedido y sustituido por Antoni Gaudí, que terminó la cripta y presentó un nuevo proyecto mucho más ambicioso: construir una catedral con una torre central dedicada al Salvador de 170 metros de altura. La idea entusiasmó al devoto Bocabella y Gaudí se puso manos a la obra rápidamente. En 1891 se iniciaron las obras de la fachada del Nacimiento. Treinta y cuatro años después Gaudí sólo había acabado el primero de los cuatro campanarios que se alzan en esta parte. Los otros tres se finalizaron después de la muerte del arquitecto.

 

La Sagrada Família puede considerarse como una Biblia en piedra gracias al gran número de símbolos cristianos que Gaudí plasmó en sus fachadas, en las que aparecen -o aparecerán- desde Adán y Eva hasta los Doce Apóstoles, pasando por los episodios principales de la vida de Jesús así como por todos los grandes símbolos del Antiguo Testamento. La Sagrada Família es, en definitiva, un monumento que podría ser «leído» como una iniciación completa a la religión católica. Sin embargo, la importancia de este edificio no es exclusivamente religiosa, sino que se trata también del «libro de Gaudí», la más clara lección de su forma de construir, una especie de testamento en el que Gaudí aplicó todas las soluciones estructurales que estudió y probó en sus diferentes obras y donde nuevamente rindió homenaje a la naturaleza, a la que él llamaba «la mejor constructora» y a la que siempre intentó imitar. Un ejemplo de ello son las columnas inclinadas apoyadas en

pequeños fragmentos de bóveda hiperbólica en las que se sustenta el tempo, que producen el efecto de un bosque.

 

La fachada del Nacimiento, en la calle Marina, es la gran obra figurativa de Gaudí. Finalizada casi en su totalidad por el propio arquitecto, intenta expresar y comunicar la alegría de la creación por el nacimiento de Jesús. En la arquivolta central se puede ver a Jesús, José y María entre el buey y la mula bajo la estrella de Oriente, rodeados de ángeles, músicos y cantores. Un detenido examen de su decoración permite localizar un centenar de especies vegetales diferentes y otros tantos animales representados escultóricamente en las arquivoltas y las hornacinas. Esta fachada tiene tres puertas. La central es la puerta de la Caridad y en ella se presentan los nombres de la genealogía de Cristo, la serpiente con la manzana, el niño Jesús con el buey y la mula, y los signos del Zodíaco tal como estaban el día del nacimiento de Jesús. En la parte izquierda se encuentra la puerta de la Esperanza, en la que se representan las bodas de José y María, los degüellos del día de los inocentes y la huida a Egipto, y una representación de la montaña de Montserrat con la inscripción «Salveu-nos» (Salvadnos). En el lado opuesto se encuentra la puerta de la Fe, en la que están representados el episodio de la Visitación y Jesús entre los doctores del templo y en su banco de carpintero. En los pináculos de esta fachada se ven espigas y racimos y la imagen de María según el dogma de la Inmaculada.

 

La fachada de la calle Sardenya es la contraposición a la fachada del Nacimiento. Esta fachada incluye más de un centenar de esculturas contemporáneas que, realizadas por el escultor Josep Maria Subirachs, siguiendo los esbozos de Gaudí, evocan la Pasión y muerte de Cristo. La desolación, la desnudez, el dolor, el sacrificio y la muerte presiden la Pasión de Cristo para anunciar su resurrección y ascensión al cielo. Gaudí repetía que si hubiera comenzado por esta fachada, la gente hubiera renegado de la Sagrada Família. En contraste con la decorada, ornamentada y turgente fachada del Nacimiento, la puerta de la Pasión es dura y de líneas acusadas, pelada, como si estuviera hecha de huesos. Tras un pórtico soportado por seis grandes columnas inclinadas, como si fueran troncos de grandes secuoyas, se alza un inmenso frontón con dieciocho columnas más pequeñas. La falta de decoración concentra la tragedia en los hechos principales, llenos de dramatismo, presididos por la figura de Cristo desnudo en el momento de su muerte.

 

Falta por construir la fachada principal, que, según el proyecto de Gaudí, miraba al mar por encima de la calle Mallorca, que quedaba cubierta por una gran plaza que daba a una inmensa escalinata que ocuparía lo que en la actualidad es la manzana de casas que está situada delante del templo. Lo que empieza a tomar forma son unos espacios totalmente nuevos que constituyen las naves del templo, en las que se perciben soluciones geométricas y estructurales insólitas. Las naves son el resultado de años de estudio y reflexión, ya que hacia 1910 Gaudí inició los esbozos a los que, posteriormente, incorporó la experiencia adquirida en la capilla de la Colònia Güell: una solución con columnas ligeramente helicoidales, arcos y bóvedas paraboloides hiperbólicas. Sin embargo, el descubrimiento de la luminosidad de la hipérbole llevó a Gaudí a utilizar una crucería de cúpulas cóncavo-convexas que se ajustan con columnas, muros y ventanales y que, materializadas en una escala 1/10, constituyen la visión del bosque que frecuentemente le servía de imagen para explicar su proyecto.

 

El museo del templo conserva la historia de su construcción en planos de situación, fotografías de momentos de la construcción, fragmentos de maquetas, iconografía y trabajos en hierro forjado, madera y metal diseñados por Gaudí, además de fotografías y un audiovisual sobre otros edificios del mismo arquitecto. También se pueden contemplar en él las maquetas de la nave central y de las fachadas. Como elementos más singulares, se expone la maqueta que le sirvió a Gaudí para calcular la estructura de la iglesia de la Colònia Güell y una veintena de dibujos originales del arquitecto. También figuran fotografías de elementos que diseñó y que se modelaron en los talleres del templo. Una de las instalaciones anexas es la que acogía las Escuelas de la Sagrada Família, un sencillo edificio curvilíneo con la impronta de Gaudí que deslumbró a Le Corbusier por su osadía técnica. Estas escuelas, construidas originariamente para enseñar en ellas a los hijos de los albañiles que trabajaban en la obra, se encuentran en un edificio innovador en el que Gaudí no utilizó el hierro sino que realizó todas las estructuras a base de ladrillo, con lo que consiguió la máxima plasticidad utilizando un material muy barato.

 

Desde la fachada del Nacimiento de la Sagrada Família, la calle Marina nos lleva al inicio de la avenida de Gaudí, un agradable paseo para peatones en el que encontramos las farolas modernistas realizadas por Pere Falqués, que en un principio se encontraban en el Cinc d’Oros, en el cruce de la avenida Diagonal y el paseo de Gràcia. La avenida de Gaudí nos llevará hasta el  HOSPITAL DE LA SANTA CREU I SANT PAU (82) que alberga uno de los tres Centros del Modernismo de Barcelona, donde con esta guía se pueden obtener gratuitamente los vales de descuento de la Ruta del Modernismo y encontrar información sobre el Modernismo en Barcelona. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es una de las instituciones más emblemáticas y arraigadas en Barcelona. Se fundó en 1401 después de las plagas de hambre y peste que se produjeron en la ciudad a finales del siglo XIV. La primera sede del Hospital fue un edificio de arquitectura gótica catalana en el centro del barrio del Raval que, con los años, se fue ampliando con otros edificios (calle Carme, 47 y calle Hospital, 56).

Hospital de Sant Pau - Entrada principal

El edificio del Eixample se comenzó a construir en 1902, según un proyecto de Lluís Domènech i Montaner, coincidiendo con la industrialización de la ciudad y con las nuevas ideas sobre higiene y salud pública aplicadas al urbanismo, promovidas por el médico Pere Felip Monlau y por urbanistas e ingenieros como Ildefons Cerdà y Pere García Faria, este último responsable del diseño de la red de alcantarillado de la Barcelona del siglo XIX. El hospital se erige en uno de los extremos del Eixample, un lugar conocido como «la montaña pelada», en terrenos adquiridos por el antiguo Hospital de la Santa Creu y ampliados gracias a una donación del banquero Pau Gil, que en su testamento dispuso que a su muerte se construyera un centro sanitario que llevase su patronímico y, por esta razón, se añadió el nombre de Sant Pau al de la Santa Creu. Las obras se iniciaron en 1902 y el rey Alfonso XIII inauguró oficialmente el nuevo centro en 1930, cuando el hospital ya había abandonado su antigua ubicación en el Raval.

La obra de Lluís Domènech i Montaner está considerada como uno de los mejores conjuntos modernistas del mundo. El hospital es una auténtica ciudad, con calles, jardines y edificios. El pabellón de acceso, coronado por una esbelta torre y un reloj, cuenta con una fachada de ladrillo de cara vista que domina todo el conjunto, enriquecida con mosaicos de temas históricos y capiteles y ménsulas de piedra con forma de ángeles, unas obras sintéticas realizadas por un joven escultor, Pau Gargallo. También destacan los mosaicos de Mario Maragliano y la gran escalera y los techos, de reminiscencias islámicas. Dos cifras indican las fechas de inicio y finalización de las obras de este edificio principal (la fecha de inicio, 1905, con la letra griega alfa y, la de finalización, 1910, con la letra omega). El pabellón de entrada y los diez pabellones situados en torno a él fueron construidos directamente bajo la batuta de Domènech i Montaner y son una muestra del uso inteligente, característico del arquitecto, de la piedra, del hierro y de la cerámica. El resto de los pabellones del conjunto, como la Casa de Convalescència, son obra de Pere Domènech i Roura, hijo del arquitecto. Algunos pabellones reciben nombres de santos y santas, mientras que otros están bautizados con nombres de vírgenes. Los pabellones, rodeados de jardines, están conectados por una red de pasillos subterráneos de dos kilómetros. Domènech concibió un hospital totalmente innovador, disgregando el edificio en una serie de células, con mucha luz solar y aire fresco, en las que los enfermos y los médicos disfrutaban de un entorno natural más saludable que el del viejo hospital medieval. Uno de los pabellones, destinado actualmente a cafetería, presenta una fachada barroca insólita, la de la antigua iglesia de Santa Marta (1733), obra de Carles Grau. La fachada fue desmontada cuando se derribó la iglesia en 1909 para dejar sitio a la Via Laietana, y trasladada y colocada en la puerta de la cocina del hospital en 1928.

El hospital, que ocupa una superficie equivalente a nueve manzanas del Eixample, ha sido objeto de diferentes restauraciones. Los pabellones modernistas de Sant Pau fueron declarados Monumento Histórico-Artístico en 1978 y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau inaugura su tercera sede en el siglo XXI: un edificio situado en el extremo nordeste de los terrenos, separado del recinto modernista. En lo que respecta a los pabellones modernistas, se reservarán para nuevos usos relacionados con actividades de docencia, investigación y divulgación, a medida que el hospital se vaya trasladando a los nuevos edificios.

La Ruta continúa ahora en autobús. La línea 92 (con parada en la calle Sant Antoni Maria Claret esquina con Cartagena, al lado de la entrada principal del Hospital de Sant Pau) nos llevará hasta el PARK GÜELL (83) (Olot, s/n),(PARQUE GÜELL), el sueño urbanístico fracasado de Gaudí. El actual Park Güell, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1984, sólo conserva las pocas construcciones acabadas del gran proyecto de Gaudí. La operación urbanística más atrevida de la Barcelona de finales del siglo XIX fue una idea de Eusebi Güell, que compró en 1899 una antigua finca rural de quince hectáreas, denominada Can Muntaner de Dalt, para convertirla en una ciudad-jardín inspirada en precedentes ingleses, como los de Ebenezer Howar (motivo por el cual recibió el nombre de park, en inglés).

El encargado de hacer realidad este proyecto de urbanismo paisajístico del conde de Güell fue Antoni Gaudí. El proyecto de Gaudí contemplaba la construcción de alrededor de unas sesenta casas en parcelas, con una extensa zona verde comunitaria. La urbanización se inició en 1900 y se detuvo definitivamente en 1914. Gaudí, siguiendo el deseo de Güell, ideó un retiro bucólico que debía servir de residencia a la burguesía barcelonesa más selecta. Su situación, en la falda de la montaña y lejos de la ciudad, parecía idónea para simbolizar la metáfora de la ascensión al paraíso, al edén. El proyecto, sin embargo, fue un fracaso total. Aparte de la parcela que adquirió el propio contratista de las obras, sólo se vendieron dos parcelas a un único comprador, que sólo edificó un chalé. Se llegaron a construir las tres cruces, que marcaban el lugar en el que se tenía que erigir una capilla; los dos pabellones de entrada; los muros de contención y toda la infraestructura viaria alrededor de una gran plaza sustentada por columnas. Pero frente al desastre financiero de la operación, los herederos de Eusebi Güell, fallecido en 1918, vendieron el solar al Ayuntamiento, que lo convirtió en un parque público. Las prodigiosas estructuras levantadas entre la vegetación mediterránea son una curiosa mezcla de fantasía y espiritualidad, salpicada de emblemas patrióticos por el catalanista insobornable que era Gaudí. En esta obra el arquitecto abandonó todo historicismo para formular con valentía un lenguaje propio que va desde la inspiración en formas naturales hasta un lenguaje plástico sorprendentemente vanguardista.

La puerta principal del Park Güell, abierta en un muro de ladrillo decorado con mosaicos, está protegida por una reja de hierro forjado y flanqueada por dos sugerentes pabellones inspirados en el cuento «Hansel y Gretel», que se había representado en forma de ópera en el Liceu a finales de 1900, cuando Gaudí se embarcaba en el proyecto del Park Güell. El pabellón de la izquierda, con una doble cruz en el techo, representa la casa de los niños, Hansel y Gretel. La planta baja cuenta con una librería y una tienda de recuerdos. El de la derecha, más grande y coronado por una seta venenosa, es el de la bruja, y era la antigua casa del conserje del parque. Recientemente restaurado, acoge en la actualidad el Centro de Interpretación del Park Güell del Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona. La planta baja, con información sobre la obra de Gaudí, es de acceso libre. En el piso superior, adquiriendo una entrada, se puede ver la distribución de la construcción y la antigua vivienda del conserje, además de la exposición «Gaudí y el Park Güell. Arquitectura y naturaleza». Pasados los dos pabellones, a la derecha, puede verse una gruta que recuerda la cripta del monasterio de Sant Pere de Rodes, y que servía para proteger a los carruajes y a los caballos en los días de lluvia.

La escalera principal está partida en dos por un centro de agua en el que reina el famoso dragón multicolor de trencadís de cerámica esmaltada. En la parte de arriba de la escalera se encuentra la sala hipóstila, también conocida como la de las cien columnas pese a no tener más que 86. Esta sala, destinada originalmente a albergar el mercado de la urbanización, fue decorada por Josep Maria Jujol, colaborador habitual de Gaudí, quien le dio carta blanca para hacer lo que quisiera. El resultado fue excepcional: un techo ondulante de mosaico con variadas incrustaciones formando unas caprichosas espirales. Con la restauración de esta zona, en 1992, se colocaron unas lámparas en las bases de las columnas que, de noche, transforman la sala en una especie de templo griego espectacular. De la sala hipóstila salen dos caminos que nos llevan a la gran plaza circular, un privilegiado mirador sobre la ciudad. La plaza, según el proyecto inicial de Gaudí, tenía que recoger el agua de lluvia que, convenientemente canalizada por las columnas de la sala hipóstila, iba a parar a un inmenso depósito de 12.000 metros cúbicos (cerrado al público).

La plaza está rodeada por un serpenteante banco de trencadís en el que la imaginación combinada de Gaudí y Jujol consiguió una audacia extraordinaria que algunos especialistas consideran precursora del arte abstracto. El banco es una sinfonía de colores: el verde, el azul y el amarillo aparecen combinados de diferentes maneras, y con forma de lunas, estrellas y flores abstractas. El color, sin embargo, va desapareciendo gradualmente de izquierda a derecha, hasta que predomina el color blanco, símbolo de pureza. La obra parece querer insinuar que la vida humana es una sinfonía de colores que culmina en el blanco, con el cielo. No obstante, el color no es del todo blanco: Gaudí empleó un material que había sido rechazado en otras edificaciones, como la Casa Batlló, precisamente por esta «impureza» de color. En la última restauración del banco (1995) se ha querido mantener esta imperfección y se han utilizado hasta veintiuna tonalidades diferentes de blanco al restituir las partes más deterioradas del mismo.

 

Otras construcciones sorprendentes del Park Güell son los puentes y los pasos bajo los viaductos, con columnas torcidas, que hacen que parezcan grutas. El cuarto pórtico que conecta la parte superior con la inferior es quizás la estructura más especial, con paredes y arcos inclinados de aire surrealista. La cumbre de la colina donde está situado el parque está coronada por un calvario monumental formado por tres cruces que se encuentra en el lugar donde Gaudí tenía previsto construir una iglesia. También en este lugar el autor se dejó llevar por la fantasía: si miramos hacia el este -es decir, en dirección a la ciudad de Jerusalén-, la perspectiva hace que las tres cruces, al estar en fila, se conviertan en una. Éste es el punto final del ascenso: la cruz es el último símbolo.

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